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Hace 18 años, Miguel Ángel Hernández y su esposa dejaron La Concepción, Masaya, con una meta clara: trabajar en Costa Rica, ahorrar y construir una casa para regresar algún día a Nicaragua con un mejor futuro para sus hijos. Hasta que en 2025 un diagnóstico estremeció todo.
“Me encontraba de vacaciones en Nicaragua, cuando noté un pequeño bulto en el cuello, como yo practico karate pensé que en una práctica me habían dejado esa marca, pero conforme pasaban los días iba creciendo. Mi esposa me dijo: ‘Eso no es normal'», recuerda.
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Su esposa es Fanny Ruiz, quien insistió tanto que decidió que Hernández buscara una opinión médica en el sistema de salud público de Nicaragua, pero no pudo ser atendido porque el personal vacacionaba por la Semana Santa. De modo que al regresar a Costa Rica decidió acudir de inmediato al sistema de salud costarricense, donde comenzaron los estudios.
«Eso es algo que no me gusta recordar. Cuando me dieron el diagnóstico sentí que me habían apuñalado por la espalda. Sentí que moría lentamente», relató a LA PRENSA.
A partir de allí la vida quedó en pausa. No pudo continuar laborando en una empresa dedicada a la elaboración de rótulos. Tampoco pudo continuar con su pasión por bailar folclor nicaragüense en el grupo Raíces de mi Tierra en Costa Rica, detuvo sus prácticas de artes marciales y debieron enviar a sus hijos a Nicaragua, donde permanecen al cuido de otros familiares.
El diagnóstico y la batalla
Los médicos confirmaron que padecía un linfoma no Hodgkin, un tipo de cáncer que se origina en el sistema linfático, parte fundamental del sistema inmunológico encargado de defender al organismo de infecciones.
Según el Instituto Nacional del Cáncer, el linfoma no Hodgkin aparece cuando los linfocitos —un tipo de glóbulo blanco— comienzan a crecer de manera descontrolada y pueden formar tumores en los ganglios linfáticos u otros órganos del cuerpo, la enfermedad puede avanzar lentamente o de forma agresiva, por lo que el diagnóstico y tratamiento oportunos son determinantes.
Miguel recibió aproximadamente 16 sesiones de quimioterapia y posteriormente 25 sesiones de radioterapia, además de permanecer hospitalizado durante cinco meses, saliendo únicamente algunos días entre cada ciclo para recuperarse en casa.
Hoy la enfermedad se encuentra en remisión, una noticia alentadora, aunque con paciencia continúa el proceso: «La radioterapia me afectó tanto que tengo la garganta quemada. Como fue en la zona de las glándulas salivales, me cuesta muchísimo comer. Solo puedo ingerir alimentos suaves porque todavía me duele tragar», explica.
La dificultad para alimentarse ha provocado una importante pérdida de peso y le impide incorporarse plenamente al trabajo. Durante los meses de hospitalización vivió experiencias que marcaron profundamente su manera de ver la vida. Una de ellas fue presenciar la muerte de otro paciente con un linfoma similar.
«Vi morir a un señor que estaba en la cama junto a la mía. Su linfoma había crecido hacia adentro y le obstruye las vías respiratorias. Murió frente a mí». Esa experiencia, reconoce, fortaleció aún más su fe: «Ahí fue donde decidí aferrarme completamente a Dios».
Aunque todavía enfrenta dificultades para alimentarse y no puede trabajar con normalidad, Miguel asegura que esta experiencia cambió por completo su forma de entender la vida y su esposa, un ángel guardián.
Durante toda la enfermedad, Miguel recuerda que en los primeros meses atravesó ansiedad, pérdida del apetito y momentos de profunda desesperanza. Su esposa ha sido el sostén que le ha permitido seguir adelante.
“Ella ha sido mi ángel desde el inicio. Si no fuera por ella yo no sé dónde estuviera. Ella siempre estuvo ahí animándome. Siempre me impulsó a seguir adelante», dice.
Mientras él permanecía hospitalizado, Fanny dejó de trabajar para dedicarse completamente a su cuidado: «La enfermedad ha sido una lección de vida. Uno recapacita sobre lo que hizo y sobre lo que todavía quiere hacer», comparte.
Asímismo reflexiona sobre la vida de los migrantes, quienes debido a las extenuantes jornadas laborales podrían ignorar síntomas importantes: “En mi caso tuve la suerte que el ganglio creció hacia afuera, lo pude ver, pero en ocasiones ignoramos señales, dolores físicos y de repente es tarde”, comenta Hernández.
«Dios es grande»
Ante la difícil situación económica, amigos organizaron la rifa solidaria de un vestido folclórico nicaragüense confeccionado artesanalmente por el diseñador Keylor Ponce, para ayudar a recaudar fondos.
Ponce puso su arte al servicio de su amigo Miguel Ángel. La nicaragüense Brenda Carolina Ubau es la afortunada ganadora del vestido folclórico que fue elaborado a su medida, está valorado en unos 270 dólares y le será entregado este miércoles 5 de agosto por Miguel Ángel.

Miguel asegura que nunca imaginó la respuesta que recibiría: «Yo solo quería compartir mi historia para que la gente viera lo grande que es Dios. No esperaba tanta solidaridad», dice conmovido.
Los mensajes de solidaridad llegaron desde Costa Rica, Nicaragua, España y otros países: «Les agradezco infinitamente. Muchas personas que han pasado por situaciones similares entienden lo que significa esta enfermedad», relata Miguel Ángel.
Cómo ayudar
Miguel Ángel sobrevive gracias al apoyo de su hermana y a pequeños trabajos de dibujo y pintura que realiza cuando su estado de salud se lo permite. Aun así, los ingresos son insuficientes para cubrir todos los gastos.
Aunque la Caja Costarricense de Seguro Social cubre el tratamiento oncológico, Miguel continúa enfrentando gastos relacionados con alimentación especial, medicamentos, transporte y recuperación.
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Quienes deseen colaborar pueden comunicarse directamente con Miguel Ángel Hernández al +506 7217 5101. También pueden realizar aportes mediante su cuenta del Banco Nacional de Costa Rica Cuenta IBAN: CR23015109920010379701 o al Sinpe (506)7217 5101.
Entre sus principales sueños está recuperarse completamente para volver a trabajar y terminar la casa que comenzó a construir en Nicaragua. Anhela abrazar a sus hijos pronto, celebrar los 15 años de su hija y que su familia nunca más deba separarse de nuevo.