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La dictadura lo reeditó con hechos.
Hay objetos que también escriben la historia. “El escritorio de Pedro Joaquín Chamorro Cardenal” es uno de ellos. Después del asesinato del director de LA PRENSA, aquel escritorio fue donado a UDEL. Más tarde, cuando la Guardia Nacional quemó LA PRENSA el 11 de junio de 1979 y allanó también las oficinas de UDEL, el mueble regresó maltrecho, con el vidrio quebrado a culatazos, como si la violencia de la dictadura hubiera querido borrar no solo al hombre, sino también el sitio desde donde su pensamiento seguía respirando.
Debajo de aquel vidrio hecho añicos seguían todavía dos pensamientos: uno de José Coronel Urtecho y otro escrito en la propia máquina de Pedro Joaquín Chamorro Cardenal: “Tiene poder, quien además tiene la razón. Si se tiene el poder y no se tiene la razón, de poco sirve el poder, y si se tiene la razón y no se tiene el poder, de nada sirve tener la razón”.
Que esa sentencia sobreviviera bajo el vidrio quebrado del escritorio le da a la escena una fuerza casi simbólica: la violencia podía romper el mueble, pero no arrancar del todo la idea que lo habitaba. Pedro Joaquín Chamorro Barrios reparó aquel escritorio, le puso una pata, cambió el vidrio y desde allí comenzó a escribir, en agosto de 1979, sus primeros artículos críticos al proceso revolucionario. Ese detalle no es menor. Hay una imagen casi literaria en ese gesto: el hijo escribiendo contra los nuevos abusos desde el escritorio herido del padre asesinado por la dictadura anterior.
La historia de Nicaragua parecía cambiar de uniforme, pero no terminaba de abandonar sus viejas tentaciones autoritarias. Por eso Un cauce hacia la democracia no envejeció como envejecen los libros de coyuntura. La dictadura lo renovó. Lo renovó con cada ataque a la prensa, con cada elección falsa, con cada preso político, con cada confiscación de los símbolos nacionales, con cada exiliado, con cada mentira oficial. La historia posterior no apagó sus advertencias: les dio más espesor. Ahora ha llegado el momento de pensar en una nueva vida para Un cauce hacia la democracia. No como simple reedición nostálgica, sino como una edición renovada, anotada y puesta en diálogo con la Nicaragua actual. Una edición con prólogo nuevo, notas históricas, contexto de los artículos, índice temático y una versión digital accesible para los jóvenes, los periodistas, los exiliados y todos aquellos nicaragüenses que necesitan entender que la democracia no se pierde de golpe, sino paso a paso, palabra a palabra, silencio a silencio.
Este libro debería volver a las manos de los lectores. Debería circular en clubes de lectura, universidades, redacciones, bibliotecas del exilio y espacios democráticos. Porque la dictadura, sin proponérselo, lo ha vuelto necesario. Cada atropello posterior le agregó una nota al margen; cada censura confirmó una advertencia; cada preso político volvió más urgente su lectura.
Reeditar Un cauce hacia la democracia sería, en el fondo, devolver al país una brújula. No para mirar con nostalgia los años ochenta, sino para comprender una advertencia que sigue viva: ninguna revolución, ningún partido, ningún caudillo y ninguna causa tienen derecho a sustituir la libertad de una nación. Hay libros que permanecen porque la realidad insiste en darles la razón. Un cauce hacia la democracia pertenece a esa categoría. Pedro Joaquín Chamorro Barrios no escribió desde la comodidad del que observa, sino desde la responsabilidad del que comparece. Por eso su libro no pertenece únicamente al pasado. Pertenece a la memoria crítica de Nicaragua. Y ahí reside su vigencia más profunda.
Los libros verdaderamente incómodos no necesitan ser actuales para estar vivos: basta con que la realidad siga tropezando contra las verdades que ellos anunciaron. Cuando un país vuelve a padecer censura, presos políticos, exilio, propaganda, confiscación de símbolos y culto al poder, ciertos libros dejan de ser documentos históricos y se convierten en testigos. La dictadura puede cerrar periódicos, perseguir voces, borrar nombres, expulsar ciudadanos y falsificar la memoria pública. Pero no puede impedir que una advertencia escrita con claridad vuelva a encontrar lectores cuando el país más la necesita. Esa es la fuerza secreta de los libros que nacen de una conciencia despierta: sobreviven al miedo, atraviesan el tiempo y regresan cuando la historia vuelve a reclamarles sentido.
Por eso Un cauce hacia la democracia merece una nueva lectura. No para rendir homenaje vacío a su autor, ni para convertirlo en pieza de museo, sino para devolverlo al debate vivo de Nicaragua. Porque hay páginas que no terminan cuando se cierran; siguen trabajando en la conciencia del lector, siguen incomodando al poder, siguen preguntando qué hicimos con la libertad que decíamos defender. La dictadura no refutó este libro: lo reeditó con hechos.
El autor es escritor exiliado en España.