Colombia: tigre suelto contra el petroterrorismo y la impunidad

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El desplome del castrochavismo en Latinoamérica es inminente. Por los cuatro costados están asediados, desenmascarados por el falso discurso guerrillero y el asalto al poder en su supuesta lucha por los pobres, e inundados de falacias y pestilentes canibalismos entre sus propias militancias. En esta ruta, la victoria presidencial de Abelardo de la Espriella abre un nuevo capítulo en la historia política de Colombia y envía una señal que trasciende fronteras.

Este triunfo, que es una conquista neta y patrimonial del electorado colombiano —ya cansado de tantos “pone bombas” y de la producción de droga mercadeada desde el crimen organizado—, es también en gran medida, una herencia contemporánea sobresaliente de la madurez política ciudadana, evolucionando desde las izquierdas volubles y variadas hacia una nueva decisión política, respaldada por el recio brazo hemisférico de la alianza Escudo de las Américas.

Aunque persisten las amenazas y bravuconadas tanto del candidato perdedor, Iván Cepeda, como de las huestes narcoterroristas, el nuevo gobierno llega con la promesa de reconstruir la confianza en las instituciones, fortalecer la seguridad nacional y defender un modelo basado en la iniciativa privada, la libertad económica y la supremacía del orden y la ley.

Gustavo Petro, un antiguo guerrillero que durante su juventud perteneció al movimiento M-19, se convirtió en uno de los principales figurones de una izquierda latinoamericana que llegó al poder con un floreado discurso de transformación social. Sin embargo, su gestión deja muchos balances negativos.

El gran desafío del brioso, pero constitucionalmente joven colombiano, será lograr recapitular con ética gerencial la amenaza que durante décadas ha condicionado la vida nacional: el poder económico y territorial del narcotráfico.

La droga no representa únicamente un problema de salud pública; es también una industria criminal que financia organizaciones armadas, corrompe instituciones, destruye comunidades y alimenta ciclos de violencia. Es por eso que sus anuncios, desde su victoria electoral y hasta antes de engancharse la banda presidencial este próximo agosto, están generando preocupación en la narcoguerrilla y otros grupos subversivos, cuyos campamentos y siembra serán “bombardeados” y destruidos buscando poner fin a este flagelo letal que ha manchado durante años la imagen de ese país.

Pero la lucha contra las drogas debe ir más allá de los decomisos y el desmantelamiento de sus estructuras. Requiere atacar las instancias financieras de las mafias, recuperar territorios controlados por grupos ilegales, fortalecer la justicia y crear oportunidades.

En este punto aparece una coincidencia con otros procesos políticos recientes de América Latina, como Ecuador y Argentina. El fenómeno de Abelardo de la Espriella guarda similitudes con el ascenso de Javier Milei: ambos liderazgos surgieron en medio de un profundo descontento ciudadano con los gobiernos de izquierda y con la promesa de reducir el intervencionismo estatal, impulsar la inversión, defender la libertad económica y recuperar el principio de autoridad. El otro caso es Ecuador, donde Daniel Noboa impulsa actualmente una feroz batalla contra la delincuencia.

Aunque cada país tiene su propia realidad, existe una tendencia regional evidente: amplios sectores de la población están exigiendo gobiernos más enfocados en seguridad, crecimiento económico, transparencia institucional y combate frontal contra la corrupción y el crimen organizado. Este patrón de conducta se está esparciendo por todo el continente, dejando en el camino severas interrogantes sobre naciones como México, donde sectores de la oposición al populismo socialista del partido Morena y su presidente Claudia Sheinbaum ya están tomando cartas en el asunto.

Siempre desde la óptica hemisférica, en este nuevo escenario cobra importancia la cooperación continental. La alianza Escudo de las Américas plantea, desde la visión de sus promotores, la necesidad de una estrategia común entre democracias del hemisferio para enfrentar amenazas como las ya citadas y otras como la influencia de potencias foráneas ajenas a la idiosincrasia americana.

Es en esos ejes potenciales de gobiernos limitados, prósperos y democráticos, en conjunto con la estrategia de dicha Alianza, donde el aún joven continente, cantado por tantos poetas y magistralmente musicalizado por Nino Bravo, encontrará el futuro de Colombia y también el de cada nación desde Alaska hasta la Patagonia. Un futuro donde pueda alcanzar su mejoría económica y prosperidad sin tanta dependencia global ni tanta charlatanería social típica del marxismo cultural y del fascismo castrista.

La verdadera prueba comienza ahora y el mundo entero está deseoso de presenciar este nuevo mandato, al demostrar que la fuerza de un Estado democrático puede imponerse sobre la corrupción, el miedo y el poder de las organizaciones criminales, dictaduras y tiranías.

Por ahora, va por buen camino. Basta recordar que procurará eficiencia máxima en su gabinete, ruptura diplomática con regímenes despóticos y permanencia en el cargo durante los cuatro años de su gestión. Entiendo que viene de una familia adinerada (pero de verdad), así que no necesita robar, aunque en el juego de la política a muchos pobres y ricos se les pega esta vieja maña, y por su pinta y modo de hablar directo y al grano no parece ser otro delincuente más ni de cuello blanco ni de ponerse la gorra con la visera para atrás. 

Sabe bien que nada ni nadie es indispensable en el poder. Ojalá lo supieran y lo entendieran otros gobernantes.  Esta vez no se trata de tigre suelto contra burro amarrado como refiere el dicho popular.  Esta vez “el Tigre” anda suelto.

El autor es escritor y periodista nicaragüense exiliado en Estados Unidos. Columnista internacional, vocero del Partido Liberal Independiente (PLI-Histórico) y secretario general del PLI-Internacional.

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