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El secuestro del obispo emérito de Estelí, monseñor Juan Abelardo Mata, la semana pasada, ha sido el más reciente ataque frontal de la dictadura contra la Iglesia católica de Nicaragua. Pero seguramente no ha sido el último, porque se ve claro que el objetivo del régimen de Daniel Ortega y Rosario Murillo es someterla completamente y ponerla a su servicio, o liquidarla.
Con el propósito de perpetuarse en el poder, los codictadores desmantelaron la precaria institucionalidad democrática que había en el país, liquidaron a la oposición política interna, desnacionalizaron a todos los dirigentes opositores, cerraron los espacios de organización y participación de la sociedad civil, suprimieron la libertad de expresión y de prensa, y provocaron el éxodo hacia el exterior de más de 800 mil nicaragüenses.
Además, la libertad de religión no escapó al furor represivo de la dictadura, que ha atacado ferozmente a varias confesiones cristianas y en particular a la Iglesia católica de Nicaragua, por su proverbial identificación con la causa de la libertad y su prédica de la justicia.
La reconocida abogada nicaragüense de derechos religiosos, Martha Patricia Molina, ha documentado de manera minuciosa la represión contra la Iglesia católica de Nicaragua y la libertad de religión en general. Con su encomiable trabajo de investigación ella ha denunciado internacionalmente que más de 600 líderes religiosos —incluyendo a cuatro obispos de la Iglesia católica—, han sido desterrados y obligados al exilio forzado; más de 11 mil procesiones y actos públicos de fe han sido prohibidos o impedidos por la fuerza policial; numerosas parroquias y capillas han quedado sin sacerdotes, sobre todo en las áreas rurales y la Costa Caribe. Asimismo, más de 20 medios de comunicación y numerosas instituciones educativas y de caridad de la Iglesia católica fueron o han sido clausurados arbitrariamente por la dictadura. Etc.
Sin embargo, la Iglesia católica ha demostrado una gran capacidad para soportar la adversidad o el calvario que le ha impuesto la dictadura. Y en ese orden hay que reconocer que gracias a la solidaridad y la presión política internacional, en particular de Estados Unidos (EE. UU), la situación de la Iglesia católica de Nicaragua no es peor.
Particularmente en el caso del obispo emérito Juan Abelardo Mata, es obvio que de no haber sido por la denuncia y presión de EE. UU. él hubiera corrido la misma suerte de los cuatro obispos que fueron desterrados y obligados al exilio. Nos referimos a monseñor Carlos Herrera, obispo de Estelí y presidente de la Conferencia Episcopal de Nicaragua; monseñor Rolando Álvarez, obispo de Matagalpa y administrador apostólico de la Diócesis de Estelí; monseñor Silvio Báez, obispo auxiliar de Managua; y monseñor Isidoro Mora, obispo de Siuna en la Costa Caribe Norte de Nicaragua.
Dentro de Nicaragua, los católicos resisten en silencio recurriendo al poder de la oración, con la convicción cristiana de que las fuerzas infernales de la represión no podrán prevalecer contra la Iglesia, que siempre ha visto pasar el funeral de sus enemigos mortales.
Pero Ora et labora (reza y trabaja o actúa) es el lema que Benito de Nursia adoptó para la Orden Religiosa de los Benedictinos, o sea combinar la contemplación espiritual con el esfuerzo diario para conseguir los buenos resultados que se buscan.
Eso significa que se debe respaldar la teoría con la práctica y, en la situación que comentamos, que la presión internacional contra la dictadura por los abusos que comete incluso contra la libertad religiosa y la Iglesia católica para que produzca buenos resultados debe pasar de las declaraciones verbales a las acciones concretas.