El dolor inextinguible de las madres de abril

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La celebración del Día de las Madres nicaragüenses debe ser dedicada hoy y siempre a las madres de abril.

Está muy bien que las madres que pueden celebrar —y ser celebradas festivamente por sus hijos y nietos— con alegría, obsequios y agasajos, lo hagan y los reciban, pues por su natural condición virtuosa siempre lo merecen.

Pero eso no significa que se deba olvidar a las madres que no pueden celebrar porque sufren, sobre todo por la pérdida abrupta de sus hijos. Y en particular las que perdieron a sus hijos cuando ellos estaban en su plena juventud, inclusive en la adolescencia y hasta en la infancia. Como fueron los casos de las víctimas de la represión homicida de la dictadura de Nicaragua, que para seguir detentando el poder como sea ha llegado al extremo de cometer horrendos crímenes de lesa humanidad, denunciados inclusive por la comunidad democrática internacional.

Apenas hace un mes, se conmemoró el octavo aniversario de los hechos gloriosos a la vez que trágicos y luctuosos de abril de 2018, cuando multitudes de personas no convocadas, jóvenes en su mayoría, salieron a las calles a demandar libertad y democracia. Y por ejercer ese derecho fueron reprimidos con ferocidad, crueldad y alevosía por las fuerzas policiales y paramilitares de la dictadura.

Fue particularmente dolorosa la matanza perpetrada por el régimen durante la celebración pública del Día de las Madres de 2018. Sobre todo en la manifestación de Managua en solidaridad con las madres cuyos hijos habían sido asesinados desde el 19 de abril por órdenes de los dictadores.

Después, más de 300 madres de abril se tuvieron que marchar al exilio, desde donde su asociación denominada precisamente Madres de Abril, no cesa de denunciar a la dictadura por el asesinato de sus hijos, y clamar justicia.

Los sicólogos consideran que el asesinato de un hijo es uno de los traumas más profundos y devastadores que puede experimentar una persona humana. Aseguran que “es una herida que altera la psiquis materna de forma irreversible, ya que rompe el orden natural de la vida y sumerge a la madre en un duelo complejo y prolongado”.  E inextinguible, debemos agregar, porque la pérdida de un hijo es una herida emocional que nunca deja de sangrar y no puede cicatrizar.

Pero además de cargar con el dolor por la muerte de sus hijos, y de que por estar lejos de su patria ni siquiera pueden visitar sus tumbas para ponerles flores y elevar plegarias por sus almas, las madres de abril siguen sufriendo por los ataques de odio de los dictadores. Y tienen que enfrentar y resolver múltiples y complejas dificultades para poder sobrevivir en el exilio. En algunos casos, pasando por complicados procesos migratorios e incluso amenazas de deportación por la incomprensión de rústicos funcionarios de migración.

De manera que las madres de abril siguen siendo victimizadas, tanto por la dictadura de Nicaragua como por las circunstancias adversas del exilio. Pero no por eso dejan de honrar la memoria de sus hijos, luchando como pueden por justicia y libertad.

Realmente son muchas las razones por las cuales las madres de abril merecen el reconocimiento nacional democrático, siempre pero especialmente el 30 de mayo, Día de las Madres nicaragüenses.

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