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Desde los confines septentrionales de Alaska hasta las tierras australes de Tierra del Fuego, Nicaragua ha sido reconocida por dos frases que condensan, con admirable precisión, la esencia geográfica y espiritual de la nación: “Nicaragua, tierra de poetas” y “Nicaragua, tierra de lagos y volcanes”.
Pocas veces un país ha logrado resumirse a sí mismo con imágenes tan breves y al mismo tiempo tan hondas, pues en ellas conviven la desmesura de la naturaleza y la vocación irrenunciable de la palabra. Desde El Güegüense —declarado Obra Maestra del Patrimonio Oral e Inmaterial de la Humanidad en 2005— hasta la prosa de claridad narrativa y elegante ironía de Sergio Ramírez, Nicaragua ha levantado un vasto y luminoso catálogo de figuras ilustres que han contribuido a consolidar la idea de que nuestro país es, verdaderamente, tierra de poetas.
No se trata únicamente de una consigna cultural repetida con orgullo patriótico, sino de una realidad literaria construida a lo largo de siglos por generaciones de escritores que encontraron en la lengua española no solo un instrumento de expresión, sino también una forma de conciencia, memoria y permanencia. Pocas naciones latinoamericanas han sostenido una relación tan intensa, persistente y casi visceral con la palabra como este pequeño país centroamericano que, a pesar de sus fracturas políticas, precariedades materiales y turbulencias históricas, logró proyectar hacia la lengua española una tradición literaria de resonancia universal.
Desde Rubén Darío —figura capital del modernismo y uno de los grandes renovadores del idioma— hasta las generaciones posteriores que encontraron en la literatura una forma de resistencia espiritual y conciencia cultural, Nicaragua terminó convirtiéndose, casi naturalmente, en una nación cuya identidad más profunda quedó íntimamente ligada al destino de la lengua española. Mencionar nombres como los de Salomón de la Selva, el gran César y Vargas, Alfonso Cortés, Azarías H. Pallais, Carlos Martínez Rivas, Pablo Antonio Cuadra, Manolo Cuadra, Joaquín Pasos, Gioconda Belli, Claribel Alegría, Fernando Silva o Guillermo Rothschuh Tablada constituye apenas una leve pincelada sobre el inmenso mural literario que ha hecho de Nicaragua algo más que una nación: una verdadera patria de la poesía.
Lo que gana Nicaragua con la llegada de Sergio Ramírez a la silla L de la Real Academia Española no puede medirse únicamente en términos de prestigio literario. Sería demasiado pobre reducir semejante acontecimiento a una simple distinción honorífica. Lo que verdaderamente obtiene Nicaragua es una forma de permanencia espiritual dentro de una de las instituciones más antiguas y decisivas de la lengua española, como si la historia misma del idioma hubiese decidido reservarle a nuestro pequeño país centroamericano un lugar estable en la memoria de la palabra. Porque la llegada de Sergio Ramírez a la Academia no constituye solamente el reconocimiento a una obra narrativa sólida, lúcida y elegantemente construida; representa también la confirmación de que Nicaragua ha dejado una huella real y profunda dentro de la tradición cultural hispánica.
Desde Rubén Darío —aquel príncipe verbal que transformó para siempre la música del idioma— hasta Sergio Ramírez, Nicaragua ha sostenido una relación casi sagrada con la lengua española, una relación donde la literatura no ha sido mero ornamento intelectual, sino conciencia histórica, resistencia espiritual y destino cultural. Y quizá allí resida la dimensión más conmovedora de este acontecimiento. En una época donde las naciones pequeñas suelen quedar sepultadas bajo el ruido de las grandes potencias, que un escritor nacido en Nicaragua logre ocupar una de las sillas de la institución encargada de custodiar el idioma que hablan cientos de millones de personas honra, con el más puro timbre de gloria, la grandeza de ser nicaragüense, a la par de hallar en ello, algo profundamente simbólico y casi poético: la voz de un país diminuto en territorio, pero inmenso en vocación literaria, encuentra finalmente asiento permanente en la casa mayor de la lengua española
Pero el hecho adquiere todavía mayor relevancia cuando se comprende que la elección de Sergio Ramírez no ha sido únicamente la exaltación de una figura pública o de una trayectoria política. Al contrario, el tiempo ha terminado demostrando que pudo más el peso de la obra literaria que sus polémicos y muchas veces equivocados pasos por la política. Y eso, lejos de disminuirlo, engrandece aún más el reconocimiento. Porque las disputas partidarias pertenecen inevitablemente al territorio efímero de las coyunturas humanas, mientras que la verdadera literatura pertenece al tiempo largo de la memoria cultural. Las pasiones ideológicas dividen; las grandes obras terminan permaneciendo.
El autor es escritor nicaragüense exiliado en España.