¿China es totalitaria o autoritaria? ¿Y qué más da?

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Algunos académicos de la política discuten si el régimen de China —la gran potencia comunista de economía de mercado que tutela a la dictadura de la pequeña Nicaragua— es totalitario o solamente autoritario.

Para dilucidar ese interrogante que al parecer interesa mucho a los académicos políticos, pero seguramente muy poco o nada a los chinos comunes y corrientes, habría que poner en un contexto comparativo al totalitarismo y el autoritarismo.

De acuerdo con los estudiosos de la macropolítica, el totalitarismo es primero que todo un sistema de partido único. Solo existe el partido que detenta el poder, llámese comunista o de cualquier otra manera. Se puede permitir la existencia de otros partidos, pero sin derecho a gobernar, solo para respaldar a cambio de ciertos beneficios al partido de gobierno o de “vanguardia”.

Además, solo hay una ideología, una doctrina oficial avasalladora que dicta las creencias y los valores que la gente debe profesar y practicar públicamente. Esto sin perjuicio de que en los países totalitarios mucha gente conserva calladamente sus propias creencias, distintas e incluso opuestas a la oficial.

Además, en el totalitarismo se practica oficialmente el culto a la personalidad del líder o caudillo, al que se le considera infalible y su imagen es exaltada como la encarnación del pueblo o la nación. De allí que se impongan consignas como “el pueblo presidente” y “todos somos Fidel”, como era en Cuba, o “todos somos Daniel”, como es ahora en Nicaragua.

La tercera característica del régimen totalitario es el terrorismo de Estado, el uso generalizado de la violencia estatal para eliminar, castigar o intimidar a los opositores, y en fin, para someter a todas las personas.

Además, el Estado y el partido controlan los medios de comunicación y propaganda, ejercen el monopolio de las informaciones y practican la censura absoluta, a partir de la falta de libertad de expresión y de prensa.

Y finalmente, aunque podríamos mencionar más características del totalitarismo, en este la persona se subordina al Estado y al partido gobernante por la fuerza, a partir de la anulación de todos los derechos y libertades individuales consagrados en la Declaración Universal de los Derechos Humanos. Aunque hipócritamente los gobernantes digan que la respetan.

En un artículo de opinión publicado recientemente en LA PRENSA, unos académicos de origen chino pero establecidos en occidente, coinciden en definir el totalitarismo como “un tipo extremo de autocracia moderna caracterizada por el control absoluto de la sociedad a través de un partido totalitario, que se apoya en la ideología, la policía secreta, la fuerza armada, los medios de comunicación y las organizaciones (incluidas las empresas) de toda la sociedad para dominar los recursos y la vida social. Esto lo distingue del autoritarismo, que no depende de una ideología omnipresente ni busca un control estricto sobre la sociedad y la economía”.

En lo que discrepan es en la calificación de China como país totalitario o autoritario. Pero la verdad es que, si lo que distingue el totalitarismo del autoritarismo es que “este no depende de una ideología omnipresente ni busca un control estricto sobre la sociedad y la economía”, la conclusión obligada es que China sí es un país totalitario porque la ideología comunista es omnipresente y el partido comunista “ejerce un control estricto sobre la sociedad y la economía”.

Pero en realidad, lo más importante no es si China es un país totalitario o autoritario. Como tampoco importa si el régimen de Nicaragua es autoritario, totalitario o cuasi totalitario. Lo importante es que no permite a la gente ninguna clase de libertades y derechos.

El antiguo secretario general del Partido Comunista y líder del Estado de China, Deng Xiaoping, quien abrió el camino a las reformas económicas capitalistas conservando el régimen político totalitario del comunismo, sentenció que «no importa el color del gato, lo importante es que cace ratones”.

Eso lo podemos parodiar diciendo que no importa si China es un país autoritario o totalitario. Lo determinante es que en ese país no hay libertades ni derechos de ninguna clase, solo la obligación de la gente de someterse al partido comunista, al gobierno y al Estado so pena de ser víctima de cualquier clase de represión.

Lo mismo que ocurre en Nicaragua.

COMENTARIOS

  1. Hace 3 meses

    El marxismo nació en un contexto histórico muy específico. Las teorías de Karl Marx y Friedrich Engels se desarrollaron en plena expansión de la Revolución Industrial europea, especialmente en Inglaterra, cuando el capitalismo de aquella época era, sin exageración alguna, un capitalismo salvaje. Jornadas laborales de hasta veinte horas, explotación infantil, obreros viviendo en condiciones miserables y una ausencia casi total de derechos laborales eran parte cotidiana de aquella realidad. Fue precisamente en ese ambiente donde surgió la teoría socialista como respuesta a los abusos del sistema industrial de entonces.

    Eso no significa necesariamente que la teoría marxista fuese correcta o viable. Muchos consideran que desde su origen llevaba dentro contradicciones imposibles de resolver, especialmente porque subordinaba o eliminaba la iniciativa privada y concentraba demasiado poder en el Estado, algo que históricamente terminó derivando en autoritarismo y estancamiento económico en múltiples países. Pero ese es otro debate.

    El punto aquí es China.

    China representa hoy una mezcla extraña y contradictoria: posee elementos extremos del capitalismo y elementos extremos del autoritarismo comunista. En otras palabras, parece haber tomado lo peor de ambos mundos. Por un lado, mantiene una economía ferozmente competitiva, con enormes corporaciones, producción masiva y condiciones laborales que en muchos casos recuerdan precisamente al capitalismo salvaje que Marx criticó hace más de un siglo.

    Existen numerosas denuncias y testimonios sobre fábricas donde trabajadores viven prácticamente encerrados en complejos industriales, ensamblando productos tecnológicos para grandes marcas internacionales. Uno de los casos más conocidos ocurrió alrededor de 2010, cuando trascendió la historia de un joven chino que vendió un riñón para poder comprar un iPhone. Más allá de si el caso terminó convertido en símbolo mediático, reflejaba una realidad profundamente desigual y obsesionada con el consumo dentro de un sistema que oficialmente todavía se llama “socialista”.

    Y mientras el mundo observa las imágenes espectaculares de trenes ultrarrápidos, ciudades futuristas o prototipos tecnológicos que parecen sacados de ciencia ficción, existe otra China que rara vez aparece en la propaganda oficial: la del campo, la de regiones pobres, la de millones de personas que todavía viven bajo limitaciones económicas severas.

    Además, el modelo chino mantiene mecanismos de control social extremadamente rígidos. El sistema de registro residencial limita muchos beneficios dependiendo de dónde nació la persona, y mudarse del campo a la ciudad puede implicar perder acceso a ciertos derechos o servicios. A eso se suma el sistema de crédito social y vigilancia estatal, donde la obediencia política y el comportamiento público pueden afectar las oportunidades de un ciudadano. Criticar al Partido Comunista, disentir abiertamente o quedar fuera de los parámetros establecidos puede tener consecuencias reales en la vida cotidiana. El reconocimiento facial masivo y la vigilancia digital en grandes ciudades son parte de esa estructura.

    Por eso resulta difícil definir a China simplemente como comunista o capitalista. Ideológicamente se presenta como comunista, económicamente utiliza herramientas capitalistas agresivas, y políticamente mantiene un sistema autoritario de control centralizado. El resultado es un modelo híbrido donde conviven el consumismo extremo, la desigualdad económica, la vigilancia estatal y la ausencia de libertades políticas plenas.

    En definitiva, China no parece haber construido la utopía socialista que alguna vez prometió el marxismo, ni tampoco una economía liberal con libertades democráticas. Más bien ha creado un sistema donde el crecimiento económico convive con mecanismos de control político cada vez más sofisticados. Y precisamente por eso muchos consideran que el modelo chino no representa lo mejor de ningún sistema, sino una combinación de las peores características de ambos.

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