Lista de reproducción
- No hay más artículos para escuchar
Cuando se piensa en Sandino, evoca en la mayoría la idea de un héroe defensor de la soberanía nacional en contra del imperialismo yanqui y ello se ha convertido en una verdad incuestionable. Pero, qué tanto es un hecho inobjetable y qué tanto una construcción propagandística (propia de sus tiempos) para imponer una narrativa dentro de la batalla cultural.
El 24 de mayo de 1927, pocos días después del cumpleaños 32 de Sandino, este envió una carta (menos de 200 palabras) al jefe de Destacamento de Marinos (de EE.UU.) en Jinotega y le manifestó que las propuestas aceptadas por Moncada no garantizaban la paz, considerando que Adolfo Diaz controlaba el Congreso, el Senado y la Corte Suprema, que ello propiciaría nuevos vejámenes contra el Partido Liberal y una nueva guerra civil. La solución propuesta por Sandino era que los partidos políticos se abstuvieran de la injerencia en los asuntos de la República y que la dirección del país debía ser asumida gobernador militar de Estados Unidos, en tanto hubiera elecciones super vigiladas, así, de ese tamaño.
Dicho eso, creo que Sandino no se despertaba sudoroso a mitad de la noche gritando cosas como “gringos, dejen de profanar el suelo patrio”. Pero esto va más allá, según la misma carta a Sandino no le angustiaba tanto la concentración de poder de Adolfo Díaz, como los “vejámenes” que podría sufrir el Partido Liberal, a pesar de que la separación de poderes ya era un postulado liberal desde 1789. Lo que en realidad representó Sandino, fue el último de los ejércitos partidarios, mismos que existieron a lo largo y ancho del continente en los últimos 100 años, ejercito partidario como el que encabezó en la misma época Emiliano Chamorro, eso es todo, lo demás, es propaganda.
Con el sandinismo de los años ochenta ocurre un fenómeno similar. Había censura entonces, como la hay hoy; había exiliados (desplazados) entonces, como los hay hoy; habían confiscados entonces, como los hay hoy; y había presos políticos entonces, como los hay hoy. Daniel Ortega, quien hoy se proclama líder de la Revolución Sandinista, es el mayor perpetrador de violaciones a los derechos humanos en tiempos de paz y el sandinismo de los años ochenta, es el mayor perpetuador de los derechos humanos y el derecho internacional humanitarios en tiempos de guerra.
Aunque parece exagerado o faccioso, afirmar que los sandinistas de los años ochenta son los mayores perpetradores de los derechos humanos y el derecho internacional humanitario en tiempos de guerra, es que es un hecho que se explica por la escala, capacidad ofensiva y la mea culpa. La escala se entiende porque la Guardia Nacional de Somoza estaba compuesta por menos de 7 mil efectivos y el Ejército Popular Sandinista llegó a tener aproximadamente 100 mil efectivos, más efectivos involucrados incrementa el riesgo; cuando hago alusión a la capacidad ofensiva, no es otra cosa más que la cantidad y sofisticación del armamento que llegaron a tener; y finalmente, cuando señalo a la mea culpa, a lo que me refiero es a la ley de autoamnistía promovida por los sandinistas después de perder las elecciones en febrero de 1990 y antes de entregar el poder en abril de ese año.
Hasta hace muy poco, estos eran temas “políticamente incorrectos” en Nicaragua, pero han resurgido por un reacomodo en el tablero político. Lo que se vislumbra como la inminente salida de Daniel Ortega implicaría por primera vez en casi 50 años en el país la eliminación del antagonismo, sandinismo y antisandinismo, de hecho, la caída de Daniel Ortega no sólo se llevará consigo al sandinismo, sino al epicentro ideológico de la izquierda en Nicaragua del último medio siglo, el “antiimperialismo yanqui”.
Si la administración Trump es determinante en la caída de Daniel Ortega, el sentimiento en el nicaragüense promedio será de gratitud hacia EE.UU. por haber recuperado la libertad y la democracia, un sentimiento muy similar al que sintieron los europeos al término de la Segunda Guerra Mundial tras la derrota de los nazis. En ese escenario, la izquierda no solo habrá perdido el derecho de veto prevaleciente hasta hoy para escribir, interpretar y vetar la historia nacional, sino que deberá replantearse sus principios rectores de su participación en el nuevo tablero de la política nacional.
El autor es maestro en Derechos Humanos.