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Angélica Tomás Velásquez Pérez, descrita como una mujer valiente y fuerte, enfrenta hoy la pérdida más dolorosa que puede sufrir una madre. Sus únicos dos hijos, Mateo Marcelo Jiménez Velasquez, de 12 años, y Ericko Gabriel Jiménez Velasquez, de 10, murieron ahogados tras ser arrastrados por una fuerte corriente marina en la Playa Majagual, a unos 10 kilómetros de San Juan del Sur, en Rivas.
La tragedia se suma a un luto reciente para esta joven madre, que hace apenas ocho meses perdió a su esposo a causa de una enfermedad. Hoy enfrenta un golpe aún más devastador: la muerte de sus dos hijos, una pérdida que ha estremecido no solo a su familia, sino a todo un país.
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Dos niños llenos de sueños y deseos de superación. El menor, de 10 años, es recordado por su encanto y carisma. Cursaba quinto grado en la Escuela de Dirita, en Ticuantepe, donde docentes y compañeros lamentaron profundamente su muerte y expresaron sus condolencias a la familia a través de redes sociales.

El mayor, de 12 años, estudiaba primer año de secundaria en el Instituto de Nindirí. Más maduro, aunque aún travieso, era el hijo más apegado a su padre, a quien, tras su muerte, intentó demostrar que sería el «hombre» en un hogar golpeado por la ausencia de la figura paterna.
«Mamita, no te preocupés, nosotros te vamos a cuidar ahora», recuerdan familiares y amigos que solía decirle el niño a su madre en medio de su dolor.
Una madre entregada a su familia
Una fuente cercana a la familia relató a LA PRENSA que Angélica se convirtió en madre y padre para sus hijos. Junto a su esposo, cuando aún vivía, se dedicaron a formarlos en la fe. Como familia asistían a la iglesia Hosanna Raizón, donde ella servía en el Comedor Infantil los viernes y sábados. Durante años, los niños crecieron en esa comunidad religiosa que hoy también llora esta tragedia.
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Angélica no tenía un trabajo formal, pero se sostiene de una pequeña pulpería en su hogar, con la que logró sacar adelante a sus hijos tras la muerte de su esposo. En su comunidad de Dirita todos la miran con admiración.
«Dios ha sido maravilloso con ella, le ha dado fuerzas para salir adelante, porque está sola y no tiene más apoyo que el Señor», relató la fuente. Desde entonces —recordó—, la mujer no dejó de luchar por sus hijos, enfrentando en silencio el peso de una ausencia que hoy se transforma en un dolor aún más profundo.

La ola los arrastró a su vista
Un familiar de los niños, que pidió el anonimato, narró que Angélica intentó salvarlos cuando la corriente comenzó a arrastrarlos. La mañana del sábado habían llegado de paseo a Playa Majagual, donde visitaban a unos parientes. Los niños jugaban a la orilla del mar y el agua apenas les cubría las piernas, mientras su madre los vigilaba a pocos metros.
En cuestión de segundos, la tranquilidad se rompió. Una fuerte corriente los jaló hacia el fondo. Angélica gritó y corrió desesperada. Intentó alcanzarlos, incluso lanzarse al agua, pero no logró rescatarlos. El mar se los arrebató en un instante.
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La búsqueda se prolongó durante horas, con apoyo de familiares y el aviso a las autoridades, pero sin resultados. No fue hasta la mañana del domingo 10 de mayo, cuando se celebraba el Día de las Madres en varias partes del mundo, que el cuerpo del hijo mayor fue hallado. Horas después, el mar devolvió también al menor.
Exhausta, sin haber dormido y aferrada al dolor, Angélica se llevó a sus dos hijos sin vida hasta su casa, en la comunidad de Dirita, donde fueron velados la noche del domingo.

Los sepultaron de madrugada
En horas de la madrugada de este lunes, los cuerpos fueron sepultados en el cementerio de San Carlos, en Masaya, donde también descansan los restos de su padre. El entierro estaba previsto para las 6:00 de la mañana, pero se adelantó debido al avanzado estado de descomposición de los cuerpos.
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Un miembro de la iglesia que los conocía desde hace algún tiempo recordó que los menores siempre estaban junto a su madre. Desde hace más de tres años formaban parte del Círculo de Amistad de El Raizón y participaban en las actividades religiosas, creciendo bajo el acompañamiento de esa comunidad.
Hoy, esa misma iglesia permanece reunida para sostener a Angélica, arroparla en su duelo y acompañarla en la pérdida más devastadora.