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En Nicaragua hemos aprendido, a fuerza de dolor y de historia, que la memoria no es un lujo intelectual, sino una necesidad moral. Y que quienes ejercieron poder público (sea desde un cargo político, desde una tribuna ideológica o desde una estructura revolucionaria) tienen un deber ineludible: rendir cuentas. No solo ante la ley, sino ante la sociedad y la verdad.
El día domingo 10 de mayo, Sergio Ramírez declaró en una entrevista en LA PRENSA, que, a sus 80 años, vive una etapa de reflexión. Sin embargo, sus palabras no reflejan humildad, sino evasión. No muestran reconocimiento, sino justificación. No expresan arrepentimiento, sino una forma elegante de desplazar la responsabilidad hacia “el contexto” y hacia “todos los que participaron”.
Desde mi fe cristiana y católica, sé que el perdón es un acto personal, íntimo, valiente. No se reparte. No se diluye. No se esconde detrás de frases como “todos cometimos errores”. El perdón nace del corazón que reconoce su falta, no del que señala a otros para repartir culpas. Por eso, cuando escucho a un exfuncionario decir que “los perdones deberían abundar, pero de todos”, lo que veo no es humildad, sino una negativa a asumir su propia responsabilidad, es una arrogancia.
Más preocupante aún es escucharle preguntar: “¿Quiénes están autorizados para juzgarme?”
Esa frase revela una distancia moral enorme entre quien la pronuncia y quienes sufrieron las consecuencias de las decisiones tomadas en los años ochenta: censura, persecución, asesinatos, exilios, confiscaciones, servicio militar obligatorio, violaciones a derechos humanos, tragedias como la Navidad Roja o el atentado de La Penca, etc, etc.
La pregunta no debería ser quién está autorizado para juzgarlo, sino qué está dispuesto él a reconocer. Porque la verdadera reflexión (la que nace del alma) no teme a la verdad, no teme a la memoria, no teme a pedir perdón.
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Imaginemos por un momento (solo como ejercicio moral) que figuras como Hitler, Franco, Mussolini, Somoza o Pinochet, después de haber dirigido regímenes que dejaron miles o millones de víctimas, hubieran decidido reinventarse como grandes novelistas, poetas o intelectuales. Imaginemos que, tras el dolor que causaron, fueran celebrados con premios internacionales, galardones literarios y propuestas para academias prestigiosas.
¿Qué sentirían sus víctimas? ¿Qué sentirían los hijos de los desaparecidos, los exiliados, los torturados, los censurados? ¿Qué sentiría una sociedad que aún carga con las heridas?
La respuesta es evidente: sentirían que el mundo les dio la espalda.
Porque cuando un victimario es celebrado sin haber reconocido su responsabilidad, sin haber pedido perdón, sin haber mostrado humildad, ocurre algo profundamente injusto: la obra se convierte en un velo que oculta la verdad. Y eso es moralmente inaceptable.
No se trata de negar el talento. No se trata de censurar la literatura. No se trata de prohibir la creación artística. Se trata de algo más profundo: la memoria no puede ser selectiva. La ética no puede ser parcial. La responsabilidad no puede ser opcional.
Por eso, cuando instituciones prestigiosas premian a quienes también formaron parte de proyectos políticos que causaron daño, tienen un deber moral: no permitir que los reconocimientos culturales se conviertan en un mecanismo para lavar la historia. Así como celebran lo mejor de una persona, también deben comprender que la trayectoria completa incluye luces y sombras. Y que la autoridad moral no se construye con medallas, sino con verdad.
Un funcionario público, un dirigente político o un intelectual que ejerció poder tiene la obligación ética de explicar, no de fustigar. Tiene el deber de responder, no de evadir. Tiene la responsabilidad de reconocer, no de relativizar.
La ciudadanía no es un tribunal de odio. Es un espacio legítimo de memoria y de exigencia moral. Por eso duele ver a alguien llegar a la vejez sin la humildad que la vida le ofreció tantas veces. No es triste que alguien haya cometido errores en su juventud política, lo verdaderamente triste es llegar a los 80 años sin la valentía de reconocerlos.
Nicaragua necesita verdad, no excusas. Yo no deseo condena para nadie. Deseo verdad. Deseo memoria. Deseo que quienes tuvieron poder entiendan que la autoridad moral no se hereda: se construye con humildad.
Dios perdone a quienes hicieron daño. Y ojalá ellos mismos puedan reconocerlo algún día. Porque Nicaragua necesita justicia, sí. Pero también necesita coherencia, responsabilidad y verdad.
El autor es ingeniero. Expresidente de Hagamos Democracia. Miembro del Bloque de Centro Derecha. Concertación Democrática Monte Verde. Miembro conservador de Ciudadanos por la Libertad (CxL) Exilio.