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Vamos a empezar con un pequeño recorrido por la historia de los EE. UU. y de quiénes han sido los presidentes de la poderosa nación que han muerto por atentados criminales desde su fundación, que es una realidad desde más de siglos y desde incluso antes de su fundación.
Han muerto en el ejercicio del cargo cuatro presidentes: Abraham Lincoln, en 1865; James Garfield, en1881; William McKinley en 1901 y John Fitzgerald Kennedy en 1963. Muchos otros sobrevivieron a intentos de asesinatos, como Ronald Reagan, herido en 1981 en ejercicio del cargo. También se suma a esta lista Teodoro Roosevelt en 1912. En todos estos casos se utilizaron armas de fuego.
Pese a todos esos hechos el sistema ha demostrado una notable capacidad de resistencia y hoy ello es debido que existe una línea de sucesión pensada para cubrir el vacío que puede dejar la muerte del presidente en el ejercicio del cargo. Y así, hay un vicepresidente, el Congreso y el gabinete, que garantizan la continuidad incluso en casos extremos. Está diseñado este sistema unido a una cultura política que históricamente ha favorecido el cierre de filas tras los atentados.
Pero observemos que los atentados solo en algún caso han sido producto de conspiración, los demás han sido realizados por personas mentalmente desequilibradas y poseídas de la idea de que su acto sería la única opción para corregir el rumbo de la política gubernamental que consideran abusiva o desviada del rumbo que marca la Constitución y las normas que rigen el sistema republicano de gobierno, basado en que el presidente no solo es el jefe del Estado y del Gobierno, además de ser el Comandante en Jefe del poderoso ejército de la nación, quizás el primero en su orden en el mundo entero.
Pero volvamos al último atentado sufrido por el actual presidente Donald Trump, quien lleva en su haber tres atentados desde que tomó el cargo hace ya un año y meses. Uno fue en un mitin en Butler, Pensilvania, en este atentado una bala le hirió una oreja levemente y fue evacuado por miembros de su escolta, si bien un ciudadano perdió la vida y otro resultó herido. Luego hubo otro intento en su residencia de Mar a Lago en Florida, cuando un hombre armado fue visto dentro del campo de Golf el 15 de septiembre, y fue neutralizado por los miembros del Servicio Secreto quienes le dieron muerte evitando cualquier daño en la persona del presidente.
El último fue el que se produjo en la Cena de Gala de los Corresponsales de la Casa Blanca que se efectuaba en el Hotel Hilton de D.C. al que además de Trump, asistían figuras importantes de su gobierno, como el vicepresidente J.D. Vance, el secretario de Estado, Marco Rubio. Incluso la esposa del presidente estaban en la cena el día 25 de abril, cuando un individuo burló el primer círculo de la entrada al salón donde se efectuaba en donde estaban los invitados y los corresponsales. En el intento logró disparar cinco veces, pero fue capturado por los miembros del Servicio Secreto de la Casa Blanca que evacuaron rápidamente al presidente y algunos de los miembros de su gabinete, entre ellos su vicepresidente. No pasó a más de un intento, pero podría haber causado graves daños al presidente y a los demás asistentes al evento. El individuo en cuestión ya está siendo procesado por intento de asesinato al presidente, portación de armas de guerra, y seguramente será juzgado y condenado a prisión perpetua según las leyes penales del país.
Estos atentados son producto del clima político polarizado que existe en EE. UU., donde cualquier altercado por mínimo que sea, se puede convertir en un tiroteo que deja muerte y luto en la familias americanas, donde cualquier ciudadano puede comprar desde una pistola, hasta armas de guerra como un AR15 o un AK de fabricación soviética y que trae causa de la Segunda enmienda de Constitución del país que protege a los ciudadanos a poseer y portar armas de fuego, tema que ha sido cuestionado y debatido por los demócratas y grupos civiles que están en contra, pero por otro lado, la poderosa Asociación del Rifle es la principal defensora del uso de estas armas con su potente lobby en el Congreso y Senado de la Unión donde encuentra eco su postura.
Trump, después del atentado dijo medio en broma y medio en serio que el “oficio de presidente es peligroso”, que ciertamente lo es pues hay muchos lobos solitarios que sin duda alguna pueden cometer este tipo de asesinatos presidenciales. Y la otra gran vedad consiste en que el presidente está muy expuesto pues no es un hombre que esté encerrado en la Casa Blanca, ya que frecuentemente se desplaza por todo el país en asuntos de su cargo y además asiste a eventos internacionales fuera de EE. UU.
La polarización actual, dice el politólogo e historiador constitucional John Vile, “subraya que la violencia política no es nada nuevo, pero en Estados Unidos, combina dos factores claves: la altísima posesión de armas y dirigentes sorprendentemente accesibles”.
El autor es abogado y comentarista político nicaragüense radicado en España.