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En la Colonia Universitaria 15 de Mayo, en Managua, se encuentra la vivienda de Darling Medrano, una mujer de 56 años, cuya batalla diaria es cuidar a su hija con esquizofrenia mientras sobrevive con recursos mínimos y con un esposo que ha perdido la vista.
Medrano ha vivido esta lucha de forma silenciosa. Se dio cuenta que su hija Linda Massiel Oporta, de pequeña, no pudo ingresar a la escuela, terminar cursos académicos o desarrollarse como otras mujeres cuando crecen. Su vivencia ha estado en reclusión.
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“Desde los 12 añitos ella tuvo esos síntomas de esquizofrenia, recuerdo fue un brote, pero también cuando tenía 2 años algo similar. Desde entonces hemos vivido un corre corre constante entre consultas psiquiátricas, el hospital y crisis”, relata doña Darling.

Hospitalizaciones sin resultado
La vida de Linda Massiel ha sido difícil, marcada por la dependencia de fármacos y las limitaciones económicas. Sus hospitalizaciones son continuas, pero siempre le dan de alta.
“Siempre con medicamento alto de 100 mg, de 200, de 250 mg… Ha estado internada un montón de veces”, cuenta. Las hospitalizaciones, que pueden durar meses, se repiten cada vez más.
A pesar de los esfuerzos, la madre asegura que nunca han visto una mejora sostenida o un cambio en la vida de la joven.
“Nunca le hemos visto salud bien, por el contrario, nosotros, sus padres, nos ponemos más viejos con miedo de qué pasará cuando ya no podamos cuidar de ella”, dice.
Pobreza y enfermedades
La situación se agrava por el contexto de pobreza en el que viven. Darling explica que, aunque los medicamentos son proporcionados por el sistema de salud, todo lo demás depende de la solidaridad de terceros: “Sobrevivimos de lo que podemos… de lo que fulano manda, una sopita, una cosita”, describe.
El cuadro familiar es aún más complejo. El esposo de Darling Medrano y padre de Linda perdió completamente la vista como consecuencia de la diabetes. Él se llama Ricardo José Oporta, antes trabajó realizando un recorrido escolar. Tras perder la vista ya no pudo generar más dinero.

Sin ingresos fijos ni pensión, la familia depende de ayudas ocasionales. A esto se suma que la propia Darling también enfrenta problemas de salud mental, aunque aclara que su caso es distinto.
“Yo también soy paciente de psiquiatría, pero mi caso es diferente… lo mío es ansiedad”, explica.
Consultas médicas mensuales
Uno de los aspectos más duros de su relato es la forma en que deben manejar las crisis de su hija. La agresividad asociada a la enfermedad obliga a tomar medidas extremas dentro del hogar.
“La niña es agresiva, se mantiene en una jaulita encerrada”, confiesa. En una entrevista realizada por un medio oficialista se observa a la joven tras una malla metálica, viviendo sus días.
El acceso a la atención médica tampoco es sencillo. Cada cita implica un reto logístico y económico: “No sé cómo le hago, pero busco ayuda para llevarla”, dice sobre los traslados al Hospital Psiquiátrico en Managua, donde su hija recibe seguimiento mensual.
Solicita ayuda
Ante esta realidad, Darling hace un llamado directo a la solidaridad: “Yo les pediría que si nos pueden brindar ayuda… porque pobrecita la niña, y también por mi marido”, solicita.
La historia de esta familia refleja una realidad más amplia: la de personas que enfrentan enfermedades mentales graves en condiciones de pobreza extrema, con acceso limitado a atención integral y sin redes de apoyo suficientes.
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Las personas interesadas en brindar apoyo pueden comunicarse al número de teléfono 8683-4836 o acudir a su vivienda ubicada de la entrada al Carnic, cuatro cuadras al norte, en la Colonia Universitaria 15 de Mayo, en Managua. De la aguja, cuatro cuadras arriba, una cuadra al sur.
Mientras tanto, en su hogar, la rutina continúa con incertidumbre, la dependencia de medicamentos y la esperanza de que alguna ayuda llegue a tiempo.