Ariana Quintanilla trabajó en la sección de Economía de LA PRENSA. CORTESÍA

Una periodista nicaragüense relata su duro cautiverio a manos de ICE en Estados Unidos 

Buscaba asilo, pero estuvo a punto de ser deportada por ICE tras pasar casi dos meses en un centro de detención. Soportó calor, frío, sed, malos tratos, pero sobre todo el miedo de ser separada de los suyos y entregada al régimen Ortega Murillo.

Ariana Quintanilla aprendió a vivir con sed. Deshidratada, con la boca seca, muerta de calor y con mareos. Así pasó esta periodista nicaragüense 54 días en el Eloy Detention Center ubicado en Arizona, un estado desértico y caliente de Estados Unidos. Este es uno de los lugares donde el Servicio de Inmigración y Aduanas (ICE) retiene a inmigrantes antes de ser deportados. 

Sentía debilidad en sus piernas, dolor de cabeza y la sensación constante de tener la boca seca. Trataba de disimularlo con pequeños sorbos de agua, de la poca agua a la que tenía acceso, pero era imposible. Junto a Alejandra, su compañera de celda, pidió ir a la clínica del lugar para que le inyectaran suero. Se lo negaron porque el seguro médico no les cubría el suero que les permitiría hidratarse. 

La recomendación que les dio una enfermera fue que por cada sopa maruchan que comieran, se tomaran un vaso grande de agua. El problema es que no había agua potable en ese lugar. 

Ariana Quintanilla migró a Estados Unidos en julio de 2021.
Ariana Quintanilla migró a Estados Unidos en julio de 2021. CORTESÍA

Así relata Ariana Quintanilla, de 26 años, sus días en ese centro de detención de ICE. Estuvo bajo riesgo de ser deportada, pero finalmente no fue enviada de regreso a Nicaragua en donde corría el riesgo de ser encarcelada por el régimen de Daniel Ortega y Rosario Murillo, tras haber trabajado para la sección de Economía del Diario LA PRENSA. 

Después de ser liberada bajo fianza gracias a gestiones de su abogado José Pérez, Ariana escribió su libro, que se puede comprar en Amazon, titulado Cuando el asilo se convierte en cárcel. Ahí cuenta su testimonio sobre cómo es estar encarcelada en un centro de detención de ICE y todas las injusticias que vio, como la de una mujer que pagó 10,000 dólares a un abogado que desapareció con el dinero y no le ayudó con su caso; otra mujer que tenía que usar muletas porque tenía los dedos del pie morados tras un arresto violento y encima tenía una cirugía de la cual no estaba del todo recuperada. 

Portada del libro de Ariana Quintanilla. Disponible en Amazon y Rakuten Kobo.
Portada del libro de Ariana Quintanilla. Disponible en Amazon y Rakuten Kobo. CORTESÍA

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O el de otra señora cubana de la tercera edad, con un solo riñón y diabética que le recordó a la abuela Coco de la película de Disney. “¿Qué daño podría provocar esa señora estando fuera? ¿Qué pensaba el oficial cuando la arrestó? ¿Le pusieron esposas en las manos, caderas y pies al igual que al resto siendo una señora de la tercera edad?”, se pregunta Ariana en su libro

San Marcos 

Ariana Quintanilla Simons es originaria de San Marcos, Carazo. En su niñez recuerda que quería ser doctora, pero su tía, la periodista Mabel Calero, fue quien la inspiró para dedicarse a otra cosa. “Ella trabajaba en LA PRENSA y me gustaba verla escribiendo y así me interesó el periodismo gracias a ella”, comenta. 

Consiguió una beca para estudiar Comunicación en la Universidad Centroamericana (UCA) en 2016 y para el año 2020, en medio de la pandemia de covid19, Ariana dio sus primeros pasos en la profesión escribiendo sobre economía en LA PRENSA. 

“Hacíamos trabajos sobre malas prácticas que hacía la administración de Ortega en ese entonces o en años anteriores”, relata. Estuvo un año en el periódico hasta que se fue el 25 de julio de 2021 hacia Estados Unidos. 

“Comencé a recibir mensajes” amenazantes. También sus colegas recibían asedio en sus casas y eso la hizo sentirse con mucho temor a ser encarcelada. Para entonces, el régimen de Ortega y Murillo mantenía un bloqueo aduanero que amenazaba con la extinción de la edición impresa del periódico. 

Ariana Quintanilla se graduó de la UCA en 2020. CORTESÍA

Ariana decidió salir de Nicaragua el 25 de julio de 2021 con rumbo a Estados Unidos. Llegó de manera irregular a través del río Bravo el 4 de agosto y se entregó a las autoridades de inmigración para solicitar asilo. 

Estuvo cuatro días en una celda para inmigrantes, comiendo solo manzanas y burritos, y soportando el frío por las noches. “Pasé como tres años para volver a comer una manzana porque me traía malos recuerdos”, relata la joven. 

Luego la dejaron ir hacia Maryland que es donde la iba a recibir una familiar. Le indicaron que mientras avanzaba su proceso de asilo en la Corte de Inmigración debía reportarse periódicamente con las autoridades de ICE, ya fuese a través de llamadas o de una aplicación a la que debía subir fotos de ella bajo un Programa de Supervisión Intensiva de Apariciones (ISAP, por sus siglas en inglés). 

Si faltaba en tres ocasiones a una de esas verificaciones, le advirtieron que podía ser detenida. 

Días después, el 13 de agosto, Ariana vio cómo el periódico para el que trabajaba fue confiscado por la dictadura Ortega Murillo y sus colegas en Nicaragua perseguidos, obligados a la clandestinidad y posteriormente al exilio. 

Un avión a Arizona 

La vida de Ariana transcurrió sin mayor problema en Estados Unidos. Pronto consiguió empleo en un supermercado y en un almacén. Además, estudiaba para convertirse en asistente dental. Ya estaba a punto de graduarse cuando el 30 de septiembre de 2025 no pudo atender una llamada que le hicieron de ICE. 

Ella después se comunicó con ellos y explicó que no pudo atenderles, pero que esperaría una nueva llamada para cumplir con la verificación. Casi un mes después, el 29 de octubre, la citaron en las oficinas de ICE en Baltimore. 

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Y lo que parecía una visita rutinaria se convirtió en una pesadilla para la joven. Un agente la llevó a un cuarto con otros cinco agentes que empezaron a interrogarla. 

—¿Cómo vino hacia aquí? —preguntó uno de ellos. 

—Una amiga me trajo. 

—¿Tiene hijos? —preguntó otro con esposas en la cintura. 

—No. 

—¿Sabe por qué está aquí? 

—No. 

—Va a ser detenida porque usted ha faltado a sus llamadas en tres ocasiones desde 2023. 

Le explicaron que iba a estar detenida hasta su próxima cita en la Corte, que era en febrero de 2026. La esposaron y la llevaron a otro cuarto en donde reunieron a varios inmigrantes y los llevaron a una celda. “Para ese momento yo todavía no lloraba. Estaba como en shock, como bloqueada”, relata. 

migrantes deportados, Kosovo, Estados Unidos
Los inmigrantes en Estados Unidos son transportados en aviones militares y encadenados de pies y manos. ARCHIVO

En aquel cuarto había ocho mujeres que se acomodaron en pequeñas colchonetas en el suelo y se cubrían con sábanas de aluminio. Pasó ahí cuatro días sin bañarse, sin pasta dental, sin desodorante. Le dieron una llamada y pudo comunicarse con su tía. Fue entonces cuando finalmente la incertidumbre y el miedo se apoderaron de ella y las lágrimas empezaron a brotar. 

Su abogado José Pérez llegó al lugar donde estaba detenida para intentar sacarla, pero no se lo permitieron, mientras que los agentes de ICE le insistían que firmara unos documentos. “Querían obligarme a firmar un orden de deportación mientras mi proceso de asilo estaba activo”. 

Después de cuatro días, la llevaron encadenada de pies y manos en un avión militar hacia Arizona. En el trayecto recuerda haber visto a mujeres embarazadas y ancianos, también encadenados y tratados con rudeza “como si representaran algún peligro”. 

Las siete de Arizona 

La primera amiga que hizo Ariana fue una hondureña llamada Kenya. La detuvieron igual que a ella en las oficinas de ICE en Baltimore y “le dijeron que solo un día iba a estar presa, pero obviamente era mentira. Como que les dicen eso para que uno se mantenga calmado”, cuenta Ariana. 

Luego conoció a Roxana, de Bolivia; Melvis, de Camerún; Yuridia, de México; Joyce, de Venezuela y Alejandra, también venezolana. Con esta última fue con quien Ariana estableció mayor cercanía y trataron de permanecer juntas todo el tiempo. Eran el grupo de las siete de Arizona. 

Todas fueron ubicadas en el Eloy Detention Center. Les dieron una bolsa color café con dos sábanas, una colcha, una funda de almohada, cuatro camisas cafés, dos uniformes verdes, cuatro pares de calcetines, cuatro corpiños y cuatro calzones. Eso era todo lo que les permitían tener en ese lugar. 

Si querían artículos de higiene personal, desde pasta dental hasta toallas sanitarias, debían pedirlas a los agentes, recuerda Ariana. En ocasiones, los agentes se ponían molestos o se hacían los que no entendían cuando les pedían papel higiénico. Querían que los inmigrantes les hablaran solamente en inglés. 

Los baños no tenían puertas y en ocasiones eran custodiadas solamente por hombres. 

El área de mujeres estaba dividida en tres edificios: Alfa, Charlie y Bravo. “La guardia comenzó a repartirnos como piezas en un tablero. Dos de mis amigas fueron enviadas a Alfa. Las demás quedamos en Bravo. De esas cinco, dos fueron destinadas al pabellón 200, una al 300, y Alejandra y yo a la unidad 400. Tuvimos una pequeña victoria: quedamos juntas, en el mismo dormitorio”, apunta Ariana en su libro. 

Ariana Quintanilla tiene 26 años y lleva casi cinco años exiliada en Estados Unidos. CORTESÍA

Esos dormitorios eran pequeños, para dos personas. Con una litera, una mesa, una silla, un inodoro, un lavamanos y una lámpara blanca que nunca se apagaba. 

La comida era otra odisea. A veces huevo revuelto con papa rallada. Otras veces era pasta. A veces bolitas de soya y solo un lunes al mes comían pollo. “Tres veces al día nos entregaban bolsas con raciones militares que no parecían pensadas para alimentarnos, sino para despojarnos de toda dignidad. Una pasta con atún, incomible, con aspecto de vómito viscoso y sabor a queso descompuesto, se convirtió en una tortura en cada intento de comer”, describe la joven. 

Rutina de presas 

Los días empezaban a las 4:30 de la mañana con el ruido de llaves y puertas abriéndose. Ariana explica que a esa hora era el desayuno y una hora más tarde regresaban a sus celdas. A las 7:30 las dejaban ir al baño, hacer llamadas o ver televisión en una de las tres pantallas que había en las salas comunes. A las 8:20 las encerraban nuevamente en sus celdas. 

Luego el almuerzo a las 10:30 y después encerradas nuevamente hasta las 2:30 cuando les permitían salir al patio. A las 4:00 de la tarde era la cena. A las 6:30 todas encerradas y a las 9:00 ya debían estar durmiendo con la luz encendida. 

Las detenidas mataban el tiempo dibujando, leyendo, haciéndose trenzas o bien contándose sus historias de vida. Ariana le contó a Alejandra que hacía periodismo en Nicaragua, que por eso temía regresar; y Alejandra le contó a la nicaragüense que tenía una hija de 8 años y que solo quería salir para abrazarla nuevamente. 

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Las siete de Arizona se reunían para comer, se encontraban en los pabellones para intercambiar risas un rato o bien para pasarse consejos de presas, como el de purificar el agua en el microondas para no aguantar sed. 

Lo que hacían es que metían un vaso con agua que recogían en el lavamanos, por seis minutos al microondas, para hacerla potable. No tenían ningún respaldo científico. Solamente el rumor de que bastaba ese tiempo para que el calor matara a los microbios. Esa era la manera más común de matar la sed entre las presas. 

Otra era comprar agua a través de una aplicación llamada Comisario, pero casi nunca había agua disponible. Y cuando había solo les permitían comprar cinco botellas por semana. 

En otras ocasiones les daban hielo y lo dejaban derretirse hasta obtener agua. Eso solo les permitía matar la sed por unos minutos. 

Poco a poco las siete de Arizona fueron siendo deportadas. Ariana relata que cada vez que llegaban a traer a una no se ponían tristes. Era todo lo contrario. Les daba gusto ver que ya se iban de ese lugar y, a pesar de que iban a ser deportadas, al menos estarían en libertad. “Se sentía bien saber que iban a estar con sus familias y que iban a comer lo que ellas quisieran y no iban a estar aguantando malos tratos”, recuerda. 

Ariana Quintanilla espera por su última Corte de Inmigración programada para 2027. CORTESÍA

Navidad en familia 

Mientras Ariana pasaba sus días en el centro de detención, su abogado José Pérez y su familia hacían lo posible para sacarla de ahí y evitar su deportación. 

Pérez introdujo un recurso de habeas corpus ante la Corte de Inmigración y esta resolvió que el caso de Ariana no ameritaba detención estricta, y por tanto podía salir bajo una fianza de 5,000 dólares y llevar el proceso en libertad. 

Fue entonces cuando Ariana fue liberada el 23 de diciembre de 2025. Esa noche estaba dibujando con su amiga Alejandra. Solo quedaban ellas del grupo de las siete de Arizona. Las otras ya habían sido deportadas y la camerunesa Melvis había sufrido un accidente al caerse de su cama y fue llevada a un hospital. Ninguna supo qué pasó con ella después. 

Tras despedirse de su amiga y recoger las pocas cosas que tenía en la celda, Ariana fue llevada por la mañana del 24 de diciembre a un refugio. Ahí le ayudaron a contactar a su familia y luego a tomar un vuelo comercial hacia Maryland. Llegó a tiempo para Nochebuena y Navidad. “Fue bastante emotivo la verdad que después de casi dos meses que estuve detenida pudiera estar con mi familia”, recuerda. 

Ariana retomó su vida en Maryland. No pudo terminar el curso para ser asistente dental, pero sí consiguió volver a trabajar en un almacén y en un restaurante. Su situación migratoria está en espera de la última sesión en la Corte de Inmigración en donde se decidirá si le otorgan el asilo o no. 

Esa sesión está programada para el próximo año 2027. 

Después de haber pagado la fianza, Ariana dice que no debería haber riesgo de que la vuelvan a detener, “pero no me confío obviamente”, porque las redadas de ICE continúan. “Uno no puede estar 100% tranquilo” bajo la administración Trump, señala. 

Además de retomar su vida, en los últimos meses se dedicó a escribir su libro contando su testimonio de lo que vivió en el centro de detención de ICE. Esto fue por consejo de su tía Mabel Calero, quien además le ayudó con la edición. 

No olvida a las siete de Arizona y más bien supo que Yuridia finalmente no fue deportada, y que Alejandra fue enviada a Venezuela dos semanas después de que ella fue liberada. Hasta la fecha mantienen comunicación y siguen siendo buenas amigas.

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COMENTARIOS

  1. Hace 2 meses

    El libro suena antiestadounidense completamente. Cuando te arrestan, la policía te esposará para protección y seguridad de los agentes. Con tanto loco circulando en los Estados, no se sabe lo que el arrestado violentamente pueda hacer. Puede que ande oculto un cuchillo y ataque a la policía causándoles heridas corporales.

    1. Hace 2 meses

      Hombre Ralph, se ve que no tienes empatia por los inmigrantes. Es cierto que USA es un pais de leyes, pero la verdad es que siempre exageran con todo y se pasan cuando arrestan ancianos , o ninos que no son ningun peligro a la sociedad en si. He vivido en este pais por mas de 35 anos y la verdad que hay sus cosas buenas, pero tambien hay mucha injusticia. Espero que tu seas de uno de los que difienden a capa y espada lo que a veces no se puede defender. Saludos!

  2. Hace 2 meses

    Y todo por su propia culpa al no asistir a sus citas en el tribunal de inmigración. Los Estados Unidos son un estado de derecho donde todo relacionado con la ley se tiene que cumplir al pie de la letra y tomarlo en serio. Si te detiene un policía conduciendo y te da una multa, entonces págala porque si no te ponen un warrant el cual significa que por no pagar la multa te echan preso y si sos inmigrante sos sujeto a deportación.

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