/ Daniel Sleat

Occidente sigue sin entender bien a Rusia

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Cuatro años después de la invasión rusa a gran escala de Ucrania, los observadores occidentales aún no comprenden la estrategia del Kremlin. Algunos creen que no existe ninguna y que el comportamiento de Rusia es completamente irracional y, por lo tanto, impredecible. Otros argumentan lo contrario: Rusia está implementando una visión revanchista a largo plazo cuidadosamente planificada, en la que la reivindicación del territorio ucraniano es solo el primer paso. Ambas explicaciones son erróneas.

Rusia no emprendió su brutal guerra contra Ucrania ni trastocó la arquitectura de seguridad europea por capricho, y la descripción que hace el presidente ruso Vladimir Putin de la guerra como un choque de civilizaciones —una lucha existencial contra un Occidente empeñado en destruir Rusia— no es mera puesta en escena. Pero tampoco constituye tal retórica prueba de una ideología imperial plenamente formada, y mucho menos un plan integral para la transformación global.

Si bien Putin considera a Rusia una gran potencia y un contrapeso civilizatorio al liberalismo occidental, carece de un plan coherente para transformar el mundo, y mucho menos de la capacidad para hacerlo. Esta debilidad condiciona las decisiones de Rusia. Al no ser tan poderosa como la coalición a la que se enfrenta, Rusia se centra no en la dominación, sino en la desestabilización.

La “estrategia” resultante no es ni aleatoria ni meditada, sino volátil y escalada. Además, refleja una jerarquía de preocupaciones que Occidente parece no comprender del todo. La máxima prioridad de Putin —el criterio desde el que se toman todas las decisiones de la política exterior rusa— siempre ha sido la continuidad del régimen y el control soberano, que depende sobre todo de la cohesión de la élite y la estabilidad interna.

La segunda prioridad de Putin es mantener el control de Rusia sobre su entorno, sobre todo impidiendo que la OTAN y la Unión Europea se inmiscuyan en él. Para ello, está dispuesto a usar una fuerza masiva y asumir costes extraordinarios, como la contracción económica, el aislamiento internacional y un número ingente de bajas. No es casualidad que Putin atacara Ucrania después de que el país manifestara su intención de estrechar lazos con Occidente. Más allá del territorio, el Kremlin busca controlar la alineación de los países que aún considera parte de su esfera de influencia.

Impedir la consolidación de un orden global hostil a Rusia ocupa el tercer lugar en la agenda. Rusia carece del peso económico, las alianzas y el atractivo ideológico necesarios para construir un sistema alternativo. Tampoco puede imponer un nuevo orden por la fuerza. Lo que sí puede hacer, como potencia nuclear con enormes recursos energéticos y una alta tolerancia al riesgo, es actuar como factor desestabilizador, desplegando tácticas híbridas más económicas y escalables que la guerra convencional.

En Europa, esto no significa conquista, sino ataques dirigidos contra la cohesión interna de los países. La presión energética, las operaciones cibernéticas y el apoyo a políticos polarizadores y afines a Rusia cumplen en la UE el mismo propósito que las bombas en Ucrania: complican la alineación, fomentan la fragmentación e impiden respuestas coordinadas.

Con Estados Unidos, Rusia hace hincapié en una política de confrontación calculada. Las señales nucleares y la diplomacia de control de armamentos son herramientas para forzar el reconocimiento de Rusia como actor indispensable y gran potencia, no por prestigio, sino para evitar la marginación. El objetivo es lograr relevancia mediante negociación, no la integración en un orden liderado por Occidente.

En Oriente Medio y algunas zonas de África, las actividades de Rusia se rigen en gran medida por el oportunismo. La intervención en Siria impulsó la presencia regional de Rusia a un coste mínimo. Una alianza transaccional con Irán refuerza la capacidad de este país para desafiar la hegemonía occidental —beneficiando indirectamente a Rusia— sin excluir la competencia por la influencia regional. Para Putin, el objetivo no es moldear el orden regional, sino expandir la presencia rusa a bajo coste, manteniendo la flexibilidad.

Desde esta perspectiva, el comportamiento de Rusia refleja tanto moderación como ambición. Putin intensifica la confrontación cuando los intereses fundamentales de Rusia están en juego y actúa de forma pragmática cuando no lo están. El daño a la reputación en aras de la continuidad del régimen y la profundidad estratégica es un precio que vale la pena pagar. Además, invertir en la fragmentación crea nuevas oportunidades para utilizar la influencia de Rusia.

La incapacidad de Occidente para interpretar correctamente las intenciones del Kremlin conduce a errores políticos, como la falta de preparación ante una escalada, un enfoque excesivo en la disuasión de la expansión territorial y una fe infundada en las sanciones. Cuando el régimen basa su legitimidad, en parte, en la afirmación de que fuerzas externas buscan destruir la civilización rusa, la coerción económica ejercida por dichas fuerzas refuerza su credibilidad. En este sentido, las sanciones podrían, de hecho, respaldar el objetivo primordial de Putin: la preservación del régimen. Asimismo, persiste la posibilidad de un reajuste diplomático, ya que las tensiones a veces se malinterpretan como problemas de tono en lugar de choques de objetivos estratégicos.

Las implicaciones van más allá de Europa y Norteamérica. Para las potencias medianas y las economías emergentes, fortalecer su resiliencia, incluso mediante la cooperación, es fundamental. La búsqueda de influencia de Rusia crea oportunidades para la colaboración transaccional. Cuando sus intereses son instrumentales más que existenciales, los países pueden limitar su poder de negociación y, ocasionalmente, obtener beneficios.

Pero el acercamiento con Rusia también conlleva riesgos. Los sistemas fragmentados son más fáciles de penetrar. Las sociedades polarizadas son más fáciles de presionar. Las instituciones frágiles son más fáciles de obstaculizar. Rusia es muy consciente de esto y ha demostrado ser experta en interrumpir la coordinación, fomentar la división y explotar las debilidades institucionales para servir a sus intereses.

Rusia no puede construir un orden mundial alternativo coherente, pero sí puede erosionar la cohesión dentro del orden existente. Por lo tanto, los líderes mundiales deberían prepararse para una disrupción sostenida reforzando la resiliencia, fortaleciendo la cooperación y defendiendo las alianzas soberanas en disputa.

Los autores, Inna Bondarenko es investigadora y activista de derechos humanos en Memorial; Daniel Sleat es asesor principal de políticas en el Instituto Tony Blair para el Cambio Global.

Copyright: Project Syndicate, 2026.
www.project-syndicate.org

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