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El bloqueo estadounidense al tráfico marítimo que entra y sale de los puertos iraníes en el estrecho de Ormuz —una vía marítima crucial por la que Irán ya impedía el paso de la mayoría de los barcos— está intensificando la crisis energética mundial. Si se interceptan las exportaciones marítimas de Irán, además de las exportaciones energéticas de los países del Golfo, casi el 25 por ciento del petróleo crudo comercializado en el mundo desaparecerá de los mercados globales. Los países importadores netos de petróleo serán los más afectados. De hecho, países de Asia y África ya se enfrentan a la escasez de energía, situación que no hará sino empeorar.
En una crisis de esta magnitud, permitir que los precios del mercado determinen el racionamiento del petróleo equivale a someterse a la ley de la selva. Los países de altos ingresos superan las ofertas de los países de bajos ingresos, lo que permite a los ricos mantener su consumo energético, mientras que los pobres quedan excluidos por los altos precios. Esta fue una lección clave de la pandemia de covid-19 (con suministros médicos esenciales) y de la crisis energética de 2022: en tiempos de crisis, la asignación de mercado conduce a resultados sumamente injustos. La extrema volatilidad de los precios que hemos presenciado en las últimas semanas no son árbitros racionales del suministro, sino una expresión de instintos irracionales que reaccionan a las últimas publicaciones en redes sociales del presidente estadounidense Donald Trump y a las especulaciones sobre el futuro de la guerra.
Existe una mejor alternativa. En lugar de permitir que el pánico del mercado dicte la distribución y los precios, los responsables políticos deberían impulsar la coordinación multilateral para defender un precio máximo en los mercados petroleros mundiales y asignar los escasos recursos de manera que se satisfagan las necesidades básicas de la población y se minimicen las consecuencias económicas. En resumen, el mundo necesita un club de compradores de petróleo.
La Unión Europea debería tomar la iniciativa. Con el 23 por ciento de las importaciones mundiales de petróleo crudo los 28 países de la UE poseen un considerable poder adquisitivo. Lo demostraron durante la última crisis, cuando impusieron un límite máximo de emergencia al precio del gas en Europa. Sin embargo, en esta ocasión el déficit es mayor y el petróleo es más fungible a nivel mundial, por lo que sería importante que otros importadores netos se sumaran. Una mayor participación fortalecería el mecanismo.
La UE debería centrarse, ante todo, en incorporar a otros países de altos ingresos que son importantes refinadores de petróleo importado, en particular Japón, Corea del Sur y Singapur. Dado que los países de ingresos bajos y medios tienen pocos recursos para competir con sus homólogos de altos ingresos en los mercados petroleros mundiales, tienen todos los incentivos para participar.
Si China, el mayor importador de petróleo del mundo (con un 23 por ciento del total), decidiera unirse, el grupo de importadores monopolizaría el mercado. En 2023 (el último año para el que la Agencia Internacional de Energía proporciona datos globales completos), los importadores netos adquirieron algo más del 80 por ciento del petróleo crudo comercializado a nivel mundial. Esto significa que, en conjunto, los importadores netos podrían actuar como un monopsonio, similar a un monopolio, pero en el lado de la demanda. Todos los importadores netos de petróleo crudo se beneficiarían inmediatamente de precios más bajos.
La coordinación entre la UE y China también enviaría un poderoso mensaje geopolítico, demostrando la capacidad de la UE para llevar a cabo una política exterior independiente. Si China no se uniera, la UE tendría una oportunidad única para liderar la formación de una alianza global significativa que incluya a los países del Sur Global, un logro nada desdeñable para un bloque que ha luchado por encontrar su lugar en un mundo de creciente competencia entre superpotencias.
El grupo de compradores debería fijar un límite máximo para los precios del petróleo para entrega física a un nivel que siga siendo muy atractivo para los exportadores , por ejemplo, 100 dólares por barril. (A modo de comparación, Sri Lanka pagó recientemente 286 dólares por barril de petróleo entregado, y los compradores europeos pagan ahora 150 dólares por barril de crudo del Mar del Norte). En cuanto a la asignación, dado que los países de bajos ingresos representan solo el 0.1 por ciento de las importaciones mundiales, se les debería permitir mantener sus niveles de importación anteriores a la guerra. Todos los demás países reducirían sus importaciones en la misma proporción: si falta aproximadamente el 25 por ciento de las exportaciones mundiales, se debería acordar una reducción del 25 por ciento en las importaciones anteriores a la guerra.
Las refinerías del club tendrían prohibido obtener ganancias extraordinarias y, en cambio, estarían obligadas a vender sus productos con los márgenes vigentes en tiempos de paz a compradores nacionales y a otros miembros del club, preservando así el precio máximo para productos refinados como el diésel y el gas licuado de petróleo. Es importante que los miembros del club se comprometan a mantener los niveles de exportación de productos refinados previos a la guerra. La alternativa —adquirir petróleo a bajo costo gracias a la participación de todos, pero quedarse con una mayor parte— provocaría la disolución del club. El club de compradores podría extenderse a los productos petrolíferos refinados importados de fuera de sus miembros.
Los países con exportaciones netas positivas de petróleo crudo también podrían verse incentivados a unirse al club, fortaleciéndolo aún más. Para empezar, los exportadores de crudo que importan volúmenes sustanciales de productos petrolíferos refinados, como Angola y Ecuador, podrían querer asegurarse el precio más bajo que se ofrece a los miembros del club. En términos más generales, los exportadores podrían querer vincular los precios internos del petróleo al precio del club, evitando así que el aumento de los precios internos del combustible perjudique a los consumidores locales. Si el club de compradores también introduce un precio mínimo —por ejemplo, 65 dólares por barril—, los exportadores de petróleo que se unan disfrutarían de mayor estabilidad en el futuro. Los precios mínimos podrían incluirse en los contratos de suministro a largo plazo.
El club de compradores protegería los medios de subsistencia, limitaría la inflación y ayudaría a contener las presiones recesivas. También generaría ahorros fiscales que podrían invertirse en la rápida expansión de alternativas de bajo costo y bajas emisiones de carbono. Se debería acelerar el despliegue de energías renovables y la electrificación. El transporte público debería ser gratuito. Los programas nacionales de ahorro energético que garantizan la distribución equitativa de los recursos escasos deberían legitimarse democráticamente y diseñarse de manera que garanticen las necesidades básicas y la viabilidad de los sistemas industriales.
El club de compradores no crea la escasez; esta ya existe. El club es un mecanismo para distribuir los costos de manera más equitativa, fomentar la solidaridad entre los importadores y evitar costosas guerras de ofertas mientras dure la emergencia.
En medio de una crisis del multilateralismo, un club de compradores de petróleo podría parecer utópico. Pero la idea no es nueva. Un sistema similar para la asignación de materias primas se implementó entre los países aliados durante la Primera Guerra Mundial. Un club multilateral de compradores de petróleo es precisamente el tipo de iniciativa audaz que los países necesitan para superar la crisis actual, y que el mundo necesita para fortalecer su preparación ante futuras crisis.
Para la UE, liderar una iniciativa basada en la equidad distributiva supondría mucho más que una buena política económica. En un contexto de desmoronamiento del orden mundial, fortalecería la posición del bloque como potencia global defensora de la paz y la cooperación.
Los autores, Isabella M. Weber es profesora asociada de Economía en la Universidad de Massachusetts Amherst, investigadora en Política Climática en el Instituto Roosevelt y autora de *How China Escaped Shock Therapy: The Market Reform Debate* (Routledge, 2021); Gregor Semieniuk es profesor asociado de Políticas Públicas y Economía en la Universidad de Massachusetts Amherst.
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