Las inversiones en combustibles fósiles son un riesgo fiduciario

Escuchá esta nota
0:00 / 0:00
1.0x

Lista de reproducción

  • No hay más artículos para escuchar

Las repercusiones globales de la guerra de Irán demuestran una vez más que, para los inversores, los combustibles fósiles no son solo una materia prima más, sino un riesgo geopolítico. Los precios del petróleo y el gas siempre han sido estructuralmente inestables, de modo que las interrupciones en el suministro en cualquier lugar pueden desencadenar crisis económicas repentinas en todo el mundo. Y dado que el petróleo se encuentra en el centro del sistema energético global, la volatilidad se propaga rápidamente por el sistema financiero.

Las consecuencias son especialmente graves para las economías africanas, cuyas monedas se ven presionadas cada vez que suben los precios del petróleo. Cada dólar adicional por barril incrementa los costos de importación y agrava las restricciones cambiarias. El rand sudafricano, el chelín de África Oriental y muchas otras monedas son las que más sufren las consecuencias.

Esta misma dinámica pone de manifiesto un problema más profundo para los bancos y los inversores institucionales. Si bien la financiación de los combustibles fósiles suele presentarse como una forma de apoyar la seguridad energética o el desarrollo económico, a menudo produce el efecto contrario, afianzando la dependencia de una materia prima global volátil cuyo precio responde a conflictos que ocurren a miles de kilómetros de distancia.

Las implicaciones para los fiduciarios son de gran alcance. Los fideicomisarios, directores y gestores de activos deben actuar en el mejor interés de sus beneficiarios. Están obligados a gestionar el riesgo con prudencia y proteger el valor a largo plazo, lo que en la práctica significa construir carteras que puedan resistir las crisis geopolíticas y los cambios económicos estructurales.

La exposición a los combustibles fósiles entra cada vez más en conflicto con esta obligación. Al fin y al cabo, la volatilidad observada durante esta última crisis no es una anomalía, sino una característica estructural del sistema de combustibles fósiles. Los precios del petróleo reaccionan de inmediato a las tensiones geopolíticas, las sanciones, las interrupciones en el transporte marítimo y la inestabilidad política. Por lo tanto, los inversores que confían en la estabilidad de los mercados energéticos apuestan por una calma geopolítica continua. Esta no es una estrategia de inversión responsable ni sostenible.

El conflicto con Irán pone de relieve otro riesgo creciente: los activos varados. Los inversores suelen considerar este problema como algo que podría surgir dentro de décadas, a medida que avanza la transición energética. Sin embargo, los acontecimientos recientes sugieren que el riesgo podría materializarse mucho antes. Cuando los precios del petróleo se dispararon a principios de marzo, muchas economías africanas simplemente no pudieron afrontar las importaciones. Los costes energéticos aumentaron drásticamente, las empresas de servicios públicos tuvieron dificultades para pagar a sus proveedores y los gobiernos se enfrentaron a una creciente presión fiscal. En estas condiciones, la infraestructura de combustibles fósiles podría quedar económicamente inviable mucho antes del final de su vida útil prevista. Si los clientes no pueden pagar el combustible, el activo deja de generar rentabilidades fiables hoy mismo, no dentro de 20 años.

Un desafío relacionado es el endeudamiento financiero. Muchos de los principales bancos africanos, incluidos Standard Bank Group, Nedbank Group y FirstRand Limited, ya han impuesto límites a la exposición al carbón y al petróleo para 2026. A medida que se endurecen las regulaciones climáticas y las políticas de crédito, los inversores que participan en nuevos proyectos de combustibles fósiles podrían tener dificultades para salir de ellos, ya que quedarán atrapados en activos ilíquidos que nadie desea. De hecho, según Africa Energy Risk Signals, las inversiones en combustibles fósiles en África ya se han reducido a menos de la mitad en la última década.

Estas presiones acompañan un cambio jurídico más amplio. En todo el mundo, las instituciones financieras se enfrentan a un escrutinio cada vez mayor en relación con el riesgo climático y el deber fiduciario. Las resoluciones de los accionistas cuestionan cada vez más la financiación de los combustibles fósiles, y los litigios climáticos siguen expandiéndose. Los reguladores ahora exigen información detallada sobre los riesgos financieros relacionados con el clima.

En este contexto, seguir haciendo las cosas como siempre empieza a parecerse menos a una estrategia y más a una negligencia. El deber fiduciario actual exige que las instituciones financieras consideren no solo la rentabilidad actual, sino también los riesgos estructurales inherentes a la transición energética global. ¿Cumplen con su deber de diligencia los directores, fideicomisarios y gerentes que ignoran estos riesgos?

Por supuesto, la transparencia es fundamental para la responsabilidad fiduciaria. Los inversores no pueden gestionar riesgos no reconocidos. Sin embargo, la divulgación de información sigue siendo desigual. Si las instituciones financieras no pueden contabilizar completamente su exposición a los combustibles fósiles, no pueden evaluar adecuadamente los riesgos que esos activos representan para sus balances.

La mera divulgación no basta. El deber fiduciario exige que los inversores actúen en función de la información que poseen. Si los datos demuestran que la volatilidad de los combustibles fósiles está desestabilizando las divisas y las carteras a largo plazo, mantener una elevada exposición a los combustibles fósiles resulta incompatible con una gestión prudente, y la prudencia exige una reasignación estratégica del capital hacia alternativas más resilientes y sostenibles.

Los activos de energía renovable poseen precisamente las características que buscan los inversores a largo plazo. Los proyectos solares y eólicos operan con estructuras de costos predecibles. Una vez construidos, no dependen de la volatilidad de los precios mundiales de las materias primas. Los contratos de compra de energía a largo plazo pueden proporcionar flujos de efectivo estables y confiables. Y para las economías africanas, los beneficios se extienden aún más, ya que la expansión de las energías renovables reduce la dependencia de los combustibles fósiles importados, cuyo precio se fija en dólares estadounidenses. La generación local de electricidad fortalece la seguridad energética y protege las monedas de las fluctuaciones de los precios mundiales del petróleo.

En este sentido, invertir en energías renovables es tanto una estrategia de infraestructura como una cobertura financiera. Lejos de ser una alternativa, proporciona cada vez más la estabilidad que necesitan las carteras institucionales. Son los combustibles fósiles los que conllevan el riesgo y la incertidumbre de las inversiones alternativas.

Las instituciones financieras africanas se encuentran ante una encrucijada estratégica: pueden seguir defendiendo su exposición a los combustibles fósiles, arriesgándose a incumplir su deber fiduciario, o pueden acelerar la reasignación de capital hacia sistemas energéticos que fortalezcan la resiliencia económica y proporcionen rendimientos a largo plazo más predecibles.

La elección es obvia. Los bancos e inversores institucionales de toda África deben acelerar la financiación de proyectos de energías renovables, infraestructura de transmisión y redes eléctricas, y mercados de energía distribuida que amplíen el acceso a la electricidad y reduzcan la dependencia de los combustibles importados. Estas inversiones estarían en consonancia con los intereses de sus beneficiarios, alinearían las carteras con las necesidades de infraestructura a largo plazo del continente y reducirían la exposición a las crisis energéticas derivadas de factores geopolíticos.

El conflicto actual no es más que el último recordatorio de que la inestabilidad del sistema de combustibles fósiles no es un inconveniente cíclico, sino una característica estructural. El deber fiduciario siempre ha exigido a los inversores distinguir entre los riesgos gestionables y los injustificables. Esta distinción es ahora ineludible para las inversiones en combustibles fósiles. La cuestión no es si el capital africano debería reposicionarse, sino si las instituciones actuarán antes de que los acontecimientos las obliguen a hacerlo.

La autora es directora ejecutiva de Just Share.

Copyright: Project Syndicate, 2026.
www.project-syndicate.org

×

El contenido de LA PRENSA es el resultado de mucho esfuerzo. Te invitamos a compartirlo y así contribuís a mantener vivo el periodismo independiente en Nicaragua.

Comparte nuestro enlace:

Si aún no sos suscriptor, te invitamos a suscribirte aquí