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Ochenta años después de su fundación, las Naciones Unidas se encuentran en un periodo de agitación geopolítica constante. Las rivalidades entre las grandes potencias han reducido el margen de acción colectiva. Los conflictos armados se multiplican y se intensifican. Las crisis climáticas exacerban la volatilidad económica, lo que a su vez obstaculiza los esfuerzos de mitigación y adaptación al cambio climático. Al mismo tiempo, la relevancia de la ONU se pone a prueba a medida que los gobiernos y las sociedades pierden progresivamente la confianza en la capacidad de las instituciones multilaterales para afrontar la situación.
En este contexto, la elección de una mujer como próxima secretaria general de la ONU se ha convertido en un imperativo estratégico. Ninguna mujer ha dirigido jamás la ONU, una tradición heredada que suscita cada vez más dudas sobre la adaptabilidad y la eficacia de la organización. Una secretaria general enviaría al mundo el mensaje de que la ONU se nutre del talento global más amplio y de probada trayectoria, y que es capaz de renovarse.
No se trata de representación simbólica. Se trata de legitimidad institucional en un mundo donde las normas de liderazgo han evolucionado drásticamente desde mediados del siglo XX. Una organización internacional que nunca ha confiado su cargo más alto a una mujer parece estar desconectada de la realidad, lo que socava la confianza en su capacidad para convocar, mediar y persuadir.
La autoridad del secretario general de la ONU se basa menos en el poder formal que en la credibilidad, la cual le permite ejercer el liderazgo decisivo y el juicio estratégico necesarios para operar con eficacia frente a limitaciones estructurales bien conocidas, como la escasez de mecanismos de aplicación y la creciente polarización geopolítica. El cargo exige la voluntad de asumir responsabilidades, tomar decisiones difíciles bajo presión y traducirlas en acciones coordinadas. En un sistema multilateral donde imponer cambios es imposible, el secretario general debe ser hábil para movilizar a personas e instituciones a fin de lograr resultados concretos.
Las mujeres líderes de todo el mundo, incluidas nosotras, hemos alcanzado los más altos niveles de poder demostrando esta combinación de autoridad y determinación. Hemos guiado con éxito a instituciones y gobiernos a través de crisis, fragmentación y tensiones sistémicas. Sin la protección que brinda el privilegio masculino, hemos mantenido el poder mediante la perseverancia, el liderazgo institucional y un alto rendimiento en situaciones de estrés; precisamente las cualidades necesarias para dirigir las Naciones Unidas.
Desde luego, elegir a una mujer no conferiría automáticamente legitimidad. Pero sí indicaría una ruptura con las prácticas arraigadas y la voluntad de priorizar el desempeño sobre los precedentes. Esto reforzaría la credibilidad y la imparcialidad percibida del secretario general, cualidades valiosas en los ámbitos donde ejerce mayor influencia: la mediación, la definición de la agenda y la promoción de normas.
La diplomacia multilateral suele ser menospreciada por considerarse meramente procedimental o superficial. Sin embargo, un líder con conocimiento institucional y capacidad para gestionar riesgos interconectados y superar las barreras burocráticas fortalece la posición de la ONU como actor capaz de impulsar sus mandatos fundamentales de paz y seguridad, desarrollo y acción humanitaria. Esto cobra especial relevancia ante la creciente incidencia de conflictos violentos, vulnerabilidades climáticas, crisis económicas y fallas en la gobernanza.
A medida que aumentan las exigencias sobre la ONU y los recursos siguen siendo limitados, la calidad del liderazgo se convierte en una variable decisiva para el desempeño organizacional. La experiencia en los esfuerzos de consolidación de la paz y desarrollo demuestra que los líderes que priorizan la rendición de cuentas, la planificación a largo plazo y la disciplina institucional están mejor capacitados para mantener los resultados en entornos complejos y con recursos limitados, precisamente las condiciones en las que opera actualmente la ONU.
Elegir a una mujer como secretaria general de la ONU no sería un gesto correctivo, sino más bien un reconocimiento estratégico de que la selección de líderes debe reflejar las realidades de la gobernanza contemporánea. No faltan mujeres con amplia experiencia en diplomacia, relaciones económicas, gestión de crisis y liderazgo multilateral. El talento global es abundante.
Ante esta situación, la pregunta que se plantean los Estados miembros es si están dispuestos a impulsar un cambio real en el liderazgo para restaurar la credibilidad de la ONU, reforzar su legitimidad y renovar la confianza en su capacidad para llevar a cabo reformas significativas. De ser así, deben sacudir a la institución de su inercia estructural eligiendo a una mujer para que asuma el liderazgo.
El próximo secretario general asumirá el cargo en medio de una profunda crisis sistémica. La elección de su sucesor podría determinar si la ONU simplemente frena su declive en esta nueva era o si reafirma su relevancia mediante un liderazgo creíble y decisivo centrado en la evolución institucional. El mundo no necesita una ONU completamente diferente; necesita una renovada, y eso comienza desde la cúpula.
Este comentario está firmado por María Fernanda Espinosa, presidenta del 73.º período de sesiones de la Asamblea General de las Naciones Unidas y exministra de Relaciones Exteriores de Ecuador (2017-2018); Kolinda Grabar-Kitarović, expresidenta de Croacia (2015-20); Maimunah Mohd Sharif, ex directora ejecutiva de ONU-Hábitat (2018-24) y exalcaldesa de Kuala Lumpur (2024-25); Joyce Banda, expresidenta de Malawi (201214); y Ameenah Gurib- Fakim, expresidenta de Mauricio (2015-18). Vaira Vīķe-Freiberga, expresidenta de Letonia (1999-2007), copresidenta del Centro Internacional Nizami Ganjavi en Bakú. Benita Ferrero-Waldner, exministra de Asuntos Exteriores de la República de Austria (2000-2004), excomisaria europea de Relaciones Exteriores y Política Europea de Vecindad (2004-2009) y excomisaria europea de Comercio y Política Europea de Vecindad (2009-2010). Eka Tkeshelashvili, ex viceprimer ministro de Georgia (2010-2012).
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