“…La Ley respetando, la virtud y honor”

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El título de esta nota lo tomé de la primera estrofa del himno nacional de Venezuela: “Gloria al bravo pueblo! que el yugo lanzó, la Ley respetando, la virtud y honor”. Antes de referirme a ésta y para situar al lector, voy a compartir algunas ideas sobre el significado de los himnos. La interpretación del himno nacional es un momento emotivo y unificador que une a una nación en torno a su herencia y sus aspiraciones. Los himnos nacionales no solo representan a un Estado, sino que, en ellos, la nación aparece como una forma de emoción compartida, una memoria cantada que revela, más allá de su música y de sus palabras, el vínculo entre pueblo, historia y destino.

En este punto, la idea de nación como una “comunidad imaginada” elaborada por Benedict Anderson resulta interesante (Benedict Anderson, Imagined Communities: Reflections on the Origin and Spread of Nationalism. Edit.Verso, UK, 1983). El himno no solo representa a la comunidad imaginada, sino que la actualiza ritualmente. Hace posible que individuos dispersos, desconocidos entre sí, se experimenten como contemporáneos de una misma memoria, participantes de una misma temporalidad histórica y depositarios de una misma legitimidad simbólica. Allí donde Anderson subrayó la dimensión imaginaria de la nación, cabe añadir que el himno constituye uno de los lugares en los que esa imaginación se transforma en afecto sincronizado.

En el himno nacional de Venezuela, “Gloria al bravo pueblo” se articula un imaginario de emancipación popular, la patria se constituye en el gesto mismo de romper las cadenas y afirmar la libertad frente a la opresión, a partir de la ruptura con la servidumbre y de afirmación del pueblo como sujeto histórico. La emoción dominante es, por tanto, la de una libertad conquistada mediante la insurrección; es una irrupción, una dignidad frente a la dominación. El himno venezolano organiza así un patriotismo de una matriz fundacional liberadora.

El himno de Francia, La Marsellesa, es una forma de movilización beligerante del pueblo: «Marchemos, hijos de la Patria, ¡ha llegado el día de gloria!» La nación no se presenta solo como sujeto emancipado, sino como cuerpo político llamado a la lucha. El afecto que domina no es ya únicamente la esperanza de la liberación, sino la acentuación marcial del compromiso cívico donde la comunidad se imagina a sí misma convocada a la guerra en nombre de la libertad. Aquí el patriotismo adopta la forma de una subjetivación política sacrificial, en la que la pertenencia nacional se legitima por la actitud combativa del colectivo.

A partir de esta simple comparación es posible distinguir diferencias afectivas sobre la idea de nación. Venezuela inscribe la pertenencia en el horizonte de la emancipación; Francia, en el de la movilización combativa. En suma, la potencia de los himnos nacionales no reside únicamente en el contenido semántico de sus palabras ni en la forma musical que adoptan, sino en su capacidad de producir comunidad a través de la sincronización emocional de los sujetos.

Allí donde la nación, como mostró Anderson, “es una comunidad imaginada”, el himno aparece como una de las formas privilegiadas en las que esa imaginación se estabiliza en rito, se densifica en memoria y se interioriza como afecto colectivo durable. La nación no solo necesita ser narrada e imaginada; necesita también ser cantada. Lo decisivo es que, en estos dos casos, el himno no se reduce a expresar una identidad ya constituida. Más bien actúa como un operador de incorporación simbólica. Es una voz colectiva para una totalidad que no puede verse entera.

Los himnos nacionales no son solo emblemas sonoros del Estado, son también formas de instituir afectivamente la nación. En ellos, una comunidad política no solo se representa, sino que se siente a sí misma bajo una determinada figura emocional de la historia. Desde esta perspectiva, el himno puede entenderse como uno de los dispositivos mediante los cuales la nación, en el sentido de Benedict Anderson, se vuelve comunidad imaginada y afectivamente compartida. Cada himno organiza, en efecto, una modalidad singular de patriotismo y una guía de acción.

En el himno de Venezuela, el pueblo insurrecto se libera “respetando la ley, la virtud y el honor”. No son palabras fruto de la inspiración poética. La definición de virtud fue el gran paradigma de la educación griega al establecer un ideal para la moral del hombre: la aspiración al Bien y la Belleza. Pero esta aspiración no nacía del azar, sino que eran producto de una disciplina consciente, condensada en el concepto de Areté o Virtud. Según Werner Jaeger (Paideia, 1962), la fuerza de la nobleza se halla en el hecho de despertar el sentimiento del deber frente al ideal. La actitud del guerrero griego no significa solamente el vencer a un adversario, sino el mantenimiento de la virtud conquistada tras el rudo dominio de las pasiones, sometidas a una constante exigencia de conducta. Por lo tanto, virtud y honor estaban unidos indisolublemente. El honor no como vanidad, sino como medida de valor por el mérito alcanzado.

Virtud, Ética, Honor y Libertad son conceptos inseparables. La palabra Virtud deriva etimológicamente de la raíz “vir”, la fuerza viril del guerrero, el rigor y temple que se imponen en el combate físico y ético. El honor es el valor moral y social que se atribuye a una persona cuando su conducta se considera digna, recta y merecedora de respeto. Honor es la fidelidad a ciertos principios, como la palabra empeñada, la dignidad, la lealtad y la virtud. En muchas culturas, el honor valía incluso más que la vida. En este sentido, el honor depende de la conciencia de cada uno.

En la penúltima estrofa de La Marsellesa encontramos este pasaje en sincronía con lo anterior: «Entraremos a luchar / cuando nuestros mayores ya no estén / allí encontraremos sus restos / y la huella de sus virtudes». El sentido de la estrofa es que los jóvenes tomarán el relevo al encontrar la huella de sus virtudes, el ejemplo moral que legaron, su valentía, su honor, su patriotismo.

En la tercera estrofa del Gloria al bravo pueblo, cantamos: «¡Gritemos con brío! ¡Muera la opresión! Compatriotas fieles, la fuerza es la unión». La música y la letra de los himnos emocionan, pero como afirma James Baldwin (Nothing Personal, 1974), “La realidad detrás de estas palabras depende, en última instancia, de lo que todos y cada uno de nosotros creamos lo que realmente representan, depende de las decisiones que uno esté dispuesto a tomar, todos los días”.

El autor es periodista. Premio de periodismo de la Unión Europea (Lorenzo Natali Prix 2008).
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