La resurrección de Cristo: ¿mito o verdad?

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¿Cómo saber si la resurrección de Cristo sucedió? Muchos la niegan partiendo de la base de que es imposible que un muerto resucite. Para ellos esta es una verdad tan axiomática (evidente en sí misma) que no necesitan indagar más. Esto les evita confrontar una serie de hechos que, si los analizaran con objetividad y honestidad, los obligaría a reexaminar su pensamiento.

Un primero de estos hechos es que, independientemente de si hubo o no resurrección, un grupo de testigos, poco después de la muerte de Cristo, afirmó haberlo visto resucitado. Lo dicen los cuatro evangelios y Pablo de Tarso, en Corintios 15, da una lista: primero a los once apóstoles, después a más de quinientos y luego a Santiago y al mismo Pablo.

Importante, desde el punto de vista de la ciencia histórica, es que estas afirmaciones no aparecen muchos años después del suceso, sino poco después. La aparición de Cristo a Pablo, camino de Damasco, ocurrió tres años después de la crucifixión, igual que sus primeras pláticas con Pedro y otros testigos oculares. La carta citada de Pablo fue escrita en el año 55 d.C, 22 años después de la crucifixión. El evangelio de Juan, el más viejo de los cuatro, 65. En comparación la historia de Alejandro Magno se escribió 300 años después y es considerada auténtica.

Pero claro, el resolver la historicidad de estos testimonios no contesta la pregunta clave: ¿Son dignos de credibilidad estos testimonios sobre la resurrección de Cristo? Porque sólo caben tres posibilidades: una; que fuesen una mentira urdida para propagar y darle mayor sustento al mensaje de Cristo; algunos apóstoles robaron el cuerpo de Jesús e hicieron creer a los demás que había resucitado. Dos, que fuesen una creencia de buena fe, producto de una especie de alucinación o psicosis colectiva, tres, que fuese verdad.

Dificulta la hipótesis de la mentira el hecho de que los testigos proclamaron abiertamente haber visto a Cristo resucitado a pesar de los riesgos y persecuciones. Muchos de ellos, particularmente los apóstoles, dieron su vida por hacerlo. La hipótesis del engaño se vuelve también más difícil cuando se analiza el número y nivel de detalle de las apariciones consignadas en los evangelios. Los relatos exudan naturalidad y credibilidad por las reacciones tan humanas de los protagonistas.

En los evangelios vemos como los apóstoles no creyeron inicialmente a las mujeres que llegaron gritando haber visto a Jesús. Dos de ellos, que iban a Emaús, marchaban decepcionados e incrédulos ante los rumores. Lucas (24:36-43) narra como cuando Jesús se apareció a los discípulos y vio su asombro pensando que era un fantasma les dijo: “Tóquenme y fíjense bien que un espíritu no tiene carne ni huesos…y como no acababan de creerle… tomó (un pescado asado) y comió con ellos”. Juan (24:24-29) por su parte narra la incredulidad tan entendible de Tomás: “…hasta que no meta mis dedos en el agujero de los clavos y no meta mi mano en la herida de su costado no creeré…” y como, cuando Jesús le dice: “Pon aquí tu dedo… extiende tu mano y métela en mi costado…” este se derrumba exclamando “Señor mío y Dios mío”.

¿Pudieron estos relatos ser fabricados? La verdad es que sólo mentes empeñadas en urdir mentiras sofisticadas podrían haberlos escrito a sabiendas de su falsedad. Todo esto nos lleva a la conclusión inescapable de que los apóstoles, Pablo y otros, estaban plenamente convencidos de la resurrección de Jesús. “Y si Cristo no resucitó, vana es entonces nuestra predicación, vana es también vuestra fe” (Pablo, Cor. 15:14). Difícilmente se enfrenta persecución y muerte por algo que uno sabe que es mentira.

Queda entonces en pie la segunda posibilidad: que los apóstoles fueron víctimas de alguna alucinación o psicosis colectiva. Hipótesis más que improbable si se tiene en cuenta el número de los testigos, la separación entre una y otra aparición, y las circunstancias en que ocurrieron; múltiples y narradas con mucho detalle. Una persona puede alucinar. Varias pueden hacerlo un día. Pero no tantas personas por tantos días —cuarenta— y en circunstancias tan distintas.

Si los apóstoles no eran mentirosos ni locos, hay que preguntarse: ¿es verdad o mito lo que proclamaron haber visto a costa de su sangre?

El autor es sociólogo. Fue ministro de Educación de Nicaragua.

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