Los únicos agentes terrestres en Irán deberían ser los inspectores del OIEA

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La guerra entre Estados Unidos e Israel contra Irán ya ha desestabilizado la economía mundial y la geopolítica de Oriente Medio. Aún más alarmante es que informes recientes sugieren que el presidente estadounidense Donald Trump está considerando el despliegue de tropas terrestres, una posibilidad que evoca de inmediato recuerdos de intervenciones fallidas del pasado —desde Vietnam hasta Irak— con su alto costo en vidas estadounidenses y, sobre todo, locales.

Dado el desastroso historial de las intervenciones extranjeras de Estados Unidos, la única presencia sobre el terreno debería corresponder a los inspectores del Organismo Internacional de Energía Atómica (OIEA), quienes necesitan urgentemente rendir cuentas sobre las reservas de uranio altamente enriquecido (UHE) de Irán antes de que el mundo acabe tropezando con una catástrofe nuclear.

El actual ciclo de escalada ya es suficientemente peligroso. No hay razón para pensar que una intervención terrestre de las fuerzas estadounidenses —ya sea para “asegurar” el estrecho de Ormuz o para confiscar las reservas de uranio altamente enriquecido de Irán— ayudaría en algo. El uso de fuerzas estadounidenses para proteger el tráfico marítimo probablemente requeriría una ocupación a gran escala e indefinida; e incluso una operación más limitada para confiscar el uranio altamente enriquecido de Irán requeriría el despliegue de cientos de soldados —por no mencionar maquinaria pesada de excavación— sobre el terreno y bajo fuego durante un período prolongado. Todas las operaciones especiales son extremadamente arriesgadas, y esta también lo sería.

Nadie subestima la gravedad del riesgo que representa el material nuclear iraní. Sin embargo, una de las ironías de esta guerra es que podría terminar incrementando el riesgo de proliferación nuclear que supuestamente se pretendía eliminar. Irán posee 440 kilogramos de uranio enriquecido al 60 por ciento, suficiente para fabricar alrededor de diez armas nucleares. Sus reservas ya son aptas para la fabricación de armas y están a un paso de alcanzar el grado militar (90 por ciento).

El único organismo competente para contabilizar y supervisar el arsenal iraní es el OIEA, que tiene el mandato legal de hacerlo en virtud del Tratado sobre la No Proliferación de las Armas Nucleares. Es la única autoridad con la experiencia y la independencia necesarias para ejercer la supervisión sin agravar el conflicto. Ya ha desempeñado un importante papel de vigilancia en Irak y Corea del Norte, y en la central nuclear de Zaporiyia, en Ucrania, desde 2022.

Sin duda, la capacidad del OIEA para supervisar el material nuclear iraní se ha visto mermada en gran medida desde la Guerra de los Doce Días en junio pasado, y es improbable que los inspectores del OIEA puedan desempeñar un papel de supervisión significativo en una zona de guerra activa. Sin embargo, estas limitaciones solo subrayan la importancia de poner fin al conflicto cuanto antes. El objetivo debe ser la transición a la diplomacia, no una mayor escalada.

Si Trump hubiera aceptado un acuerdo nuclear el mes pasado en lugar de lanzar esta guerra ilegal, ya estaríamos en las primeras etapas de un proceso para reducir la concentración de uranio altamente enriquecido de Irán a niveles naturales. En cambio, nos enfrentamos a la pesadilla de seguridad que supone tener material nuclear suelto en una zona de guerra. Si el régimen iraní sobrevive al conflicto —como lo ha logrado hasta ahora, a pesar de la decapitación de su cúpula dirigente—, es muy probable que resurja aún más decidido a desarrollar armas nucleares.

Las consecuencias no serían menos peligrosas si el régimen colapsara. Es probable que las facciones internas intentaran apoderarse de este material para afianzar su control y obtener influencia internacional. Al mismo tiempo, los restos del programa nuclear iraní serían un valioso recurso para cualquier grupo terrorista o subnacional, una perspectiva que debería aterrorizarnos a todos.

En cualquier caso, el programa nuclear iraní no puede ser destruido mediante bombardeos, y ni siquiera está claro que un cambio de régimen elimine la amenaza que representa. El ascenso de Israel como potencia militar hegemónica regional y su disposición a intervenir en todo Oriente Medio con impunidad no hacen sino incentivar aún más a Irán (y a otros) a obtener armas nucleares, independientemente de la forma de gobierno que prevalezca.

Además, Irán ya ha mostrado cierta disposición a negociar con el OIEA, como cuando aceptó un acuerdo facilitado por Egipto para restablecer el acceso al organismo el pasado septiembre (aunque su implementación ha sido limitada hasta el momento). El ministro de Asuntos Exteriores iraní declaró recientemente que las reservas de uranio altamente enriquecido del régimen podrían recuperarse bajo la supervisión del organismo, lo que sugiere que un acuerdo con el OIEA podría ser negociable. Esta posibilidad debe explorarse exhaustivamente. Un acuerdo preliminar con el OIEA podría ser el primer paso para poner fin a este conflicto que desestabiliza el mundo.

No cabe duda de que volver a la vía diplomática será difícil de aceptar para Irán, dado que ha sido bombardeado dos veces por Estados Unidos e Israel durante las negociaciones. Si bien los iraníes tienen pocos motivos para confiar en la administración Trump, la diplomacia sigue siendo, en última instancia, la única vía sostenible para salir del conflicto y evitar una nueva ola de proliferación nuclear en Oriente Medio. La desconfianza mutua no es un obstáculo insalvable en las negociaciones sobre control de armamentos; es la norma.

Tras el reciente despliegue de 2,000 soldados de la 82.ª División Aerotransportada del Ejército estadounidense en la región, este es el momento para que todas las partes encuentren una salida a esta peligrosa guerra. La presencia de tropas estadounidenses sobre el terreno agravaría aún más una situación ya de por sí peligrosa.

La autora es ex primera ministra de Nueva Zelanda y exadministradora del Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo, preside el Consejo de la Iniciativa para la Transparencia en las Industrias Extractivas y es miembro de The Elders .

Copyright: Project Syndicate, 2026.
www.project-syndicate.org

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