¿Cuál es el objetivo de Estados Unidos en Cuba?

Escuchá esta nota
0:00 / 0:00
1.0x

Lista de reproducción

  • No hay más artículos para escuchar

Mientras el mundo observa con inquietud la escalada de la guerra entre Estados Unidos, Israel e Irán, muchos en Estados Unidos y en toda Latinoamérica están más preocupados por un asunto más cercano: el posible fin del comunismo en Cuba. Si bien los analistas han pronosticado la caída del régimen en numerosas ocasiones desde la revolución de 1959 liderada por Fidel Castro, es posible que finalmente tengan razón. El problema radica en definir cómo se concretará ese fin.

Actualmente, existen dos ideas entre la diáspora cubana y destacados expertos sobre lo que debería implicar la caída del régimen. Si bien no son mutuamente excluyentes, implican enfoques sustancialmente diferentes para negociar con los líderes cubanos.

El primer enfoque puede denominarse Obama 2.0, dadas sus similitudes con la política de acercamiento a Cuba del expresidente estadounidense Barack Obama entre 2015 y 2016. En una notable ruptura con el pasado, Obama restableció las relaciones diplomáticas con la isla, obtuvo la liberación de prisioneros estadounidenses y convenció a Raúl Castro (quien había sucedido a su hermano Fidel en la presidencia en 2008) para que permitiera una mayor participación del sector privado en la economía. A cambio, Obama eliminó muchas de las restricciones al comercio y la inversión estadounidenses en Cuba. Sin embargo, el Congreso, de mayoría republicana, se negó a levantar el embargo comercial estadounidense contra la isla, vigente desde hace décadas.

Según varios de sus asesores, Obama pensaba que un deshielo en las relaciones conduciría finalmente a un cambio político: elecciones, el fin del régimen de partido único y una mayor libertad de expresión. Pero esa teoría nunca se puso a prueba. Tras la llegada de Donald Trump a la presidencia en 2017, el compromiso de Estados Unidos con la Unión Europea terminó.

En su segundo mandato, Trump ha optado por la diplomacia transaccional y ha retomado el intervencionismo enérgico, como lo demuestra la captura del presidente venezolano Nicolás Maduro y la decisión de permitir que los remanentes de su régimen conserven el poder siempre y cuando cumplan con las exigencias estadounidenses. En efecto, Trump priorizó el petróleo sobre la democracia.

La postura de Trump hacia Cuba parece igualmente dura y cínica. A mediados de marzo, Trump declaró: “Creo que tendré el honor de tomar Cuba… Creo que puedo hacer lo que quiera con ella”. Muchos esperan que su administración se centre en deshacerse de uno de los líderes del régimen —muy probablemente el presidente Miguel Díaz-Canel— e implementar reformas económicas, dejando el cambio político para más adelante. Como afirmó en febrero el secretario de Estado estadounidense, Marco Rubio, de origen cubano: “Cuba necesita cambiar”, pero “no tiene que cambiar de golpe”.

Algunos miembros de la diáspora, como el Grupo de Estudio sobre Cuba, coinciden en que las negociaciones deberían centrarse inicialmente en la apertura del mercado. Sin embargo, muchos más creen que cualquier cambio económico debe ir acompañado de una profunda transformación política. En su opinión, el actual gobierno cubano es incapaz de llevar a cabo una reforma económica real. Y lo que es más importante, el pueblo cubano —tanto en la isla como en el exilio— anhela por encima de todo la democracia y las libertades individuales. Mantener el régimen actual sería una traición a los cubanos de todo el mundo, incluidos los casi tres millones que viven en Florida, España y México.

Los principales defensores de este enfoque residen en el sur de Florida; los tres congresistas cubanoamericanos de esta zona apoyan una reforma política y económica simultánea. Muchos cubanos en la isla también desean elegir a sus líderes y disfrutar de las libertades individuales de las que han carecido durante décadas, además de poner fin a los apagones y la escasez de productos básicos.

Por supuesto, el gobierno cubano se opone a la liberalización política. El canciller cubano, Bruno Eduardo Rodríguez Parrilla, ha manifestado su disposición a negociar con Estados Unidos, pero solo si se excluyen los asuntos internos del país. En resumen, el cambio de régimen está descartado.

Las dos posturas son diferentes, pero no incompatibles. Rubio lo afirmó al declarar que las reformas iniciales de Díaz-Canel, que permiten a los extranjeros —principalmente cubanoamericanos— invertir libremente en todos los sectores de la economía, “no son lo suficientemente drásticas”. Según informes, la administración Trump también ha condicionado la destitución de Díaz-Canel (aunque no la de Raúl Castro, de 94 años, quien se cree que aún ejerce una influencia considerable) a un acuerdo.

Existen maneras de llegar a un compromiso en ambos temas, y las negociaciones en curso probablemente se centran en cuánto cambio de régimen puede aceptar el gobierno cubano y cuánta continuidad política puede tolerar la sociedad cubana.

Quizás el factor decisivo sea la magnitud de la crisis humanitaria en el país. Cuba se ha quedado sin reservas de petróleo y diésel, lo que ha provocado múltiples apagones totales, y un buque cisterna ruso que supuestamente se dirigía a la isla fue desviado recientemente. La grave situación aún no ha provocado disturbios importantes. Sin embargo, tanto los líderes estadounidenses como los cubanos podrían perder el margen de negociación del que disponen si estallan protestas en La Habana. Estados Unidos se vería obligado a intervenir si el régimen cubano recurriera a la represión violenta, aunque solo fuera porque los cubanoamericanos constituyen un electorado clave para el Partido Republicano.

Además, es poco probable que la inversión cubanoamericana llegue a la isla en un futuro próximo. Un destacado empresario de la diáspora me comentó recientemente que, si bien apoya el diálogo, no le interesan los proyectos a largo plazo en su país natal. Suponiendo que este sentimiento sea generalizado, la administración Trump probablemente terminaría sufragando los gastos de cualquier iniciativa humanitaria y de reconstrucción de gran envergadura.

Por su parte, el régimen cubano no puede esperar hasta las elecciones de mitad de mandato de noviembre en Estados Unidos ni a que el conflicto con Irán debilite a Trump para obtener un mejor acuerdo. La presión ejercida por el bloqueo petrolero estadounidense es sencillamente demasiado grande.

Solo una cosa parece segura: el actual estancamiento no puede durar indefinidamente. Idealmente, otros países latinoamericanos, como Brasil, Colombia y México, participarían en las negociaciones, lo que posiblemente facilitaría que ambas partes hicieran concesiones más aceptables. Pero lo más probable es que la resistencia cubana —por quijotesca que parezca— se enfrente a una administración estadounidense dividida que tiene la ventaja, pero que aún no ha decidido si busca un cambio de régimen o la sumisión al actual.

El autor es exministro de Relaciones Exteriores de México, es profesor en la Universidad de Nueva York y autor de America Through Foreign Eyes (Oxford University Press, 2020).

Copyright: Project Syndicate, 2026.
www.project-syndicate.org

×

El contenido de LA PRENSA es el resultado de mucho esfuerzo. Te invitamos a compartirlo y así contribuís a mantener vivo el periodismo independiente en Nicaragua.

Comparte nuestro enlace:

Si aún no sos suscriptor, te invitamos a suscribirte aquí