Nicaragua como nodo emergente del narcotráfico y tierra fértil de negocios ilícitos

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Durante años, Nicaragua ocupó un lugar secundario en el mapa del narcotráfico hemisférico. No es un país productor, ni tampoco un centro operativo comparable a México o Colombia. Y el régimen autoritario sandinista de Rosario Murillo y Daniel Ortega, mediante su aparato represivo, de supresión de la libertad de prensa y de opacidad en la información pública, habían logrado imprimirle al país la imagen de ser un corredor marginal para el trasiego y tráfico de estupefacientes.

Sin embargo, acontecimientos recientes comienzan a desquebrajar esa reputación. Una serie de incautaciones apuntan a un patrón estructural diferente.

El decomiso en Southampton, Reino Unido, de 943 kilogramos de cocaína, valorados en 75 millones de libras, apilados entre los palés de un cargamento de bananos nicaragüenses; la incautación en San Petersburgo, Rusia, de más de una tonelada de cocaína, valorada en 11 billones de rublos, encontrado en barcos de carga procedentes de Nicaragua; y operaciones marítimas en el Pacífico centroamericano que identifican rutas vinculadas a aguas nicaragüenses, con la participación de ciudadanos nicaragüenses en intentos de tráfico hacia el Reino Unido; todos sugieren algo muy inquietante: que el país está dejando de ser un simple punto de tránsito para convertirse en una nodo logístico recurrente dentro de las cadenas globales de narcotráfico.

Este cambio ocurre en un entorno cada más mayor de destrucción del Estado de derecho y la institucionalidad bajo la dictadura de Daniel Ortega y Rosario Murillo. La concentración de poder, la erosión de la independencia judicial, la opacidad institucional y la represión sistemática han debilitado los mecanismos de control. Además, Nicaragua ha reducido o eliminado su cooperación efectiva con agencias clave de seguridad internacional, incluyendo la DEA y el FBI, que durante años desempeñaron un papel importante en la cooperación para la interdicción e intercambio de inteligencia en la región.

La historia reciente ofrece precedentes claros. Cuando un país combina debilidad institucional con aislamiento internacional y posiciones geográficas estratégicas, tiende a convertirse en terreno fértil para el narcotráfico, al que le basta la ausencia de controles efectivos y la previsibilidad de impunidad.

Esa misma destrucción institucional e impunidad se reflejan también en el sector aurífero, donde la opacidad regulatoria, la proliferación de concesiones discrecionales y la débil supervisión estatal han facilitado la expansión de esquemas extractivos poco transparentes y legitimación de capitales. La coexistencia de empresas formales, con operadores vinculados al régimen y una red de compañías espurias auspiciadas por la dictadura, ha creado un ecosistema propicio para la captura de rentas por actores políticos y criminales, y para el lavado de activos.

En este contexto, el oro no solo se ha convertido en una fuente de divisas paralela, sino también en un vehículo para la expansión de actores malignos en la región centroamericana, replicando los mismos patrones de ausencia de controles y baja rendición de cuentas que hoy comienzan a observarse en las dinámicas del narcotráfico.

Los casos recientes de decomisos de drogas ilustran tres dimensiones complementarias de esta evolución. Primero, el uso de rutas comerciales formales sugiere un grado creciente de sofisticación logística. Segundo, la participación de ciudadanos nicaragüenses en operaciones de tráfico internacional refleja la integración del país en redes criminales transnacionales. Tercero, la recurrencia de rutas marítimas que atraviesan o bordean su territorio indica que Nicaragua se está consolidando como corredor operativo en el flujo de cocaína desde Sudamérica hacia los mercados del norte.

La comunidad internacional haría bien en no ignorar estas señales. La experiencia demuestra que cuando estos patrones se consolidan, revertirlos resulta considerablemente más costoso en términos de seguridad, gobernabilidad y estabilidad regional. La respuesta no pasa únicamente por más interdicción en alta mar o mayores decomisos en puertos extranjeros. Requiere también abordar el contexto político que permite esta evolución.

En última instancia, el caso de Nicaragua plantea una advertencia más amplia. El narcotráfico no solo sigue las rutas de menor resistencia geográfica; también se instala donde encuentra menor resistencia institucional. Y en ese sentido, los recientes acontecimientos no son una anomalía, sino el reflejo de una tendencia que muchos ya sospechaban.

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