El costo de gobernar para el pueblo. El legado de Enrique Bolaños

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La historia política de Nicaragua no ha sido generosa con la democracia. Desde la Independencia, el poder ha tendido a confundirse con dominio personal, la ley con instrumento del vencedor, y el Estado con botín del que llega.

En ese largo recorrido de caudillos, dictaduras, pactos y rupturas, la figura de Enrique Bolaños Geyer emerge como una excepción tan rara que, con el paso del tiempo, adquiere un carácter casi trágico y de fantasía: el de quien gobernó como si la República existiera plenamente, aun cuando ya estaba siendo vaciada por dentro.

Bolaños no llegó al poder como líder popular, podría incluso decirse que lo eligieron votando contra el sandinismo —quizás la única forma en que un ingeniero sin carisma, de perfil conservador y sobrio podría llegar al poder—. Llegó en 2002 a un país marcado por la corrupción sistémica del período anterior y por un pacto político —entre liberales arnoldistas y sandinistas— que había reducido la institucionalidad a un acuerdo de impunidad mutua.

El dilema: conservar el poder o la república

Lo que distingue su lugar en la historia no es el contexto que heredó, sino la decisión que tomó: gobernar bajo la premisa, casi olvidada en Nicaragua, de que la ley debía imponerse incluso al propio poder, y el presidente es un servidor del pueblo.

El acto que definió su presidencia fue permitir, impulsar y sostener el procesamiento judicial de su antecesor, Arnoldo Alemán, por corrupción. No se trató de un gesto simbólico ni de una vendetta política: fue la primera vez en la historia republicana del país que un expresidente era condenado penalmente por delitos cometidos en el ejercicio del poder.

Demostró que la corrupción no era un destino inevitable, sino una elección tolerada en un país donde la historia suele absolver al poderoso, Bolaños dejó constancia de que también puede juzgárselo.

Muchos le acusaron de dividir al liberalismo, de fortalecer al sandinismo. también podríamos preguntarnos: ¿Afirmar esto no es fomentar el saqueo del Estado y la barbarie? ¿No fue acaso el propio Alemán quien se condenó a si mismo? ¿La reacción correcta no debió ser un mea culpa? Sea como fuere, esta decisión no fortaleció su gobierno: lo aisló. Bolaños lo sabía, y aun así no retrocedió.

Desde ese momento, su gobierno quedó políticamente solo. Abandonado por su propio partido, enfrentado a una Asamblea Nacional hostil y sitiado por el pacto que buscaba sobrevivir a cualquier costo, Bolaños gobernó sin red. No reconstruyó poder mediante concesiones ilegítimas ni negoció la ley a cambio de estabilidad. Aceptó la fragilidad como precio de la coherencia. En la tradición política nicaragüense, eso no es debilidad: es una forma rara de valentía.

Su presidencia no fue perfecta; por el contrario, estuvo marcada por baches, crisis y políticas impopulares. Ello era ampliamente esperable por sus políticas de austeridad y dada la oposición de una Asamblea Nacional dominada por diputados arnoldistas y sandinistas, que le impidió avanzar en su agenda legislativa, así como por un sandinismo —tanto orteguista como disidente— que recurrió de forma sistemática a la movilización violenta y la confrontación en las calles.

Aun así, resulta difícil señalar decisiones claramente irresponsables en su gestión, especialmente si se consideran las severas restricciones políticas e institucionales que enfrentó.

El último demócrata, y quizá el primero

Su legado no es espectacular en términos épicos tradicionales. No dejó monumentos ni gestas militares. Dejó algo más incómodo y duradero: un precedente moral e institucional. Por eso puede afirmarse que fue el último demócrata. No porque antes no hubiera habido elecciones, sino porque después de él la democracia dejó de entenderse como límite.

Bolaños no persiguió a la prensa, no reprimió protestas, no saqueo el Estado, no manipuló elecciones, no vendía relatos heroicos y problemáticos para una sociedad plagada de caudillismo. Su mandato se dedicó a luchar contra la corrupción, las redes clientelares, y de manera aparentemente contradictoria el alcance y poder del poder ejecutivo en la vida de sus ciudadanos. Entregó el poder en 2007 conforme a la ley, aun cuando ese acto abría la puerta a una regresión que hoy es evidente.

Pero, paradójicamente, también puede ser visto como el primer demócrata. El primero en gobernar Nicaragua con una lógica plenamente republicana moderna: la del gobernante que se sabe sometido a la ley, no autorizado por ella. Que la política pública debe ser tecnocrática, respetar la soberanía del pueblo y de sus ciudadanos como individuos; no negociada entre el vicio de la elite.

No existe en Nicaragua un antecedente claro de un gobierno que haya ejercido el poder de manera democrática, sobria y con límites institucionales, o al menos no en los últimos cien años. No obstante, también resulta difícil hablar de democracia antes de la Revolución Liberal, en aquellos años del dominio conservador en la recién nacida república. Incluso el propio Zelaya, pese a sus avances en la modernización del Estado, fue ampliamente conocido como un tirano popular.

Bolaños también fue pionero en el desarrollo humano y económico de Nicaragua. Fue el primero en tomarse en serio la política pública, al tecnificar su agenda de gobierno mediante el primer Plan de Desarrollo en la historia del país, orientado al impulso de la productividad económica, la lucha contra la pobreza, la reducción de la deuda y la estabilidad macroeconómica. Gracias a su visión, Nicaragua terminó de consolidar una política económica propicia para el crecimiento y la prosperidad.

Sin embargo, su enfoque fue comprendido principalmente por sectores intelectuales y la comunidad internacional, pero incomprendido por la masa popular con hambre en la barriga y expectativas de un líder fuerte. La comunicación de sus políticas públicas nunca fue el punto fuerte de Bolaños, incluso podemos dudar que comprendiera la importancia de esta conociendo el empeño que puso en otras áreas de su gestión.

Un retiro coherente y un legado duradero

Tras dejar la Presidencia, Enrique Bolaños Geyer mantuvo una vida pública alejado del poder y el protagonismo político. Asumió con serenidad, coherencia y discreción el costo personal de su legado. Volcó sus esfuerzos en su fundación en un ambicioso proyecto destinado a recopilar, preservar y poner a disposición pública miles de documentos históricos y gubernamentales, incluidos los de su gestión.

Su retiro confirmó que su compromiso con la democracia no fue circunstancial al cargo, sino una forma de entender el servicio público y la responsabilidad histórica del Estado. Paso sus últimos días en su Quinta en Nindirí fiel a sus convicciones hasta sus últimos días.

Con el paso del tiempo, su figura ha ido adquiriendo un valor diferente. Ya no se le mide solo por los límites de su gobierno, la lucha contra la corrupción o por su agenda tecnificada, sino por el contraste que establece con lo que vino después, como punto de referencia. Como recordatorio de que la República, aun frágil, existió. Y de que fue sostenida, hasta el final, por alguien que decidió no traicionarla.

Por eso, en la larga cronología nacional, Enrique Bolaños no ocupa el lugar del caudillo ni del vencedor. Ocupa uno más extraño y difícil: el del hombre que gobernó sin romper la ley cuando romperla era lo más fácil y cómodo.

En la historia de Nicaragua, esto basta para explicar por qué hoy puede ser recordado como un ejemplo a seguir para una nueva generación de intelectuales, políticos y estadistas nicaragüenses: la convicción de que es posible gobernar con institucionalidad. Enrique Bolaños Geyer ejemplificó el papel del presidente como servidor del pueblo; por ello, muchos pueden afirmar, con la perspectiva que da el tiempo, que fue el mayor aliado de la libertad que ha tenido la Presidencia, el último demócrata y, quizá, el primero.

El autor es economista, egresado de la Universidad Centroamericana. Analista e investigador de políticas públicas latinoamericanas. Activista libertario y editor fundador de LibertasPress.net

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