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Desde que volvió a ocupar la Casa Blanca, en enero del año pasado, el presidente de Estados Unidos (EE. UU.) Donald Trump aseguró que uno de sus principales objetivos en política exterior sería poner fin a las tres dictaduras astrosas y desastrosas de Venezuela, Cuba y Nicaragua.
Con la presencia de Marco Rubio al frente del Departamento de Estado se podía entender que ahora sí Trump estaba dispuesto a hacer lo que no hizo durante su primer gobierno, en el período de 2017 a 2021. Es decir, actuar resueltamente para poner fin a las tres dictaduras de América Latina.
Así fue como el 3 de enero pasado, pocos días antes de cumplirse el primer año de la segunda Administración de Trump, una fuerza militar especial de EE. UU. bombardeó sitios estratégicos de Venezuela y capturó al dictador Nicolás Maduro, junto con su esposa y cómplice Cilia Flores, y los llevó presos a Nueva York, donde ahora una corte los está juzgando bajo la acusación de haber cometido graves delitos de crimen organizado y terrorismo contra la seguridad nacional estadounidense.
Poco tiempo después el Gobierno de EE. UU. impuso un cerco petrolero a Cuba que agravó la ya profunda, generalizada e insalvable crisis que sufre desde hace mucho tiempo ese país insular de las Antillas, causada por el fracaso del sistema económico y social comunista que en todas partes donde fue impuesto demostró su absoluta inviabilidad.
Cuando la dictadura de Cuba fue puesta contra la pared se filtró la información de que había conversaciones o negociaciones secretas entre Cuba y EE. UU. El régimen cubano lo negó enfáticamente, pero el viernes de la semana pasada el propio presidente cubano, Miguel Díaz-Canel, las tuvo que reconocer oficialmente, aunque para guardar las apariencias ante sus seguidores dijo que el sistema político de Cuba, o sea la tiranía, no está en discusión.
Ahora, por la falta de información de ambas partes, EE. UU. y Cuba, lo que hay es especulaciones sobre lo que realmente se está negociando y hasta dónde podrá llegar el cambio que se pudiera acordar. Se habla de que el cambio podría ser solo económico, o sea abrir la economía a reformas capitalistas para que Cuba tome el mismo camino que en su momento siguieron China y Vietnam. Es decir, desmantelar el sistema económico y social comunista preservando el régimen político comunista, o sea la dictadura totalitaria de partido único y ausencia total de derechos y libertades para las personas.
En ese sentido, los expertos estadounidenses Christopher Sabatini y Katrin Hansing advierten en un artículo de opinión publicado el pasado jueves 12 de marzo en el diario The New York Times, que “cualquier resolución que se forje en el actual enfrentamiento entre Washington y La Habana corre el riesgo de ser una victoria vacía, que solo ofrezca un respiro temporal a los cubanos y un logro efímero a un gobierno de Estados Unidos que aún tiene que definir qué aspecto tiene el éxito duradero en Cuba”. Y agrega que “una presión continuada sobre el país caribeño que tenga como objetivo la destrucción del Estado podría derivar en caos y quizás incluso una nueva crisis de refugiados. Un acuerdo que se limite a una liberalización económica gestionada podría ofrecer una breve victoria diplomática, pero lo más probable es que cerrara la posibilidad de una apertura política real”.
Como sea, la verdad es que el resultado de las poderosas presiones de EE. UU. y sus negociaciones con el régimen cubano, pronto se podrá ver. Se valora que el secretario de Estado cubano-estadounidense Marco Rubio ha demostrado ser un político muy pragmático, y que por tanto podría aceptar que el cambio sea solo económico, con algunas concesiones políticas de La Habana. Pero también es muy conocido que Rubio tiene un fuerte compromiso histórico, político y moral, con la liberación de los pueblos de Cuba, Venezuela y Nicaragua.
Con las reformas capitalistas la gente común de China y Vietnam salió de la extrema miseria a la que había sido condenada por el sistema económico comunista. Ahora vive cómodamente bajo el peculiar capitalismo controlado por el Estado que funciona en esos países, pero en una oprobiosa servidumbre política, privada de las libertades y derechos que hacen posible la dignidad humana.
Aunque se dice que en política cualquier cosa puede ocurrir, resulta muy difícil creer que Marco Rubio aceptaría ese mismo destino chino y vietnamita para su pueblo de Cuba, y los de Venezuela y Nicaragua, que tanto han luchado por la libertad y mucho la merecen.