Homilía del IV Domingo de Cuaresma: Renacer a la luz

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Queridos hermanos y hermanas: 

En el evangelio de hoy, Jesús cura a un ciego de nacimiento, a alguien que había vivido toda su vida sumido en la oscuridad. Lo cura poniéndole barro en los ojos, haciendo un gesto que recuerda lo que hizo Dios cuando creó al ser humano, modelándolo con barro de la tierra (Gén 2,7). La curación de este ciego es como una nueva creación. En nuestra cultura, un parto —el nacimiento de una criatura— lo llamamos “dar a luz”. Pues bien, Jesús “dio a luz” a ese hombre ciego. Lo hizo renacer; le devolvió su dignidad humana. Ahora podrá ver con claridad, no tropezará, sabrá distinguir, vivirá con libertad. Dándole la vista, Jesús ha creado un hombre nuevo. 

El ciego que pasa de las tinieblas a la luz representa a cada creyente que, a lo largo de la vida, crece y madura en su conocimiento de Jesús. Al inicio, el ciego ve en Jesús solamente a un hombre. Cuando los vecinos le preguntan cómo se le abrieron los ojos, responde que “ese hombre que se llama Jesús” le puso barro en los ojos y lo curó.  Cuando los fariseos lo interrogan preguntándole qué dice de quien le abrió los ojos, contesta: “es un profeta” (v. 17). Poco más tarde, cuando los fariseos le dicen que Jesús es un pecador y no puede venir de Dios porque lo ha curado en sábado, el que había sido ciego responde: “si éste no viniera de parte de Dios, no podría hacer nada” (v. 33). Finalmente, expulsado de la sinagoga, vuelve a encontrar a Jesús, que le pregunta si cree en el Hijo del hombre. Entonces el ciego curado se postra ante él, en un acto de culto propio del creyente, y dice: “Creo, Señor” (v. 38).  

Mientras el ciego camina siempre hacia la luz, hacia un conocimiento cada vez más pleno de Jesús, los demás se van quedando ciegos por su arrogancia, por su rigidez mental y por su fanatismo religioso. Los vecinos del ciego curado representan a la gente indiferente, que siempre se mantiene a distancia, cree que los auténticos cambios no son posibles y prefiere un mundo donde todo siga igual. Los padres del ciego representan a la gente temerosa, que calla la verdad por miedo a las represalias e hipoteca su conciencia y su voz para no sufrir las consecuencias. 

Finalmente están los fariseos, que creen saberlo todo, no dudan de nada e imponen su verdad. Viven obsesionados con el cumplimiento del reposo sabático, pero son incapaces de ver a un hombre curado. Los fariseos representan a la religión que no se interesa por el bien del ser humano y solo sabe hablar de sí misma y para sí misma. ¿De qué sirve una religión que únicamente está para defender sus verdades, celebrar sus cultos e imponer su doctrina? ¿Qué religión es aquella que no está atenta a la realidad ni sensible al sufrimiento de la gente, que no se pone de parte del débil ni se compromete en la lucha contra las tinieblas? 

Hoy también hay cegueras que deshumanizan la vida. Son ciegos quienes al mal le llaman bien y al bien le llaman mal; se obstinan en el mal que cometen y rechazan toda corrección. Son ciegos quienes piensan obtener resultados diferentes haciendo siempre lo mismo y ven el dolor ajeno como quien ve llover tras el cristal. Son ciegos quienes piensan que el dinero hace felices a las personas o que el amor es un sentimiento pasajero y no una decisión libre que busca siempre el bien del otro. Son ciegos quienes viven como si el mañana no existiera y el futuro no tuviera memoria.   

Son ciegos también quienes creen que la paz se construye con la violencia o que violentar los derechos de los otros los hace poderosos. Son ciegos quienes callan ante la injusticia, creyendo que nunca serán víctimas, imaginando que su silencio los protegerá de los tiranos. Son ciegos también quienes creen ingenuamente que hay personas o sistemas políticos que son eternos, que no pasarán jamás, y por eso les rinden culto, entregándoles su corazón y su conciencia. 

El relato del evangelio de hoy nos invita a abrir el corazón al Evangelio para liberarnos de nuestras cegueras. Todos somos como ciegos de nacimiento, incapaces de ver el misterio de la existencia.  Solo la luz de Jesús puede iluminar nuestro corazón y abrirnos los ojos para ver la verdad de la vida, de nosotros mismos y de Dios. Entonces llegamos a ser creyentes como el ciego curado en el evangelio de hoy, que representa al creyente iluminado por Jesús. Es un hombre nuevo. De hecho, la gente ya no lo reconoce. Es él, dicen algunos. No, no es él. Cuando encontramos al Señor, somos los mismos, pero ya no lo somos. Uno encuentra al Señor y cambia por dentro. Se abren ventanas de luz.  

Creer no es cerrar los ojos, no es renunciar a la razón ni a la capacidad de razonar, no es apartar la mirada del mundo. Creer es más bien un modo particular de mirar la vida. Creer es ver el mundo con los ojos de Jesús a través de la luz del Evangelio. Hoy el Papa ha dicho que tenemos necesidad de una fe despierta, atenta y profética (Ángelus, 15/3/2026). Cuando vemos el mundo como lo veía Jesús, todo se ve distinto. Adquirimos ojos despiertos que no ignoran las situaciones dramáticas de injusticia y violencia que hacen sangrar a la humanidad. Miramos con ojos atentos las necesidades de nuestros hermanos para socorrerlos con nuestra caridad y nuestro compromiso con la paz, la justicia y la solidaridad. Vemos el mundo también con ojos proféticos para denunciar las injusticias que atentan contra la dignidad humana. 

La fe nos permite tener también ojos serenos que nos dan esperanza y ojos humildes para aceptarnos con nuestras luces y sombras. Sabemos que estamos en las manos de Dios, que nos sostiene y nos conduce. Así somos los creyentes. A pesar de no entenderlo todo, enfrentamos la vida con confianza porque sabemos que vivimos en las manos amorosas de nuestro Padre Dios. Alguna vez incluso podemos llegar a dudar y experimentar los límites de la razón humana, pero no desesperamos. Sabemos que no hemos sido creados para vivir en la oscuridad ni para caminar solos. Sostenidos por el amor de Jesús e iluminados por su luz, nos sentimos seguros, sin miedo, con esperanza, sin rigideces mentales ni nostalgias estériles del pasado. Caminamos siempre hacia una luz más brillante, pero también más humilde. 

Que Jesús, “luz del mundo” (Jn 8,12), ilumine nuestra vida. No vivamos en el engaño, no rechacemos la verdad, no nos cerremos en nuestras ideas, no nos resignemos a la oscuridad, no apartemos la mirada del mundo ni del dolor de nuestros hermanos. Hoy hemos escuchado a Jesús decir: “Yo he venido para que vean los que no ven, y los que ven se queden ciegos” (Jn 9,39). Es así. Cuando nos cerramos en nuestra mentira y en nuestra soberbia, nos quedamos ciegos. Cuando reconocemos con humildad nuestra ceguera y acogemos la luz del Evangelio, comenzamos a ver la verdad y a vivir con alegría y esperanza. 

Silvio José Báez, o.c.d. 
Obispo Auxiliar de Managua 

Opinión Jesús libre Monseñor Silvio Báez archivo
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