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Hoy estamos en el día 14 de la guerra que empezó el 28 de febrero entre los países mencionados en el título de este artículo. Por un lado Israel y EE. UU., dos países aliados con democracias consolidadas prácticamente desde su fundación, liderados por Donald Trump y Benjamín Netanyahu, que se enfrentan a Irán, un país regido autoritariamente por un régimen teocrático que ataca incluso a su ciudadanos matándoles, encarcelándoles, torturándoles sin el menor sentido humanitario; que trata a las mujeres como un mero objeto sin ningún derecho y que después de la muerte del ayatolá Jameneí, tras los primeros días de la guerra y que ahora ha elegido a su hijo Mojtabá Jameneí, del ala más radical de ese gobierno, y que en el primer discurso sin presencia suya y leído por una presentadora de la televisión, prometió vengar todos los muertos de su bando y el cierre del estrecho de Ormuz.
La guerra tiene su origen en la amenaza de destrucción de Israel como nación, a lo que se añade que también promete matar a Donald Trump, presidente de la nación más poderosa de la tierra y que lo ha intentado en varias ocasiones sin resultados. Además, lo que intenta Irán es fabricar la bomba atómica para sojuzgar a todos los países del Medio Oriente, como ha demostrado el hecho de enriquecer uranio que es el componente esencial para llegar tener la bomba nuclear.
Estos días que van pasando desde el comienzo de la guerra, tanto Israel como EE. UU. han atacado desde el aire por medio de sus aviones, misiles y drones la capital Iraní, Teherán, en sus principales centros de poder como fue la destrucción del búnker donde se refugiaba el ayatolá Jameneí, quien cayó abatido desde el primer día de los bombardeos junto con la plana mayor de su “gobierno” que quedó devastado con la muerte de su cúpula incluyendo al jefe de la Guardia Revolucionaria, el poderoso ejército encima del ejército regular y que solo obedece órdenes del ayatolá a quien debe obediencia ciega porque sus componentes son seguidores fanáticos a muerte del poderoso ayatolá que rige en cada momento y así será con el nuevo electo por el Consejo de Expertos compuesto por 88 clérigos chiíes con el grado de mojtahed.
En esta guerra, desde sus comienzos han tomado la delantera los aliados estadounidenses e israelitas, tanto en lo que se refiere al uso de armamentos de precisión tecnológica en la aviación y en los misiles que caen sobre los sitios seleccionados en Teherán sobre todo los que son guarniciones de la Guardia Revolucionaria, principal sostén de la teocracia chií y de la red de túneles que existen bajo la ciudad, donde guardan todo su armamento, especialmente los misiles que dirigen contra Israel, que gracias a su Cúpula de Hierro, compuesta de destrucción de los misiles que se dirigen contra ciudades israelíes y que gracias a eso no han sufrido bajas tan importantes ni daños de consideración en sus ciudades y centros de mando y que han contado también para ello de los misiles anti misiles que atacan desde los barcos de la V Flota de los EE. UU., estacionada en las inmediaciones de los mares cercanos al conflicto.
La guerra en estos momentos la quieren extender los iraníes por todo Medio Oriente atacando los países donde existen bases del ejército de los EE. UU., en Omán, Catar, Emiratos Árabes Unidos, Kuwait, Jordania e Irak, causando más que todo daños materiales y bajas de algunos militares de EE. UU.
El nuevo ayatolá Mojtabá Jameneí ha convertido la teocracia en una especie de reinado teocrático, y hasta el momento no se le ha visto físicamente e incluso se especula que fue herido “levemente” en el ataque en el que murió su padre, su mujer y un hijo, por lo que además de sus creencias religiosas se añade la sed de venganza contra Israel y EE. UU. y ha armado a las milicias de Hezbolá en Líbano y proveído de misiles y drones para atacar a Israel, a lo que ha respondido Israel, lanzando feroces bombardeos en la parte sur del país y ocasionado una migración masiva de residentes en esa zona.
Lo que también queda patente es que Irán se ha estado preparando para esta guerra a conciencia, a pesar de que su economía está muy debilitada y más ahora que no puede vender su petróleo a China y a la India, sus principales clientes en Asia, y a estas alturas sigue mandando misiles y drones contra Israel en cantidades importantes. Pero Irán tiene un arma poderosa en esta guerra asimétrica, que consiste en cerrar el estrecho de Ormuz, por donde circula el 20 por ciento del petróleo que se usa en el mundo y también barcos portacontenedores que sirven al comercio de otras materias.
La otra faceta de esta guerra es lo costoso que está siendo mantenerla especialmente para EE. UU., ya que se habla de unos mil millones de dólares diarios, lo que es una sangría para el país. Trump dijo que terminaría a lo máximo en tres o cuatro días, pero tiene que seguir en la lucha ya que tiene que ofrecer al pueblo norteamericano una victoria para levantar su popularidad ahora de capa caída, habida cuenta de que en noviembre hay elecciones de medio tiempo en las que se elige toda la Cámara de Representantes y un tercio del Senado. Esto es un severo contratiempo para soportar la presión de los votantes que, aunque cuente con una base sólida de respaldo electoral, en este momento tiene que añadirle más electores a su favor. La pérdida de la Cámara de Representantes que ahora es republicana, sería un serio revés para su política en general.
El nudo gordiano de la guerra está centrado ahora en lo que ocurra en el estrecho de Ormuz en los días siguientes, ya que su apertura de nuevo al tráfico marítimo del petróleo que pasa por allí sería un duro golpe para Irán y una victoria total para Israel y EE. UU.
El autor es abogado y comentarista político nicaragüense radicado en España.