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El continente americano entra a una nueva fase de redefinición histórica y política. Su agenda, sus mecanismos de cooperación y sus prioridades estratégicas están siendo replanteadas con un objetivo claro: fortalecer el bienestar, el desarrollo y la defensa de una identidad hemisférica propia frente a influencias extracontinentales que durante décadas y siglos han intentado distorsionar su rumbo.
En ese contexto emerge la reciente cumbre denominada Escudo de las Américas, impulsada desde Washington bajo el liderazgo del presidente Donald Trump, encuentro que supera y revitaliza el histórico Tratado Interamericano de Asistencia Recíproca (TIAR), siempre luchando contra las amenazas contemporáneas que enfrenta el hemisferio occidental.
La geopolítica regional está mutando desde los esquemas tradicionales que dominaron tanto administraciones republicanas como demócratas, hacia un modelo más dinámico y pragmático. Por primera vez en mucho tiempo comienza a percibirse una química política distinta entre Estados Unidos y América Latina.
Esta nueva dinámica se explica, en parte, por el estilo directo de Trump y también por la influencia estratégica del secretario de Estado, Marco Rubio, quien aporta una perspectiva ideológica hispana a la política exterior estadounidense y promueve una mayor integración del hemisferio en la estrategia mundial de Washington.
El TIAR, firmado en 1947 y puesto en vigor en 1948, fue concebido como un acuerdo de defensa colectiva. Su principio fundamental era simple: un ataque militar u otro contra un país americano debía considerarse un ataque contra todos. Ese tratado, aprobado en el marco de la Organización de Estados Americanos (OEA) buscaba garantizar la seguridad continental en el contexto de la Guerra Fría.
Hoy las amenazas han cambiado. El peligro ya no proviene exclusivamente de conflictos militares entre Estados (algunos provocados por los propios políticos en países donde estos eran incapaces de arreglar sus reyertas internas); sino también de fenómenos transnacionales como el narcotráfico, el crimen organizado, el narcoterrorismo y las redes ilícitas que operan más allá de las fronteras nacionales. Bajo esta nueva realidad, el espíritu del TIAR adquiere una relevancia renovada.
La Cumbre Escudo de las Américas pretende precisamente revitalizar esa lógica de cooperación defensiva entre las democracias del continente. En sus orígenes, el TIAR fue suscrito por diecinueve países y posteriormente ampliado con nuevos miembros, estableciendo una base jurídica que aún forma parte del sistema interamericano. Hoy esa herencia institucional se ha renovado con nuevos bríos.
La propuesta también responde a una lógica política característica del estilo de Trump: priorizar resultados concretos por encima de discursos prolongados o excusas. Sus detractores lo acusan de provocar tensiones diplomáticas, mientras que sus partidarios destacan su capacidad para transformar promesas de campaña en decisiones políticas tangibles.
Más allá del debate ideológico, la realidad es que la política hemisférica está experimentando una reconfiguración. La Cumbre reunió a doce presidentes latinoamericanos invitados por Washington, aunque también evidenció ausencias significativas. Gobiernos como los de Colombia, Brasil, México y Uruguay no participaron, quedando así los regímenes vinculados al eje castrochavista fuera del encuentro. Y otros como Guatemala, no fueron tomados en cuenta debido al camaleonismo tropical del gobierno de Bernardo Arévalo quien hace un año dijo respaldar plenamente a Estados Unidos y luego lo que ha hecho es zambullirse en las aguas infectadas del atavismo político de izquierda.
El significado geopolítico de esta iniciativa también revive, de alguna manera, la vieja Doctrina Monroe, históricamente polémica en América Latina. Durante décadas fue vilipendiada por la sociología del desencanto, el resentimiento social y el odio a Estados Unidos, así como por la mayoría de sus intelectuales y escritores, como una expresión de hegemonía oportunista estadounidense. Sin embargo, en su formulación original también implicaba la defensa del hemisferio frente a interferencias externas.
Hoy ese debate vuelve a cobrar relevancia ante la creciente presencia de potencias extrarregionales como China y Rusia en América Latina. La nueva estrategia hemisférica impulsada desde Washington busca precisamente reforzar los mecanismos de cooperación política, económica y de seguridad entre las democracias del continente para enfrentar esos, otros y nuevos desafíos.
En paralelo, la situación de los regímenes autoritarios del hemisferio sigue siendo preocupante. A excepción de Venezuela que ya está girando su brújula política en pro de mejores días está en proceso de transición; Cuba atraviesa una crisis económica sin salida y Nicaragua continúa bajo el control del régimen de Daniel Ortega. No obstante, esta troika aún en sus períodos de más dardos contra la nación estadounidense siempre ha contado con la benevolencia y solidaridad de esta.
América vive un momento de reflexión histórica. Durante décadas se ha construido una ficción que presenta a Estados Unidos como un actor exclusivamente dominador dentro del hemisferio. Sin embargo, incluso los gobiernos que más han criticado a Washington han mantenido vínculos económicos profundos con el mercado estadounidense. Las exportaciones petroleras venezolanas, las importaciones alimentarias cubanas o las remesas enviadas a países como Nicaragua muestran hasta qué punto la interdependencia continental es una realidad difícil de ignorar.
A lo largo de la historia se han firmado numerosos acuerdos destinados a fortalecer la cooperación hemisférica: el propio TIAR, la OEA, la Alianza para el Progreso y diversos tratados comerciales como el Cafta-DR en Centroamérica y el Caribe. Todos ellos han aportado a la construcción de un sistema de integración regional amplio.
El Escudo de las Américas se presenta ahora como un nuevo capítulo en esa larga búsqueda de estabilidad y cooperación. Su objetivo es construir un sistema más sólido de defensa política, económica y de seguridad capaz de proteger la democracia y la libertad.
Esto propicia el que resuene hoy aquella frase del cantautor español Nino Bravo, de que «cuando Dios creó el Edén pensó en América». La política, desde el TIAR hasta esta nueva cumbre continental «Escudo» se acerca a esa idílica interpretación melódica, acercándose con pragmatismo estadístico político a esa vieja aspiración.
El autor es escritor y periodista nicaragüense exiliado en Estados Unidos. Columnista internacional, vocero del Partido Liberal Independiente (PLI- histórico), su nuevo poemario se titula «Ligero equipaje»