Cartas al director
/ Martin Neil Baily

Una burbuja de IA no provocará una crisis financiera

Escuchá esta nota
0:00 / 0:00
1.0x

Lista de reproducción

  • No hay más artículos para escuchar

Una ansiedad familiar ha regresado a los mercados financieros. Amazon está destinando 100,000 millones de dólares a centros de datos. Meta ha comprometido más de 600,000 millones de dólares a su construcción en tres años. Microsoft, Google y Apple planean invertir cientos de miles de millones más. Con inversiones en IA que alcanzan los billones, ¿estamos presenciando una burbuja? ¿Y qué ocurrirá si estalla?

Ya hemos pasado por esto antes. Uno de nosotros (Martin) presidió el Consejo de Asesores Económicos de la Casa Blanca durante el auge tecnológico de finales de los 90, y el otro observó cómo California sorteaba el colapso de las puntocom y la crisis financiera de 2008 desde diversos puestos gubernamentales y de consultoría. Nuestra experiencia nos dice que, incluso si se produjera una corrección de la IA, no desencadenaría una crisis financiera como la que devastó la economía en 2008-2009.

La razón es que la estructura de la inversión en IA es fundamentalmente diferente a la que vimos en episodios anteriores. El colapso de las puntocom se recuerda por sus dramáticas pérdidas (el Nasdaq cayó un 7.7 por ciento desde su máximo de marzo de 2000) y por caídas espectaculares como la de Pets.com. Pero la historia económica fue más matizada.

Sí, hubo una sobreinversión en infraestructura de internet, y muchas grandes apuestas resultaron prematuras. Pero esa sobreinversión dejó una infraestructura extraordinariamente valiosa. Los cables de fibra óptica instalados durante el auge impulsaron la economía de banda ancha. La capacidad de servidores que parecía excesiva en 2001 se volvió esencial en 2005. El crecimiento de la productividad se mantuvo sorprendentemente fuerte tras el estallido de la burbuja, lo que demuestra que la tecnología subyacente fue transformadora, aunque los modelos de negocio iniciales no lo fueran.

Fundamentalmente, la crisis de las puntocom nunca amenazó al sistema financiero en general. La especulación se financió principalmente a través de los mercados de valores, no de la deuda. Cuando las valoraciones se desplomaron, los accionistas perdieron dinero, pero los bancos mantuvieron su solvencia. No hubo una avalancha de impagos, ni congelación del crédito, ni necesidad de rescates gubernamentales masivos.

En cambio, la crisis de 2008 se centró en la financiación de los activos. Las hipotecas subprime se fusionaron en valores, se vendieron a fondos de pensiones e inversores internacionales y se utilizaron como garantía para obtener más préstamos. Todo el sistema financiero mundial se convirtió en un castillo de naipes construido sobre el alza de los precios de la vivienda.

Cuando esos precios cayeron, la compleja red de obligaciones se deshizo: los bancos descubrieron que poseían valores sin valor, los mercados crediticios se congelaron y lo que comenzó como una caída de los precios de la vivienda derivó en una crisis financiera mundial que requirió una intervención gubernamental sin precedentes. El problema no fue solo la sobrevaloración. Fue una combinación de apalancamiento, complejidad, opacidad y la expansión del riesgo inmobiliario por todo el sistema financiero.

El auge de la IA es diferente. Los billones de dólares que se invierten en infraestructura de IA provienen principalmente de los balances de las empresas más rentables y con mayor liquidez del mundo. Apple, Microsoft, Google, Amazon y Meta no están endeudándose para desarrollar su capacidad de IA. Cuando Apple compromete 500,000 millones de dólares a lo largo de cuatro años para infraestructura de IA, no está emitiendo deuda que deba pagarse independientemente de los ingresos. Se trata de inversiones financiadas con capital de una de las empresas más valiosas de la historia. Si los rendimientos son desalentadores, el precio de las acciones de Apple podría verse afectado, pero la empresa no incurrirá en impago ni desencadenará una cascada de quiebras en el sistema financiero.

De igual manera, la naturaleza especializada de la infraestructura de IA limita el riesgo de contagio. Los centros de datos no se están titulizando ni vendiendo a fondos de pensiones. Los chips de IA no se están utilizando como garantía para derivados. Por supuesto, podría producirse una corrección drástica en las valoraciones de las acciones tecnológicas, y las empresas podrían reducir sus inversiones en IA si los rendimientos decepcionan. Pero ¿podría esto desencadenar una crisis financiera comparable a la de 2008? Las diferencias estructurales sugieren que no.

La cuestión no es que la IA no plantee riesgos económicos. Es que los riesgos no afectan principalmente a la estabilidad financiera. Entre los resultados de la IA que merecen preocupación se incluyen: la falta de aumentos significativos de la productividad, lo que conlleva un crecimiento más lento y expectativas decepcionantes; el rápido desplazamiento de trabajadores, que requeriría políticas sólidas de apoyo a la educación y la formación; la concentración del poder económico, que plantea cuestiones antimonopolio; y la presión sobre las redes eléctricas y la capacidad de construcción, que podrían frenar el crecimiento y aumentar las facturas de electricidad de los hogares.

Incluso si las valoraciones de la IA están infladas y las proyecciones de ingresos actuales resultan excesivamente optimistas, la infraestructura que se está construyendo tiene un valor duradero. Esos centros de datos no desaparecerán. Las conexiones de fibra que se están instalando son adiciones permanentes a nuestra infraestructura digital, y los ingenieros de IA capacitados representan capital humano que generará valor durante décadas.

Si alguien te hubiera dicho en 1999 que Estados Unidos gastaría cientos de miles de millones de dólares en exceso en infraestructura de internet, quizá te hubieras preocupado por la burbuja. Pero esa sobreinversión hizo posible toda la economía digital: YouTube, Netflix, la computación en la nube y el teletrabajo. El retorno social fue considerable, a pesar de que muchas empresas quebraron y los inversores perdieron dinero.

Comprender que es improbable que la especulación con IA desencadene una crisis financiera significa que los responsables políticos deben priorizar correctamente. En lugar de regular excesivamente para prevenir una crisis financiera que no se avecina, deberían centrarse en los riesgos para la economía real: el desplazamiento de trabajadores, el sesgo algorítmico, la privacidad de los datos y la dinámica competitiva. Deberían promover inversiones en infraestructura complementaria, como capacidad eléctrica, sistemas de refrigeración y trabajadores capacitados. Y deberían prepararse para los ajustes del mercado laboral reforzando el seguro de desempleo, los programas de reciclaje profesional y las prestaciones transferibles.

Además, deberían estar atentos al aumento gradual del apalancamiento, ya que el único riesgo que podría cambiar nuestro análisis es que los activos de IA se apalanquen o se titulicen excesivamente. Los reguladores financieros deberían supervisar a los bancos y los fondos de pensiones en consecuencia.

Las innovaciones transformadoras suelen tardar décadas en difundirse plenamente en la economía. La electricidad tardó 40 años en revolucionar la manufactura; internet, 20 años en transformar el comercio minorista. Si la IA es igualmente transformadora, las inversiones especulativas actuales podrían resultar visionarias.

La crisis financiera de 2008 enseñó a los responsables políticos a estar alerta ante los riesgos para la estabilidad financiera. Sin embargo, existen diferencias importantes entre las clases de activos y las estructuras de financiación. El auge de la IA puede ser especulativo. Puede ser excesivo. Incluso puede ser una burbuja. Pero no representa una amenaza para el sistema financiero.

Los autores, Lenny Mendonca es socio principal emérito de McKinsey & Company, fue asesor principal económico y empresarial del gobernador de California, Gavin Newsom, y presidente de la Autoridad Ferroviaria de Alta Velocidad de California; Martin Neil Baily es investigador principal emérito de Estudios Económicos en la Brookings Institution y fue presidente del Consejo de Asesores Económicos del presidente Bill Clinton de 1999 a 2001.

Derechos de autor: Project Syndicate, 2026.
www.project-syndicate.org

×

El contenido de LA PRENSA es el resultado de mucho esfuerzo. Te invitamos a compartirlo y así contribuís a mantener vivo el periodismo independiente en Nicaragua.

Comparte nuestro enlace:

Si aún no sos suscriptor, te invitamos a suscribirte aquí