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Hay momentos en la historia en que la prudencia diplomática deja de ser virtud para convierte en cobardía. Durante demasiado tiempo, el mundo libre aprendió a convivir con regímenes que encarcelan, asesinan, censuran y empobrecen a sus pueblos mientras el resto del mundo los observa con resignación o indiferencia, que es peor. La política internacional se acostumbró a tolerar a las tiranías como si fueran el distintivo inevitable del paisaje humano. Pero la historia nunca permanece inmóvil y en los primeros años del siglo XXI el viejo esquema del disimulo y la indolencia, como nudo gordiano, es cortado de tajo y cuajo por Donald Trump quien empieza a llamar a los tiranos por su nombre: dictadores y criminales.
Es increíble que a esta altura de la modernidad aún persistan esos sistemas de total represión. Los regímenes de Cuba, Venezuela y Nicaragua representan esa persistencia del autoritarismo en el continente. Durante décadas estas estructuras aprendieron a sobrevivir entre sanciones simbólicas, condenas diplomáticas y una comunidad internacional que muchas veces prefirió la estabilidad retórica a la confrontación ética y moral en detrimento de los oprimidos.
Trump, con gran sabiduría, eligió otro camino. Su política exterior parte de una premisa simple pero contundente: tolerar indefinidamente a los sistemas represivos equivale, en la práctica, a legitimar su permanencia. Si una potencia democrática posee influencia global, no puede actuar como si las dictaduras fueran una anomalía inevitable del orden internacional.
La codictadora es hábil y astuta, pero jamás inteligente. La astucia sirve para retener el poder, la inteligencia, nos permite comprender cuándo una época llegó a su fin. Y esa diferencia es precisamente la que ella no alcanza a ver. Rosario prefiere terminar en Nueva York junto a Cilia Flores de Maduro antes que liberar a Nicaragua, aun sabiendo que el nuevo libertador no titubea cuando debe enfrentar a las tiranías. Los autócratas suelen compartir un defecto fatal: creen que el poder que hoy poseen será eterno. Sin embargo, la historia y el tiempo, tienen la mala costumbre de desmentirlos.
Por otra parte, el gran emancipador sabe que la nación más poderosa del mundo no puede comportarse como la más cobarde del mundo. Esta idea tiene antecedentes históricos. Durante la Guerra Fría, Ronald Reagan defendió la convicción de que las democracias no debían resignarse a la permanencia eterna de los sistemas totalitarios. Reagan habló con claridad sobre el carácter moral del conflicto entre libertad y autoritarismo.
Para bendición y esperanza de los oprimidos, décadas después, para bendición de los pueblos oprimidos, Trump retomó esa tradición de franqueza política frente a esas añejas formas de poder autoritario. No obstante, hay un punto fundamental que conviene recordar: la confrontación no se dirige contra las naciones libres. No se dirige contra democracias como Costa Rica o Suiza. La presión política se orienta hacia sistemas que restringen derechos fundamentales y concentran el poder mediante la represión y por ello les habla con el único leguaje que los tiranos de izquierda pueden entender, las balas.
Los zurdos sostienen que la confrontación aumenta las tensiones internacionales. Pero el verdadero peligro no está en desafiar a las tiranías, sino en acostumbrarse a ellas. El poder que se niega a actuar termina perdiendo su sentido y eso es algo que el gran emancipador ha entendido con mortal claridad porque cuando el poder se combina con la voluntad de confrontar a las tiranías, el orden del mundo deja de ser una cómoda rutina diplomática y se convierte en una disputa moral donde la libertad, finalmente, encuentra defensores dispuestos a sostenerla.
El autor es escritor exiliado en España.