Ortega y Murillo deberían aprender lo que Maduro no aprendió

Escuchá esta nota
0:00 / 0:00
1.0x

Lista de reproducción

  • No hay más artículos para escuchar

Los codictadores Rosario Murillo y Daniel Ortega enfrentan una realidad incómoda, pero inevitable. Estados Unidos (EE. UU.) está implementando una estrategia hemisférica más firme. La extracción militar de Nicolás Maduro y Cilia Flores en enero de 2026, el posterior embargo petrolero contra Cuba, las operaciones militares conjuntas contra grupos criminales en Ecuador y la presión diplomática sobre México para actuar con mayor contundencia contra los carteles de la droga confirman que la postura de Washington hacia la región ha entrado en una nueva fase.

Ahora vemos una creciente atención sobre Nicaragua por parte del equipo de Trump. En este contexto, es probable que los codictadores nicaragüenses reciban cada semana una atención cada vez mayor.

Nicolás Maduro aprendió esta lección demasiado tarde. Para el exautócrata venezolano hubo un momento en que las negociaciones pudieron haberlo salvado. Tuvo la oportunidad de retirarse con cierta dignidad y conservar algún grado de influencia en el futuro de Venezuela tras una transición política negociada. En cambio, el error de cálculo de Maduro cerró esa ventana y finalmente lo llevó a Nueva York, donde él y su esposa se encuentran ahora detenidos enfrentando cargos criminales. Seguramente que Maduro hoy lamenta no haber visto las señales.

Los déspotas nicaragüenses todavía podrían tener tiempo para evitar repetir el error de Maduro y Flores. Pero el tiempo, como estos últimos descubrieron, es el único activo estratégico que los líderes autoritarios nunca controlan realmente. La pregunta es si Ortega y Murillo —y especialmente sus hijos— participarán en la construcción del cambio inevitable que cada generación exige, o esperarán a que les sea impuesto con las consecuencias que ello implica.

Durante años Nicolás Maduro siguió una estrategia de resistencia. Creía —como hoy creen Ortega y Murillo— que al consolidar el control sobre las fuerzas armadas, la policía y el poder judicial, mientras reprimía a la oposición y se apoyaba en aliados como Cuba, Rusia, Irán y China, su gobierno podría resistir indefinidamente la presión externa.

Sin embargo, la comunidad internacional le presentó repetidamente oportunidades para negociar. En particular, durante los últimos 15 meses, la administración Trump ofreció a Maduro varias oportunidades para apartarse del poder de manera segura y facilitar una transición política en Venezuela.

Uno de los esfuerzos más importantes en ese sentido se produjo a través de Richard Grenell, enviado especial de Donald Trump para misiones especiales. En enero de 2025, Grenell viajó a Caracas y se reunió con Maduro en el palacio presidencial en lo que se convirtió en uno de los canales diplomáticos discretos más importantes entre Washington y Caracas. La misión de Grenell demostró que incluso después de años de confrontación, Estados Unidos todavía estaba dispuesto a explorar una diplomacia transaccional. Donald Trump dejó claro, a través de Richard Grenell, que Maduro tenía la opción de una salida pacífica.

Durante esa visita, Grenell consiguió la liberación de seis ciudadanos estadounidenses detenidos en prisiones venezolanas y ofreció a Maduro un camino diferente. No hay duda de que Grenell presentó exigencias firmes, pero incluso los venezolanos reconocieron que estaba impulsando una vía diplomática pacífica. Más importante aún, las conversaciones por ese canal discreto exploraron arreglos más amplios que podrían haber permitido a Maduro evitar un desenlace catastrófico.

Pero Maduro no negoció seriamente. Intentó extraer concesiones mientras continuaba consolidando el poder internamente. Las negociaciones se prolongaron sin avances decisivos. Finalmente, el canal diplomático se cerró, las tensiones se intensificaron y la crisis entró en una fase mucho más peligrosa que terminó con la captura de Maduro durante una operación militar estadounidense tras meses de confrontación. Para ese momento, la oportunidad de negociar una salida controlada había desaparecido. El error final de Maduro no fue negarse a hablar, sino esperar demasiado para actuar.

Daniel Ortega y Rosario Murillo ahora corren el riesgo de repetir el error de sus homólogos venezolanos en circunstancias aún menos favorables. A diferencia de Venezuela, Nicaragua no posee reservas petroleras estratégicas capaces de influir en los mercados energéticos globales. La riqueza petrolera venezolana le dio a Maduro un margen de maniobra y llevó a muchos actores internacionales a actuar con cautela ante la posibilidad de desestabilizar el país.

Nicaragua no tiene ese amortiguador. La economía del país es pequeña y su importancia geopolítica es limitada. De hecho, durante años Ortega y Murillo utilizaron estas realidades a su favor, manteniendo a Washington relativamente a distancia mediante pequeñas concesiones cuidadosamente temporizadas que les permitían ganar tiempo.

Sin embargo, en el contexto actual esas mismas condiciones hacen que la dictadura de Nicaragua sea más fácil de presionar. Las medidas internacionales pueden aplicarse con muchas menos consecuencias para la economía global.

Lo que es peor, Ortega y Murillo han cerrado sistemáticamente casi todos los canales internos que podrían facilitar una transición negociada. En la práctica han transformado el sistema político nicaragüense en una estructura autoritaria familiar.

En todo el mundo, EE. UU. ha comenzado a mostrar una mayor disposición a confrontar directamente a regímenes adversarios. Los acontecimientos relacionados con Irán, el renovado enfoque en la seguridad y los recientes eventos en Venezuela y Cuba apuntan hacia una postura estratégica más dura. Dentro de este entorno, Nicaragua aparece cada vez más como un punto pequeño, pero simbólicamente relevante dentro de una competencia geopolítica más amplia.

Las alianzas con Rusia, Irán y China ya no ofrecen las garantías que Ortega y Murillo podrían esperar. Maduro creyó que sus alianzas externas asegurarían su supervivencia. Los acontecimientos demostraron lo contrario.

Hoy Daniel Ortega y Rosario Murillo se encuentran en una encrucijada que se parece notablemente a la que enfrentaron Nicolás Maduro y Cilia Flores hace apenas unos meses. Ortega y Murillo harían bien en estudiar cuidadosamente ese desenlace y reconocer lo que es ineluctable.

×

El contenido de LA PRENSA es el resultado de mucho esfuerzo. Te invitamos a compartirlo y así contribuís a mantener vivo el periodismo independiente en Nicaragua.

Comparte nuestro enlace:

Si aún no sos suscriptor, te invitamos a suscribirte aquí