«Morir de pie: cuando nos secamos por dentro»

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Queridos hermanos y hermanas:

En los últimos domingos de Cuaresma escucharemos tres hermosos textos del Evangelio de Juan, que desde antiguo han sido considerados una catequesis para quienes recibirán el bautismo en la Pascua y para ayudar a todos los bautizados a renovar su fe bautismal: el encuentro de Jesús con la Samaritana, que presenta a Jesús como una fuente de agua viva; la curación del ciego de nacimiento, que lo presenta como la luz que cura toda ceguera; y la resurrección de Lázaro, que nos lo muestra como la vida que vence a la muerte. Los tres símbolos pascuales que nos acompañarán en la liturgia a partir de este domingo son, pues, el agua, la luz y la vida.

Hoy hemos escuchado el encuentro de Jesús con una mujer samaritana. Jesús llega a una pequeña aldea de Samaría. Es mediodía, está sediento, viene cansado del camino y se sienta junto a un pozo. En ese momento llega una mujer samaritana, anónima, de vida frágil, proveniente de un pueblo que practica una religión alejada del Señor y adora otros dioses. Esta mujer representa al pueblo de Samaría y a toda la humanidad, a cada uno de nosotros: es la esposa que se ha ido detrás de otros amores, pero que ahora Dios desea volver a conquistar y atraer con su amor.

Jesús le dice: “Dame de beber” (Jn 4,7). La mujer samaritana se asombra de que un hombre judío le pida que le dé de beber, pues judíos y samaritanos no se relacionaban. En la frase de Jesús, “dame de beber”, se revela un Dios que tiene sed, no de agua, sino de ser acogido y amado, de atraernos a su corazón y de llenarnos de vida. Tiene sed de ti y de mí; tiene sed de la humanidad. Por eso, Jesús le dice: “Si conocieras el don de Dios y quién es el que te pide de beber, tú le pedirías a él, y él te daría agua viva” (Jn 4,10).

Jesús no discute con la mujer, no la reprende ni la acusa, sino que le habla de un don: el “don de Dios”. Un don es un regalo, algo gratuito e inmerecido. Aquella mujer solo conoce el esfuerzo; su vida se caracteriza por la fatiga. Cada día debe venir a sacar agua del pozo. Jesús, en cambio, le ofrece un agua diferente, gratuita, que no brota del esfuerzo humano ni depende de las cualidades y virtudes que uno posea.

El agua que Jesús ofrece es distinta de la del pozo, junto al cual está hablando con la mujer: “El que bebe de esta agua vuelve a tener sed. Pero el que beba del agua que yo le daré, nunca más tendrá sed; el agua que yo le daré se convertirá dentro de él en un manantial capaz de dar vida eterna” (Jn 4,13-14). La mujer se entusiasma y quiere beber de esa agua. ¿Quién no desea recibir un regalo que le puede cambiar la vida para siempre? ¿Quién no se alegra al saber que lo que ha estado intentando conseguir con esfuerzo ahora se le dará como un don? A quienes hemos bebido de múltiples pozos, quedando siempre con sed, Jesús nos ofrece un “agua viva” que mana desde dentro, inundando toda nuestra existencia.

En la tradición judía, el pozo representaba la ley de Moisés, con sus mandamientos y normas, que eran como el agua que hacía florecer las buenas obras. El agua del pozo representa la religión exterior basada en el cumplimiento de la ley. Jesús, en cambio, le ofrece a la mujer una experiencia nueva. No le habla de ritos religiosos ni de mandamientos que cumplir. Le ofrece un manantial interior que hace que la vida se vuelva libre, gozosa, plena.

El agua que Jesús ofrece es el amor de Dios, como un manantial que brota incesante desde dentro, dando vida, madurándola, sanando sus heridas, haciéndola auténtica, indestructible, eterna. Es una fuente permanente que sacia nuestra sed de vida y de amor, una fuente exuberante que desborda nuestra vida y alcanza la vida de los demás. Si empezamos a dejar que brote el agua viva del Espíritu en nuestro corazón, cada uno de nosotros, aun con nuestro cántaro roto y con nuestra sed todavía no saciada del todo, podremos ser fuente de agua viva para quitar la sed de los demás, un vaso de agua fresca o una gota de esa energía de vida que es el amor de Dios.

El agua del Espíritu de Dios, que es fuerza, novedad y creatividad que actúa en la historia, también sacia la sed de justicia y paz de los pueblos. Los regímenes opresores, las estructuras sociales injustas y las formas corruptas de ejercer el poder no pueden ser eliminados solo mediante el esfuerzo humano. Solo la liberación interior de las personas puede asegurar que los procesos de liberación histórica sean auténticos. Sin hombres libres, purificados y convertidos de los ídolos, interiormente íntegros, honestos, capaces de fraternidad y respetuosos de la legalidad y de la justicia, los procesos de liberación social son precarios y, con frecuencia, reeditan nuevas formas de opresión. No basta con luchar por transformar la sociedad; es necesario dejar que Dios renueve nuestro corazón.

La fuente de agua viva que brota para dar vida es Jesús. Él es la respuesta de Dios a nuestra sed. Desde el día de nuestro bautismo, su palabra y su Espíritu actúan en nosotros, comunicándonos desde dentro una vida fuerte, luminosa y libre. Sin embargo, a lo largo de la vida, esta fuente ha ido quedando soterrada y oculta, hasta el punto de que a veces parece inexistente. Las piedras pesadas de nuestros sufrimientos, la fina arena de nuestros miedos y la basura pestilente de nuestros pecados han ido cubriendo nuestra fuente interior de agua viva. Es el momento de liberar el corazón, apartar los obstáculos y permitir que el agua vivificante de Cristo brote libremente en nuestra vida.

Hablando recientemente a un grupo de seminaristas españoles, el Papa León usó la imagen de los árboles que mueren de pie: permanecen erguidos, conservan la apariencia, pero por dentro ya están secos (Papa León XIV, Discurso a cuatro seminarios españoles, 28/2/2026). Esto puede ocurrirnos a todos. Hacemos muchas cosas: vamos y venimos, emprendemos proyectos e incluso frecuentamos la Iglesia, pero por dentro sentimos un profundo vacío y vivimos como zarandeados por la insatisfacción y la tristeza. Nos falta el contacto vivo e interior con el Señor. Cuando descuidamos la vida interior, el corazón, cuando no fluye el agua viva del amor de Dios dentro de nosotros, “todo acaba secándose por dentro hasta que, silenciosamente, se termina por morir de pie” (cf. León XIV, Ibidem).

Liberemos el corazón, dejemos que fluya la vida desde dentro. Volvamos a orar, a escuchar la Palabra de Dios y a frecuentar los sacramentos. Volvamos a la interioridad. —¿Adónde ir para adorar a Dios? pregunta la Samaritana—. ¿es sobre este monte o hay que ir a Jerusalén? La respuesta de Jesús es inesperada: no es en un monte ni en un templo, sino dentro. Y en todas partes. Eres tú el templo donde vive Dios. En tu corazón ha colocado una fuente de agua que brota incesantemente dándote vida. Dejemos que Jesús sacie nuestra sed con el agua viva de su amor. No nos conformemos con morir de pie, aparentemente vivos pero secos por dentro.

Silvio José Báez, o.c.d.

Obispo Auxiliar de Managua

Opinión libre Monseñor Silvio Báez archivo
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