Lista de reproducción
- No hay más artículos para escuchar
Hay una imagen que atraviesa la historia política como una advertencia persistente, la de la espada de Damocles suspendida por un hilo casi invisible sobre la cabeza del poderoso que cree tenerlo todo bajo control. Esa imagen resulta particularmente útil para comprender la posición actual de Nicaragua frente a la estrategia geopolítica de Estados Unidos, porque más que una promesa de salvación o una amenaza explícita de castigo, lo que hoy se cierne sobre la región es una espada que no distingue entre aliados morales y adversarios ideológicos, sino que responde exclusivamente al cálculo frío de los intereses nacionales de la potencia que la sostiene.
Estados Unidos no tiene amigos, sino intereses, y en este momento esos intereses se concentran en garantizar estabilidad regional que permita un flujo comercial conveniente frente al avance estratégico de China y, al mismo tiempo, contener la crisis migratoria que ha tensionado su política interna, todo ello bajo el prisma de una narrativa que también satisface el ego y la proyección internacional de liderazgo de su presidente. Como se evidenció en el caso venezolano donde el énfasis terminó colocándose en la reconfiguración de las relaciones energéticas y petroleras antes que en la restauración plena del Estado de derecho y el respeto irrestricto de los derechos humanos.
El mensaje implícito ha sido claro, la intervención o presión no obedece a un impulso altruista frente al sufrimiento humano sino a la defensa de intereses estratégicos, y esa lógica externa encuentra coherencia con la política interna estadounidense en materia migratoria, donde bajo el discurso de la seguridad y la legalidad se ha perseguido, hostigado y expulsado a miles de personas, muchas de ellas trabajadores que huyeron de crisis económicas o perseguidos políticos obligados al exilio, quienes hoy viven bajo el temor constante de la deportación, lo que revela una simetría inquietante entre la manera en que se gestiona la frontera doméstica y la forma en que se diseña la frontera geopolítica, ambas atravesadas por la prioridad de la estabilidad entendida como control y no necesariamente como justicia.
En ese marco debe leerse la estrategia hacia América Latina y particularmente hacia regímenes como los de Venezuela, Cuba y Nicaragua, donde más que una promesa de restauración democrática se vislumbra la búsqueda de una fisura funcional en estructuras autoritarias que permita introducir condiciones favorables a los intereses estadounidenses sin desmontar necesariamente la arquitectura del poder que ha sostenido la represión durante años; esto no constituye una acusación moral sino una descripción pragmática de la lógica de las relaciones internacionales, en las que la democracia puede convertirse en variable instrumental y no en objetivo final.
Aquí emerge un dilema ético profundo para las fuerzas democráticas que han luchado por justicia y verdad frente a crímenes de lesa humanidad, porque aceptar una apertura condicionada que preserve cuotas de impunidad puede significar aliviar la represión inmediata pero también legitimar parcialmente a quienes han erosionado el Estado de derecho, y rechazarla puede implicar quedar al margen de los acuerdos de poder que redefinan el tablero político, de modo que la espada de Damocles no solo pende sobre el régimen sino también sobre la oposición que debe decidir si se coloca debajo de ella esperando que el hilo no se rompa o si intenta tensarlo hasta forzar una transformación más profunda.
El caso venezolano ofrece lecciones elocuentes sobre los riesgos y límites de esta estrategia, ya que aun cuando existen condiciones de organización opositora, movilización interna y capacidad de documentación por parte de organizaciones no gubernamentales, el control institucional del régimen ha hecho extremadamente difícil garantizar procesos electorales y judiciales verdaderamente competitivos, y por otra parte la expectativa de que la presión externa determine la apertura depende en gran medida de la coherencia y constancia de la política estadounidense, la cual puede oscilar entre la máxima presión y el acuerdo pragmático según cambien sus prioridades energéticas o estratégicas.
Con organismos multilaterales debilitados como la Organización de los Estados Americanos y la Organización de las Naciones Unidas, cuya capacidad de incidencia ha sido cuestionada y reducida, las fuerzas democráticas han perdido espacios tradicionales de presión colectiva y han quedado a la espera de decisiones que se toman en Washington más que en sus propias capitales, lo que convierte la estrategia de dejar intacto al aparato coercitivo del régimen con la esperanza de que facilite su propia transformación, en una apuesta de alto riesgo que puede terminar consolidando un autoritarismo legitimado internacionalmente, sin haber modificado sus fundamentos represivos.
En Nicaragua el escenario es aún más complejo porque las condiciones mínimas que subsisten en Venezuela son considerablemente más débiles o inexistentes tras décadas de consolidación del sandinismo como sistema político, cultural y económico que ha penetrado transversalmente la vida nacional, y además porque los incentivos estratégicos de Estados Unidos para intervenir con intensidad son menores, lo que abre la inquietante pregunta de por qué habría de forzar una transformación profunda si puede obtener concesiones suficientes para sus intereses comerciales y geopolíticos mediante un acuerdo limitado que reduzca la influencia china y garantice estabilidad migratoria sin alterar sustancialmente la estructura de poder interna.
En ese contexto el papel de la oposición parece marginal en el corto plazo, atrapada entre dos opciones que implican costos significativos, la primera consiste en alinearse con la estrategia de fisura y aceptar una cohabitación regulada por acuerdos entre Washington y el régimen con la expectativa de ganar espacios graduales con ciertas condiciones, y la segunda implica mantenerse como fuerza crítica externa que continúe exigiendo condiciones plenas de derechos humanos y justicia aun a riesgo de ser excluida de los arreglos de poder que definan la coyuntura inmediata.
Para los nicaragüenses exhaustos por la persecución y la criminalización sostenida, cualquier alivio parcial puede percibirse como una esperanza legítima y humana, del mismo modo que en Venezuela muchos sectores prodemocráticos respaldaron la presión estadounidense porque abría una brecha frente a la represión cotidiana. Pero la experiencia demuestra que los regímenes autoritarios que conceden aperturas tácticas rara vez renuncian al uso de la fuerza como herramienta estructural de control, de modo que una distensión puede convertirse en un respiro momentáneo antes de una nueva intensificación represiva si el equilibrio de poder así lo permite.
Ante esta incertidumbre la oposición nicaragüense no puede limitarse al discurso sino que debe definir con rapidez una estrategia coherente que le permita ya sea aprovechar una eventual apertura para sembrar condiciones institucionales de largo plazo o articular una presión interna y externa orientada al desmantelamiento integral del régimen, entendiendo que quienes opten por la vía de la fisura asumirán una responsabilidad histórica en la eventual legitimación de un autoritarismo renovado si actúan movidos únicamente por beneficios inmediatos o por la resignación estratégica.
La alternativa no es simple ni heroica, pero pasa por maniobrar con astucia alrededor de los intereses estadounidenses sin perder de vista los intereses nacionales, procurando una convergencia estratégica con la agenda externa que no implique subordinación sino articulación inteligente, lo cual exige legitimidad interna, reconexión con la ciudadanía que permanece en el territorio, claridad programática sobre el modelo de gobernabilidad democrática que se aspira a construir y reglas internas sólidas que delimiten liderazgos y tareas conforme a las fortalezas de cada actor, porque solo así será posible armonizar estratégicamente ambas agendas sin diluir la esencia democrática en una transacción de poder.
Es innegable que resulta más cómodo para muchos políticos ser reposicionados por un agente externo y regresar al tablero político bajo reglas parcialmente definidas por el propio régimen, pero la historia demuestra que los cambios duraderos requieren convicción estratégica y compromiso con valores que trascienden la coyuntura, y aunque todos los actores puedan formar parte de un proceso que eventualmente desemboque en la democracia, aquellos que se conformen con una simple redistribución de cuotas estarán renunciando al mayor logro político posible que es encarnar el bien común de su pueblo.
La estrategia de Estados Unidos es, en efecto, una espada de Damocles suspendida sobre Nicaragua, no como instrumento mítico de justicia automática sino como recordatorio permanente de que el poder externo puede inclinar la balanza pero también cortar en dirección inesperada, y que bajo su filo no solo se encuentra el régimen sino también la oposición y la sociedad entera, obligadas a decidir si esperan pasivamente que el hilo se rompa o si construyen con inteligencia y legitimidad las condiciones para que, cuando la espada descienda o se retire, el país no quede nuevamente sometido al peso de un autoritarismo reciclado sino encaminado hacia una transición auténtica y sostenible.
La autora es activista exiliada, exprisionera política, politóloga y estudiante de Trabajo Social.