El pensamiento mágico no convertirá a Europa en una potencia de IA

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Una nueva narrativa cobra fuerza en Europa: el continente puede reconstruir su poder tecnológico aprovechando sus ventajas históricas en mecánica, automatización e ingeniería. Combinadas con su arraigada tradición de código abierto y modelos de IA de última generación, estas ventajas podrían convertir a Europa en una superpotencia industrial de la IA. Si bien esta visión es prometedora, ¿podrá realmente revertir el declive tecnológico de Europa?

Esta estrategia exige el desarrollo de un paradigma de IA específico, centrado en modelos más pequeños y especializados, enfoques distribuidos, colaboración de código abierto y datos industriales de alta calidad. Un informe reciente estima que solo Alemania podría liberar 1.7 billones de euros (2 billones de dólares) de potencial de alta tecnología sin explotar para 2030.

Es alentador ver cómo el pesimismo de Europa sobre su lugar en la carrera global de la IA da paso a una renovada confianza. Basándose en su experiencia en el sector, la investigación universitaria de primer nivel y las herramientas de código abierto que facilitan la interoperabilidad y la colaboración, la Unión Europea aspira a convertirse en un líder mundial en robótica, maquinaria avanzada, tecnologías aeroespaciales y de defensa, contribuyendo a forjar un futuro de la IA en el que la calidad y la especialización de los datos sean más importantes que la mera escala.

A los políticos europeos les encanta esta narrativa, que promete un resurgimiento tecnológico sin confrontación. Al aprovechar sus fortalezas, la UE puede evitar, en apariencia, desviar la demanda de los proveedores extranjeros y eludir los debates sobre soberanía que la enfrentan con las empresas estadounidenses y la administración del presidente Donald Trump.

Los resultados ya son visibles. Tras un intenso cabildeo por parte de empresas tecnológicas estadounidenses a menudo canalizado a través de los líderes politicos, han comenzado a distanciarse de la propuesta francesa de introducir un requisito de «preferencia europea» en las herramientas de política industrial del bloque. La propuesta estaba vinculada a la Ley de Aceleración de la Industria (IAA), impulsada por el vicepresidente ejecutivo de Prosperidad y Estrategia Industrial de la UE, Stéphane Séjourné, y apoyada por el presidente francés, Emmanuel Macron.

Los gigantes tecnológicos estadounidenses, que dominan la infraestructura digital europea, se han aliado con grupos industriales europeos para oponerse a la IAA, contrarrestando así la soberanía digital que varios gobiernos se habían comprometido previamente a apoyar. Sus esfuerzos, evidentes en el cambio retórico de «Hecho en Europa» a «Hecho con Europa», incluyen invocaciones selectivas de las normas de la Organización Mundial del Comercio y un giro hacia un modelo de crecimiento tecnológico «diferente» que, en última instancia, dejaría intacto el statu quo.

Si bien este camino puede parecer prometedor, Europa no puede contentarse con eliminar sus dependencias tecnológicas hablando de “nuevos modelos de arquitectura”. Desde los servicios en la nube y la conectividad hasta la columna vertebral digital (navegadores, motores de búsqueda, software de oficina y sistemas operativos), la dependencia de la UE de infraestructuras no europeas es profunda.

Esa dependencia conlleva costos reales: menor resiliencia y seguridad, pérdida de ingresos para los promotores europeos, insuficiente inversión en activos nacionales y menor capacidad para impulsar la innovación. A menos que se aborden estas debilidades estructurales, las perspectivas económicas de Europa seguirán condicionadas a la infraestructura de otros.

Europa no puede construir su futuro de IA con magia. Las ambiciones industriales, incluso las respaldadas por experiencia en el sector, datos valiosos y herramientas de código abierto, no cambiarán la condición de Europa como colonia digital de un puñado de empresas, principalmente estadounidenses. En el panorama geopolítico actual, solo la propiedad y el control de la infraestructura pueden garantizar la autonomía estratégica. El afán europeo por la soberanía tecnológica, que incluye iniciativas como EuroStack, busca abordar precisamente esa limitación estructural al liderazgo en IA industrial.

No es de extrañar que el esfuerzo de Europa por abrirse camino hacia la relevancia tecnológica haya encontrado una intensa resistencia, ya que los gigantes tecnológicos estadounidenses que han inundado el continente con su infraestructura no están dispuestos a ceder espacio a la competencia local. Esta podría ser la batalla económica decisiva de la próxima década, cuyo resultado dependerá de si Europa logra orientar su demanda hacia desarrolladores y proveedores nacionales.

La resistencia de los gigantes estadounidenses suele adoptar una forma sutil, presentando la soberanía como un complemento a la infraestructura generosamente proporcionada por los hiperescaladores estadounidenses. Nada ilustra esto mejor que el creciente número de Eventos sobre soberanía tecnológica organizados por las mismas empresas cuyo dominio está en juego. Su mensaje a Europa es inequívoco: construye lo que quieras, pero usa nuestro kit de construcción con IA.

Al mismo tiempo, las narrativas ortodoxas del libre comercio se utilizan cada vez más como arma para presionar a los gobiernos europeos que se enorgullecen de su apertura económica. Cualquier intento de dirigir la demanda europea hacia los proveedores nacionales, según el argumento, es incompatible con el Estado de derecho y las prácticas establecidas de la OMC.

Resistir estas narrativas no será fácil. En las últimas dos décadas, los hiperescaladores se han integrado en el tejido institucional europeo, construyendo… amplias operaciones de cabildeo, estableciendo asociaciones de reparto de ingresos con integradores de sistemas y ampliando su alcance en universidades, programas de investigación, consejos asesores y organismos de normalización.

La familiaridad resultante ha fomentado una especie de indefensión aprendida que sigue influyendo en las evaluaciones de riesgos en los sectores público y privado. Los marcos de contratación pública favorecen las arquitecturas existentes, consolidando los sistemas heredados como la opción predeterminada y presentando las alternativas como arriesgadas e inciertas, incluso cuando son técnicamente viables. Asimismo, las peticiones de recalibrar la demanda encuentran resistencia porque cuestionan las relaciones económicas establecidas, los hábitos institucionales y las redes de influencia de larga data.

Los responsables políticos europeos deben rechazar los intentos de replantear la soberanía como una cuestión comercial. El desafío principal es estructural: la demanda, las instituciones y los ecosistemas se han configurado de maneras que refuerzan la dependencia, y ahora necesitan ser rediseñados.

Dado que las industrias crecen donde existe una demanda sostenida y direccionable, el desarrollo de la capacidad productiva requiere herramientas orientadas a la demanda, incluyendo mecanismos de preferencia local. Parafraseando al juez de la Corte Suprema de Estados Unidos, Robert Jackson, las normas comerciales no son un pacto suicida. Toda gran economía busca un equilibrio entre el cumplimiento y las prioridades estratégicas nacionales, y la UE debería hacer lo mismo.

Esto es especialmente cierto en el caso de la infraestructura digital. Lejos de ser insumos comerciales neutrales, se trata de sistemas críticos que se entrelazan con la administración pública, la defensa y la vida económica. La resiliencia y la capacidad a largo plazo deben primar sobre la eficiencia.

Sobre todo, los constructores europeos deben recuperar un papel significativo en su propio mercado. Los líderes políticos no pueden hablar de soberanía y luego retirarse a la primera señal de presión de los grupos de presión. Forjar un futuro impulsado por la IA requiere desarrollar una capacidad productiva duradera y canalizar la demanda hacia los proveedores nacionales. En un momento en que las grandes potencias está aplicando políticas industriales agresivas, la UE no puede permitirse el lujo de permanecer al margen.

La autora es presidenta de la Fundación Industrial EuroStack y cofundadora y vicepresidenta de la Red de Políticas de Investigación de Competencia en el Centro de Investigación de Política Económica.

Derechos de autor: Project Syndicate, 2026.
www.project-syndicate.org

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