Las barbas del ayatolá

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Dice un viejo refrán popular español, que cuando arden las barbas del vecino hay que poner las propias a remojar.

Según los paremiólogos (que son las personas que estudian y explican el significado de los refranes, proverbios, sentencias, aforismos y adagios populares), lo que significa el refrán acerca de las barbas que se queman, es que cuando alguien cercano sufre una desgracia, o un grave problema, hay que tomar las precauciones necesarias porque se podría ser el siguiente.

Cabalmente esa es la situación de los dictadores de Nicaragua, Daniel Ortega y Rosario Murillo, ante los mortíferos bombardeos de Estados Unidos (EE. UU.) e Israel contra Irán, cuya primera e inmediata consecuencia mortal y política de enorme trascendencia ha sido la muerte del ayatolá Alí Jameneí, quien era el archicriminal tirano iraní.

Lo cierto es que el mundo libre ha recibido con satisfacción la noticia de la muerte del despótico ayatolá Jameiní, porque se considera que ha abierto la posibilidad real de que Irán pueda convertirse en un país y una nación libre y democrática.

Desde que se produjo la Revolución Islámica de 1979, Irán ha sido gobernado por un régimen teocrático de fanáticos religiosos que concentra el poder en el líder supremo y no permite las libertades políticas, la democracia y el Estado de derecho, ni siquiera reconoce la dignidad de las mujeres.

En enero de 2026 hubo en Irán una de las mayores olas de protestas populares en décadas, impulsada por la crisis económica y el rechazo al sistema político. Pero la represión del régimen fue extremadamente violenta y criminal. Algunas ONG estiman que el número de muertos por la represión superó los 30,000 debido al uso masivo de armas de fuego contra manifestantes. La represión fue tan monstruosa, que el mismo régimen reconoció la cifra de 12 mil víctimas mortales de la matanza, ordenada y supervisada personalmente por el ayatolá Alí Jameiní. Por eso decimos que el mundo libre ha visto con satisfacción la muerte del déspota iraní.

Hasta ahora la tiranía teocrática de Irán es o ha sido una de las principales y más estrechas aliadas estratégicas de la dictadura de Nicaragua, junto con las de China, Rusia, Cuba y Venezuela. Sin embargo, el sistema de alianzas internacionales de los Ortega y Murillo se comenzó a quebrantar en este año.

A partir del 3 de enero pasado, EE. UU. comenzó a atacar existencialmente a dos de las tres dictaduras anacrónicas que quedan el hemisferio occidental, las de Venezuela y Cuba. Y ahora lo está haciendo contra la de Irán. Solo la dictadura de Nicaragua se ha librado, por lo menos hasta ahora, de la ofensiva estadounidense para poner fin a las dictaduras de esos países.

Primero fue la de Venezuela, cuando el 3 de enero pasado EE. UU. bombardeó lugares estratégicos de ese país y extrajo por la fuerza al dictador Nicolás Maduro y su esposa y cómplice, Cilia Flores, quienes ahora son juzgados en una corte de justicia de Nueva York.

La dictadura de Venezuela no ha sido desmontada, solo descabezada, pero el país está cambiando positivamente poco a poco, mientras que el gobierno sucesor de Nicolás Maduro ha debido someterse a las instrucciones de EE. UU.

Poco después, en febrero recién pasado EE. UU. declaró un bloqueo petrolero a la dictadura de Cuba, con el declarado propósito de hacer colapsar al régimen y obligar a su dirigencia a negociar una rendición pacífica.

De manera que ahora, por lo que está ocurriendo en Venezuela, Cuba e Irán, los Ortega y Murillo deben estar poniendo sus barbas en remojo en Nicaragua. Serían tremendamente insensatos si no lo hicieran.

La verdad es que a Ortega y Murillo le resultaría más fácil o menos difícil y costoso que a Venezuela, Cuba e Irán, ceder para que Nicaragua pueda volver a la libertad y la democracia. Incluso, hay un buen acuerdo de transición del régimen con la oposición, que se acordó en 2019, pero el régimen no quiso cumplir. Además, ahora varios grupos opositores han presentado públicamente propuestas concretas y viables sobre la hoja de ruta que se debería seguir para poner fin sin traumas a la dictadura.

Ojalá que Ortega y Murillo reflexionen, incluso por el bien personal y familiar de ellos mismos. Si no lo hacen, de todas maneras el cambio vendrá porque es inevitable, solo que con mayores costos que se podrían evitar si los dictadores reconocen que las barbas de sus vecinos están ardiendo. Y que por lo tanto deben remojar las propias.

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