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El lunes pasado reaparecieron los codictadores seniles, Ortega y Murillo, durante la entrega de 180 microbuses chinos vendidos (no donados) por la empresa Yutong, que serán entregados con financiamiento a empresarios de transporte para fortalecer el transporte interurbano en Nicaragua.
En un discurso caracterizado por su lentitud y transmitido como de costumbre en cadena nacional, Ortega se deshizo en alabanzas a la República Popular de China, representada por su embajador en Managua, Qu Yuhui, pero calificó a los chinos de Taiwán —país con el que rompió relaciones el 10 de diciembre de 2021— de “basura taiwanesa”.
Sin embargo, el octogenario codictador no explicó por qué no rompió relaciones con la República de China Taiwán cuando asumió la Presidencia en enero del 2007 y permitió que su gobierno se mantuviera recibiendo cooperación de la “basura taiwanesa” por 15 años, hasta que decidió lanzarse a los brazos de la República Popular de China, país al que hoy califica como “guiado por los principios de amor a la paz, y por amor a la solidaridad”.
Tampoco explicó que los buses Yutong no son un regalo solidario del gobierno y la empresa china, sino un negocio (compra del Estado) que deberá ser pagado con creces por los concesionarios transportistas; en cambio la cooperación de la “basura taiwanesa” era en la forma de millones no reembolsables y donaciones entre las que figuraban los uniformes del Ejército de Nicaragua y la Policía Nacional.
Tratando de explicar su aplastante derrota electoral en 1990 ante mi madre, Violeta Barrios de Chamorro (a quien no mencionó), la atribuyó a la guerra y al presidente Reagan quien en su senil imaginación era el candidato opositor: “Imagínense, un río de muertos en un país con una pequeña población, un país con extrema pobreza y al final cuando venían las elecciones entonces Reagan dijo: ‘Si votan por los antisandinistas habrán más armas y vamos a derrocarlos. Si votan por los sandinistas la guerra va a continuar’. Es decir, el pueblo tenía que votar con una pistola en la cabeza y eso explica por qué, buena parte de la población votó por Reagan, porque aquí era la elección entre Nicaragua y Reagan”.
Ortega se aprovecha de que la mayoría de la población son jóvenes que ignoran la historia y no habían siquiera nacido en 1990.
Para comenzar, en 1990 el presidente de los Estados Unidos no era Ronald Reagan, sino George Bush, quien había cortado el flujo de armas a la Resistencia Nicaragüense, forzándola a iniciar un proceso de negociaciones para la desmovilización, de acuerdo con el Plan de Paz Esquipulas II firmado por los presidentes centroamericanos.
Más aún, asumiendo que en las elecciones de 1990 Ortega competía contra el propio Reagan y perdió por el fantasma de la continuación de la guerra, su disparatada tesis no explicaría por qué perdió también dos elecciones seguidas 1996 y 2001 contra Arnoldo Alemán y Enrique Bolaños respectivamente, ya con el país en paz y la Contra totalmente desmovilizada desde el gobierno de Violeta Barrios de Chamorro.
Es más, el expresidente Ronald Reagan ya estaba entonces completamente retirado y muy enfermo de Alzheimer, hasta su fallecimiento el 5 de junio de 2004, así que no pudo ser su ilusorio contrincante en estos procesos electorales.
El otro dato que saca de la manga Ortega para justificar su derrota electoral en 1990 es que Nicaragua era un país en pobreza extrema, lo que no dice es que él fue el principal causante de la debacle económica de los 80 al estatizar la economía confiscando miles de empresas y destruyendo la base productiva de una nación próspera hasta convertirla en la nación con la mayor hiperinflación del mundo y la más pobre del continente americano junto con Haití.
Otra de las causas a las que atribuye Ortega su derrota electoral es lo que llamó el “río de sangre” que por 10 años produjo la lucha insurreccional en Nicaragua y aquí en parte tiene razón. En donde no la tiene, son las causas que provocaron la guerra civil.
En breve: la imposición de un régimen totalitario y la conculcación de todas las libertades ciudadanas; las confiscaciones masivas en el campo y la ciudad; la centralización y destrucción de la economía; el alineamiento con Cuba y la URSS; la ausencia de procesos electorales libres y transparentes; la persecución de las minorías étnicas: miskitos, sumos, ramas y creoles; el exilio masivo de los nicaragüenses; la persecución a la Iglesia católica; el adoctrinamiento político en las escuelas y la imposición del Servicio Militar obligatorio para defender a la nueva dictadura. Fue una la traición a los principios proclamados por la Revolución Sandinista.
Por su parte, la codictadora Rosario Murillo afirmó aparentemente a manera de advertencia, que muchos críticos del régimen en el exilio “tienen familias en Nicaragua que viven seguros”, obviando mencionar que cientos de familiares han sido forzados al exilio y a la apatridia de facto, precisamente por el solo hecho de ser familiares de opositores que han sido expatriados.
Luego hizo una exaltación de lo agradecidos que son los nicaragüenses (por lo de los buses chinos), entrando en absoluta contradicción con las anteriores palabras de su esposo codictador, quien como señalamos al inicio, calificó de “basura taiwanesa” a los chinos de Taiwán, que por 15 años le brindaron abundante e incondicional cooperación durante sus dos primeros gobiernos.
El autor es periodista, político y escritor nicaragüense, ex preso político desterrado y autor del libro testimonial “Destinos heredados” y “Un cauce hacia la democracia”. En 1988 fue miembro del Directorio de la Resistencia Nicaragüense y en 1991-92 embajador de Nicaragua en la República de China Taiwán.