Cientos de nicaragüenses que migraron a Estados Unidos han tenido que vivir el duelo a distancia sin estar cerca de los suyos. Foto: Iván S/Pexels

Cientos de nicaragüenses que migraron a Estados Unidos han tenido que vivir el duelo a distancia sin estar cerca de los suyos. Foto: Iván S/Pexels

“No pude despedirme cuando ella se fue”. El duelo que viven los migrantes nicaragüenses

Tres historias de nicaragüenses que migraron y perdieron a sus familiares mientras buscaban una vida lejos de casa

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La tarde del miércoles 19 de noviembre de 2025, el nicaragüense José Manuel Salgado, de 32 años, estaba trabajando en las remodelaciones de una casa en Baltimore, en Maryland, cuando recibió una llamada de su hermano que le heló el cuerpo. Su mamá, María José Reyes había muerto. “Yo presentía que era eso, que se me había ido mi madre, solo dije: ‘Aló’, y lo escuché llorar, no ocupé más, yo sabía que era eso”, cuenta Salgado a LA PRENSA.  

A su mamá le habían diagnosticado cáncer de páncreas en agosto de 2024 y ya llevaba casi un mes en cama para cuando murió. Lo más duro, cuenta Salgado, es que sabía que no iba a poder despedirla. La última vez que la vio había sido hace 10 años, cuando se despidió para irse a Estados Unidos en busca de mejores oportunidades económicas para su familia. “Lo primero que se me vino a la mente fue cuando me despedí de ella hace diez años, le dije que la vería pronto, que se cuidara y que la quería mucho. No quise decir más nada porque no me gustaban las despedidas y al final no pude despedirme cuando ella se fue”, dice.  

Su historia es la de cientos de nicaragüenses que han migrado, perdido a sus familiares y no han podido despedirse. Nicaragüenses que han tenido que vivir el duelo a distancia sin estar cerca de los suyos.  

Whitney D’León Núñez, psicoterapeuta psicosocial e investigadora en temas de memorias y migración, asegura que el duelo cuando se vive a la distancia puede activar dolores distintos. “La distancia transforma el duelo y le da sus propios matices. No solo se trata de la pérdida de la persona, sino también de la limitación para participar en los rituales, para acompañar a la familia o estar en los espacios donde ocurrió la despedida”. 

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Para la especialista, toda pérdida puede derivar en un proceso de duelo, pero quien pierde a un ser querido después de haber migrado, añade un dolor que se une a otras pérdidas. “Cuando alguien ha migrado, ya suele estar atravesando múltiples pérdidas: culturales, familiares, identitarias. Entonces, esta muerte no llega sola; se entrelaza con esa cartografía previa de duelos que ya están presentes”, explica. 

Una despedida por videollamada  

La leonesa Diana Sofía Palma, de 30 años, se fue a Miami en 2023 con el parole humanitario. Llevaba menos de un año en Estados Unidos cuando el 11 de agosto de 2024 su mamá la llamó para decirle que su hermana Reyna Palma, de 36 años, había muerto. Su hermana padecía de Insuficiencia Renal Crónica. “A mí me tomó por sorpresa la muerte de mi hermana porque a mí mi mamá no me había dicho que ella estaba malita”, dice.  

“Recuerdo que mi mamá me llamó llorando y yo solo le decía: ‘Pero qué le pasa’ Y ella solo me decía llorando, ‘la Reyna hija, la Reyna’. Yo con mis orejas frías seguía sin saber y le pregunté: ‘¿Está enferma?’ Ella me dijo, ‘Se me murió, se me murió’ y sentí como un retortijón en el estómago y le dije: ‘¿Cómo se va a morir la Reyna?’ y mi mamá solo lloraba y gritaba. Colgué la llamada y llamé a mi cuñado, ahí él con más calma me dijo que mi hermana había muerto y que no me habían querido decir que estaba malita para no preocuparme”, cuenta. 

Palma se despidió de su hermana a través de una videollamada. “Pasé en videollamada con mi mamá en la vela y el entierro. Pasé llorándola como una semana, todos los días miraba los mensajes que teníamos”, relata. Así mismo se despidió de su madre José Manuel Salgado, en una videollamada.  

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“Podés resignificar esos rituales desde lo que te permite la virtualidad, pero no necesariamente sustituye la experiencia compartida física, ni el lugar que ocupa el cuerpo cuando habitás el ritual estando ahí. La vela y el funeral son momentos que dialogan con nuestro sentido de realidad. A través del cuerpo, y del lugar que ocupa en esos espacios, se organiza un mensaje claro: ‘esto está ocurriendo de verdad’. Cuando no podemos asistir, puede aparecer confusión o una mayor dificultad para integrar la pérdida en el momento en que sucede”, explica la especialista.  

“Fue una sensación de irrealidad” 

El periodista Houston Castillo perdió a su mamá en agosto de 2022. Un año antes, había salido del país y se había exiliado en Costa Rica. Su mamá murió de un accidente cardiovascular. “La primera noticia que recibí fue de mi hermano. Estaba llorando. Al inicio te cae como que ‘irreal’, como que es mentira lo que pasó. El hecho de estar lejos era como insignificante en ese momento porque el dolor es tan fuerte que me bloquee en ese momento”, cuenta el periodista, quien actualmente vive en Nebraska, Estados Unidos.  

Castillo sí pudo despedirla, aunque consideró no hacerlo por el riesgo que implicaba regresar a Nicaragua. Entró de forma irregular. “Sentí que era algo irreal. Llegué al funeral, me llegué a encerrar en un cuarto y estuve ahí, luego en el funeral iba en un carro detrás del carro fúnebre de ella y fue una sensación igual de irrealidad, de negación”, cuenta. Ese mismo día se regresó a Costa Rica, durmió en la frontera.  

Fotografías en memoria de la mamá del periodista Houston Castillo que conserva en su casa en Nebraska, Estados Unidos. Foto: Cortesía

El recuerdo de la última vez que el nicaragüense vio a su mamá con vida fue el día que se iba al exilio. Se vieron, comieron y el periodista se despidió de su mamá con un abrazo y un beso. “No le dije palabras efusivas porque en teoría estaría fuera por tres meses, hasta que las aguas se calmaran. Pero se puso más intensa la situación y ya no regresé a Nicaragua”, cuenta.  

“A veces me pasa de que yo usualmente hablaba mucho con ella los fines de semana, entonces digo: ‘Ay, quiero hablar con mi mama, quiero decirle tal cosa, quiero escucharla’ y te cae el guante de que ya no está y usualmente ahora hablo con mi papa y él me hace videos y para mí es muy difícil ver la casa, tal vez él me está enseñando la cocina y pensás de que va a salir en algún momento ella, entonces no verla sí es muy difícil”, comenta Castillo. 

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“He pasado momentos muy difíciles, depresivos, he llorado bastante. A veces son episodios de llantos repentinos, como cuando voy en el carro, o tal vez son momentos muy buenos que he vivido y se me viene a la mente de que ‘ala, me hubiese gustado que mi mama viera esto o contarle a mi mama que me fue bien en tal cosa’”, dice.  

La culpa 

Según  D’León Núñez, los migrantes que pierden a un ser querido suelen sentir culpa por no estar presentes en un momento tan doloroso. “En el duelo migrante, la culpa puede manifestarse con mucha intensidad. La culpa por no haber ido, por no haber estado, por no haber logrado regresar. La culpa por no haber acompañado una enfermedad prolongada o por no haber podido sostener el proceso de cerca. Incluso pueden surgir reproches por situaciones que estaban fuera de nuestro control”, afirma. 

Palma reconoce ese sentimiento cuando le avisaron que su hermana había muerto. “Si yo hubiera estado allá, la hubiera cuidado, habría estado pendiente de ella, de sus medicamentos y eso. También me sentí culpable porque sé que ella hubiera querido despedirse de mí y no pudimos”, dice.  

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“Lloro pensando en cuando íbamos a las fiestas juntas, cuando peleábamos por la ropa, esas cosas que uno quizás piensa que son tontas, pero a mí me golpean más al saber que ya no la tengo conmigo”, reconoce.

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