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Queridos hermanos y hermanas:
El domingo pasado escuchamos a Jesús proclamar las bienaventuranzas, que revelan un nuevo modo de comprender e interpretar la vida según la lógica de Dios, un modo de existir que nos hace más humanos y felices. Hoy Jesús se dirige a quienes hemos elegido vivir las bienaventuranzas, asegurándonos que no nos hemos equivocado, seremos felices, y que, gracias a nosotros, la tierra ya no será la misma y el mundo ya no estará a oscuras (cf. León XIV, Angelus, 8/2/2026).
Jesús nos llama a ser “sal de la tierra” (cf. Mt 5,13). La sal da sabor a la comida y, en tiempos de Jesús, cuando no había frigoríferos, servía también para conservar los alimentos y evitar que se estropearan. Nosotros, como cristianos, estamos llamados a dar sabor a la vida y preservar lo bueno en el mundo. Viviendo como Jesús –pobre, misericordioso, manso y humilde, sediento de paz y justicia–, daremos nuevo sabor al mundo. Al mismo tiempo, evitaremos que los gérmenes contaminantes del egoísmo, la envidia, y la maldad se arraiguen en la convivencia (cf. Francisco, Angelus 5/2/2017).
La sal transforma los alimentos. Los hace gustosos y realza los distintos sabores. Sin sal, los alimentos no saben del todo bien, la comida se vuelve sosa, desabrida. Los cristianos debemos hacer gustosa la vida de los demás, sazonando la convivencia con gestos de consuelo, misericordia y verdad. Los demás deberían saborear la presencia bondadosa de Dios a través de nuestra vida y sentir que su existencia, quizás aburrida, triste o dolorosa, adquiere nuevo sentido y se llena de esperanza y de alegría.
Como “sal de la tierra”, los cristianos debemos impedir que la historia se corrompa, se pudra. Somos sal de la tierra si tenemos un corazón limpio, renunciamos a ser cómplices de los corruptos y luchamos para que en la convivencia prevalezca la honestidad y la verdad. Somos sal de la tierra si no somos esclavos de los ídolos del poder o del dinero que corrompen y producen marginación y miseria. Somos sal de la tierra cuando buscamos caminos de paz y de justicia, estamos de parte de las víctimas del poder injusto y defendemos la dignidad humana. También lo somos cuando no nos dejamos dominar por la irracionalidad y la violencia, sino que actuamos con compasión y bondad, sembramos esperanza y promovemos la unidad.
Jesús nos advierte que “la sal se puede volver insípida” y, entonces, “ya no sirve para nada y se tira a la calle para que la pise la gente” (cf. Mt 5,13). Sería doloroso que perdiéramos el gozo de dar sabor a la vida. Alguna vez nos podemos sentir insípidos, incapaces de contagiar la fe en Jesús y el gozo de creer en él. Algunos podrían llegar a pensar que deberían ser desechados como la sal cuando ya no tiene sabor.
No nos quedemos en la superficie, no somos solo un áspero vaso de barro o un poco de sal inservible. Busquemos en profundidad. Siempre descubriremos en el fondo del corazón un puñado de sal, con sabor nuevo y cristalino. Siempre podemos volver a sazonar la vida con una existencia que muestre la fuerza y la esperanza de Jesús. Dios no nos tirará ni desechará. Él es un Padre que nos cuida y nos hace renacer siempre de nuevo.
En el evangelio de hoy Jesús también nos dice: “Ustedes son la luz del mundo” (Mt 5,14). Todos necesitamos la luz: ella nos permite ver la realidad, distinguir los objetos, orientarnos sin tropezar. Un mundo de tinieblas no sería un mundo humano. En la Biblia, la luz fue la primera obra de la creación de Dios (Gen 1,3). Un salmo nos recuerda que la luz es como el vestido de Dios, que lo envuelve con esplendor (Sal 104,1-2). En el Nuevo Testamento la luz revela el misterio de Dios: “Dios es luz, y no hay en él oscuridad alguna” (1 Jn 1,5), y Jesús dice: “Yo soy la luz del mundo, el que me sigue no camina en tinieblas” (Jn 8,12).
Estamos llamados a ser luz del mundo, pero no con luz propia: hemos sido iluminados por Jesús y es su luz la que debemos reflejar ante los demás. Su luz brilla a través de nuestra vida: “Brille la luz de ustedes delante de los demás para que, viendo sus buenas obras, den gloria al Padre de ustedes que está en los cielos” (Mt 5, 16). No se trata de fariseísmo ni exhibicionismo, sino de coherencia. Somos luz del mundo si vivimos las bienaventuranzas y las mostramos como camino de vida y felicidad.
Iluminamos el mundo a través de nuestra vida sencilla y honesta, con nuestra ternura con los más frágiles, nuestra capacidad de perdonar siempre, nuestra incansable lucha por la justicia y nuestros esfuerzos por crear puentes que lleven a la paz. Esta luz no se debe esconder, ni dejar que se apague. No debemos conformarnos con tener una fe superficial, un corazón apagado y una existencia opaca.
La primera lectura de hoy del profeta Isaías habla de gestos concretos que hacen brillar la luz en el mundo. La luz brilla a través de la caridad hacia los más pobres: “Comparte tu pan con el hambriento, abre tu casa al pobre sin techo, viste al desnudo y no des la espalda a tu propio hermano. Entonces surgirá tu luz como la aurora” (Is 58,7-8). La luz brilla también cuando se desvanecen las tinieblas de la opresión y la injusticia: “Cuando renuncies a oprimir a los demás y destierres de ti el gesto amenazador y la palabra ofensiva (…), brillará tu luz en las tinieblas y tu oscuridad como el mediodía” (Is 58,9-10).
Hay muchas tinieblas en el mundo que debemos iluminar con la luz del evangelio. Somos luz del mundo cuando desenmascaramos las tinieblas del poder despótico y cruel, que amenaza, intimida y oprime. En cambio, dejamos de iluminar y nos volvemos tristes personas apagadas si vivimos de espaldas a la realidad, si permitimos que el pesimismo y el miedo vayan carcomiendo la esperanza, o dejamos que las ideologías prevalezcan sobre nuestra fe. Debemos ser faros de esperanza en un mundo que a menudo parece dominado por la oscuridad.
Estamos llamados a ser sal de la tierra y luz del mundo. Esa es nuestra misión como discípulos de Jesús: preservar la vida y darle sabor, ser testigos del evangelio e iluminar con su luz. Cuando nos sintamos insípidos o apagados recordemos que no estamos solos en esta misión. El Señor es nuestra fuerza y nuestra luz. En el pan eucarístico encontramos siempre el sabor del amor y la luz de la libertad de Jesús. Por eso, como nos recomendó hoy el Papa, alimentémonos de él, que nunca perdió su sabor ni dejó de ser luz. En comunión con Jesús, daremos nuevo sabor a la historia, irradiaremos la luz de Dios en el mundo y haremos mejor nuestra vida y la de los demás.
SILVIO JOSÉ BÁEZ, o.c.d.
Obispo Auxiliar de Managua