Nicaragua y China, reyes de las purgas

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En los regímenes autoritarios, la purga no es una anomalía extraña sino una constante. Aparece cuando el poder deja de confiar en su propia arquitectura y comienza a temerla. Nicaragua ha entrado de lleno en esa fase. Lo que hoy se presenta como disciplina, defensa de la soberanía o limpieza moral es, en realidad, la expresión de un miedo profundo: el miedo a cualquier forma de autonomía social, política o simbólica.

El proceso nicaragüense no se limita a la represión de una oposición externa. Eso sería, dentro de su lógica, lo esperable. Lo verdaderamente revelador es la purga hacia dentro: antiguos compañeros, cuadros históricos, militantes de confianza, empresarios aliados, referentes culturales, universidades, medios, organizaciones religiosas. El mensaje es inequívoco: nadie es intocable, nadie está a salvo, nadie conserva legitimidad propia fuera del núcleo del poder. Cuando un régimen empieza a destruir sus propios vínculos, es porque ha decidido sustituir la lealtad compartida por el temor individual.

Bajo el mando de Daniel Ortega, el Estado ha dejado de ser un espacio de mediación para convertirse en un instrumento personal. La legalidad no desaparece; se transforma en arma. Las leyes ya no ordenan la convivencia, sino que justifican la exclusión. La acusación cambia según convenga —traición, lavado, conspiración, terrorismo—, pero el resultado es siempre el mismo: despojo, silencio y exilio. La purga no busca corregir conductas, sino borrar presencias.

Aquí el paralelismo con China ayuda a entender la lógica, aunque no el impacto. En China, bajo Xi Jinping, las purgas se envuelven en un lenguaje técnico y se ejecutan con opacidad. En Nicaragua, en cambio, son visibles, abruptas y a menudo grotescas. La diferencia no es ideológica, sino de escala y de recursos. China puede permitirse la sofisticación del silencio; Nicaragua recurre a la pedagogía del escarmiento. Pero el mecanismo es el mismo: concentración extrema del poder y eliminación de cualquier intermediación social.

Lo decisivo es entender por qué ocurre ahora. Las purgas no se intensifican cuando un régimen está seguro, sino cuando percibe que su legitimidad se erosiona. En Nicaragua, el agotamiento económico, el aislamiento internacional y la ruptura del consenso social han reducido el margen de maniobra. Ante esa fragilidad, el poder no dialoga: depura. No persuade: intimida. No integra: expulsa. El Estado deja de gobernar para vigilar.

Hay, además, un elemento particularmente grave en el caso nicaragüense: la destrucción deliberada de la memoria política común. Al perseguir a antiguos aliados y reescribir el pasado reciente, el régimen no solo elimina adversarios; desarticula la posibilidad misma de una reconciliación futura. Quien hoy es declarado enemigo nunca fue compañero, nunca tuvo mérito, nunca representó nada. La historia se reescribe en tiempo real para justificar el presente.

Esta dinámica tiene consecuencias profundas. La administración se empobrece, porque la competencia cede ante la obediencia. La sociedad se atomiza, porque la confianza se vuelve peligrosa. El talento emigra, porque el mérito no protege. El régimen sobrevive, pero el país se vacía. La purga, presentada como defensa del orden, termina siendo una máquina de desgaste nacional.

Por eso el paralelismo con otros regímenes cerrados no relativiza el caso nicaragüense; lo agrava. Nicaragua no es China. No dispone de colchones económicos, ni de peso geopolítico, ni de capacidad para absorber el costo de la mediocridad impuesta. Cada purga no solo refuerza el control inmediato; acelera el deterioro estructural. El miedo puede sostener un poder durante un tiempo, pero no construye futuro.

Las purgas, en última instancia, delatan una renuncia: la renuncia a convencer. Cuando un régimen ya no cree posible gobernar mediante acuerdos, instituciones o legitimidad compartida, opta por la depuración permanente. Ese camino no corrige el rumbo; lo congela. Y los sistemas congelados no caen de golpe, pero se quiebran por dentro.

Nicaragua vive hoy ese momento. No el del colapso inmediato, sino el de la clausura. Y la historia enseña que cuando un poder se dedica a purgar sin descanso, no está asegurando su permanencia, sino certificando su miedo al mañana.

El autor es escritor nicaragüense exiliado en España.

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