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Día a día se incrementa la presión política interna y externa sobre el régimen Ortega-Murillo, y cada paso que da reduce aún más su margen de maniobra para la sobrevivencia en el corto plazo. La comunidad internacional y la oposición democrática siguen muy de cerca cada una de sus movidas, conscientes de que su salida parece ya una cuestión de tiempo: días, semanas acaso.
Este es el momento de abrir las válvulas de la política y plantear un diálogo sin cortapisas, sin preámbulos vacíos, sin mojigaterías y sin los complejos que llevan a negar una realidad que se ha vuelto inocultable. Ellos también lo saben. Un fantasma recorre hoy el corazón del poder en El Carmen, en la aparentemente apacible Managua: la unidad política de la oposición, particularmente de la derecha democrática.
De no ver esta ruta los copresidentes y asesores del régimen la fatalidad puede alcanzarlos en cualquier momento, tomando en cuenta que a la presión geopolítica ejercida por Estados Unidos y otros actores internacionales se suma un factor nuevo y disruptivo: por primera vez en muchos años, la oposición política comienza a avanzar —con tropiezos, sí, pero con firmeza— hacia un horizonte de unidad.
Esa unidad, pese a las disonancias entre partidos, la mole dispersa de la sociedad civil y los sectores indecisos que suelen declararse “apolíticos”, ya existe en el imaginario colectivo.
La ciudadanía desea, de manera latente, que esta crisis termine y que el país retorne a la estabilidad, a la tranquilidad cotidiana, a la convivencia pacífica y al reencuentro nacional. Esa convivencia que se extravió en 2007, no solo por los abusos de poder del sandinismo, sino también por los pactos vergonzosos, la corrupción desmedida y el abandono de la política por parte de una clase dirigente y de una sociedad sin beligerancia, que dejó el terreno libre a los malos políticos.
Nicaragua ya vivió una experiencia similar. La memoria cívica recuerda 1990, cuando el sandinismo fue derrotado en las urnas mediante una alianza inédita de fuerzas ideológicas opuestas. Aquella melcocha unitaria —que reunió a comunistas, conservadores, liberales y socialdemócratas— fue posible al final de la Guerra Fría, en medio de una sociedad militarizada y marcada por una guerra reciente. Si aquello ocurrió bajo condiciones mucho más adversas, ¿qué justifica hoy la duda o la parálisis frente a la posibilidad de un nuevo acuerdo nacional?
Daniel Ortega está obligado a abrir las compuertas del diálogo político. No necesariamente deberá ser él el interlocutor directo; este puede surgir de su propio entorno. La oposición, por su parte, debe asumir su papel como una fuerza política real y no como una suma de artificios mediáticos o ejercicios de autoafirmación digital. Todos los actores —incluidos los no tradicionales— tienen un papel que jugar en esta causa de liberación nacional, tan necesaria como impostergable.
La sociedad civil, especialmente, enfrenta el desafío de abandonar su histórica alergia a la política. No puede seguir confundiendo neutralidad con irrelevancia. Algunos de sus referentes parecen más interesados en la construcción de perfiles personales que en la acumulación de fuerza colectiva, proyectándose incluso en medios cercanos al sandinismo disidente, sin advertir que ese camino no conduce a una transición democrática real.
Mientras tanto, la comunicación entre generaciones políticas, entre el exilio y quienes permanecen dentro del país, avanza con mayor fluidez. Sin financiamiento, sin estructuras formales y muchas veces sostenida apenas por teléfonos móviles y recargas mínimas, esa red crece alimentada por la convicción de que esta larga noche —provocada por el sandinismo y también por sectores de la derecha que no estuvieron a la altura de la historia— no puede ser eterna.
El empresariado, por cierto, guarda por ahora un silencio sepulcral. Tampoco el Ejército ha dado señales convincentes respecto a su profesionalización y razón de ser. No así los campesinos, los profesionales, las mujeres, los jóvenes y amplios sectores populares que, alentados por dirigentes políticos dispuestos a asumir riesgos personales, se la juegan —como decimos popularmente— cuando se le mete el diente con fuerza y entereza a una causa.
Siguen pendientes la reapertura de las personerías jurídicas arbitrariamente canceladas, la devolución de la representación legal del histórico Partido Liberal Independiente, la liberación de todos los presos políticos —incluidos Manuel Urbina Lara y los dirigentes de Yatama—, la restitución plena de las libertades públicas y la realización de elecciones libres este próximo 8 de noviembre.
Si el régimen realmente interpreta los signos del tiempo, entenderá que el fantasma de la unidad política ya no es una metáfora ni una invención surrealista. Está ahí, recorre El Carmen, se expande por toda Nicaragua, pica y se extiende y cruza fronteras. La historia demuestra que cuando los fantasmas salen, también exigen cuentas.
El autor es escritor y periodista nicaragüense exiliado en Estados Unidos. Columnista internacional y vocero del PLI histórico en el exterior.