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Se ha informado y denunciado que la dictadura de Nicaragua ha prohibido de hecho la predicación pública del Evangelio. La información indica que la Diócesis de León de la Iglesia católica de Nicaragua (que en su jurisdicción territorial comprende los departamentos de León y Chinandega), programó la predicación pública del Evangelio durante los fines de semana, fuera de los templos y directamente en los hogares familiares. Esto sería parte del programa del “Año Eclesiológico en camino a la celebración de los 500 años” de la creación de la Diócesis de León.
La prédica del Evangelio fuera de los templos se realizó sin problemas el fin de semana del sábado 17 y el domingo 18 de enero, pero en el siguiente los evangelizadores ya no pudieron salir a las calles para cumplir su misión. La cancillería de la Diócesis de León informó mediante un comunicado, sin mencionar la prohibición gubernamental, que la prédica del Evangelio tiene que ser en el interior de los templos.
A los observadores que dan seguimiento a la situación de la Iglesia católica de Nicaragua les llamó la atención que la dictadura prohibiera la prédica pública del Evangelio en León y Chinandega, pues se sabe que la autoridad episcopal de esa diócesis es cercana al régimen, incluso sumisa, dicen algunos sacerdotes de dicha jurisdicción diocesana, que por precaución no revelan sus identidades.
Desde el punto de vista estrictamente político, se entiende —aunque no se justifica— esta prohibición de la dictadura. Todos los regímenes autoritarios, sobre todo si son totalitarios o tienden al totalitarismo, no permiten ninguna prédica pública que no sea la de su propia ideología y propaganda. Los líderes de esos regímenes padecen el llamado delirio paranoide, que es una mezcla de manía persecutoria y agresividad. De manera que seguramente temen que entre los predicadores públicos del Evangelio se infiltren activistas políticos que pudieran transmitir a la gente ideas de libertad y democracia.
Sin embargo, la prohibición de predicar públicamente el Evangelio no es poca cosa. Ni es una simple manifestación de los temores políticos y la obsesión de seguridad del régimen autoritario. Absolutamente no. Esa prohibición atenta contra uno de los fundamentos del cristianismo, que es la predicación del Evangelio de manera pública. Y por tanto es una persecución religiosa que lastima los derechos y los sentimientos de los nicaragüenses y es condenada por la comunidad democrática internacional.
El Evangelio (como se denomina genéricamente a los cuatro evangelios, de Mateo, Marcos, Lucas y Juan), es el fundamento de la religión cristiana porque trata “sobre la vida, enseñanzas, muerte y resurrección de Jesucristo para la redención de la humanidad”. La lectura personal o colectiva, privada o pública de los evangelios es parte esencial de la misa católica y de los oficios religiosos de todas las demás iglesias cristianas y evangélicas.
La prédica del Evangelio es la esencia del cristianismo a partir de que el apóstol Pablo estableció que “si predico el Evangelio, no tengo nada de qué gloriarme, pues estoy bajo el deber de hacerlo; pues ¡ay de mí si no predico el Evangelio!”
La predicación del Evangelio se entiende teológicamente como “el llamamiento de Dios al predicador”, al que dota de “humildad, sentido del deber, y conciencia de la urgencia de su ministerio, para ser útil a sus propósitos divinos”. Lo dicho por Pablo en Corintios sustenta la idea o mandamiento cristiano de que “la predicación del Evangelio no es una tarea motivada por la búsqueda de algún éxito personal, ni de un privilegio dentro de la Iglesia… es una misión impulsada por la necesidad que Dios puso dentro del predicador. Un sentido de urgencia, que lo lleva a la humildad y a reconocer conscientemente la importancia de su tarea”.
Algunas personas no creyentes consideran que está bien la prohibición de predicar el evangelio públicamente, porque los predicadores molestan a la gente al presentarse en los hogares a veces en momentos inoportunos. Pero los evangelizadores no obligan a nadie a escuchar su prédica, solo evangelizan a las personas si estas lo permiten. Es distinto el caso de quienes ponen en las calles y otros sitios públicos altoparlantes que suenan a todo volumen con música y prédicas sin importarles las molestias que causan, sobre todo a personas enfermas, ancianas y niños de la primera infancia. Eso sí que se debe prohibir.
Pero es muy distinto el caso de los evangelizadores católicos y de otras religiones, que respetuosamente predican su mensaje solo a quienes los quieren escuchar. En tal caso, prohibir la predicación pública del Evangelio es otra muestra y prueba de la persecución religiosa que practica la anacrónica pero feroz dictadura de Nicaragua.