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Desde tiempos pretéritos se sabe que un ejército es la columna vertebral, el eje principal de una nación, que sus bravos cañones y amenazantes misiles son los dientes, colmillos y garras que disuaden a otras naciones de potenciales aventuras militares. Así, muchas potencias inflan sus capacidades bélicas no solo para disuadir, sino que también, para amenazar e intimidar.
Los últimos conflictos demuestran que ninguna fuerza vive donde la reputación exagerada y artificial la dibuja, porque pueden haber miles de millones de dólares en jugosos contratos, pero si a la hora del combate solo hay silencio, entonces, no teníamos un material militar formidable sino, solo chatarra castrense.
Lo anterior, retrata con pasmosa fidelidad a Rusia, el otrora gigantesco y feroz oso siberiano que lo ubicábamos como la gran y descomunal potencia global quedando solo por detrás de EE. UU., pero que, para tranquilidad de toda la humanidad, tras casi cuatro años de guerra con Ucrania lo redujeron a un simple osito de peluche, a un triste tigre de papel higiénico.
Caracas, le compró al tal Putin la promesa de proporcionarle un escudo impenetrable e inexpugnable con lo que Venezuela destinó más de 2.3 mil millones de dólares en sistemas S300VM, Buk, Pantsir, misiles portátiles Igla-S y sus redes de radar y comando pero, ante la incursión de 150 aviones y doce helicópteros de los EE. UU., los sistemas que deberían escupir un fuego aterrador con una potencia intimidante, tan solo se limitaron a guardar un silencio impotente y una inacción, casi cómplices, que culminó con la captura de Maduro.
Pero Venezuela no solo le compró a Putin la cúpula de fantasía, en la lista están los aviones cazas Sukhos Su-30, helicópteros de transporte y combate Mi-17 / Mi 35 / Mi-26, tanques T-72B/B1, vehículos de combate de infantería BMP-3, transportes blindados BTR-80 y un desproporcionado etcétera para sumar un total que supera con facilidad los 11,000 millones de dólares. Ese fue el pago obsceno que hizo Caracas para, el tres de enero de este año, hacer un apestoso ridículo internacional.
Teherán muerde el anzuelo y paga a Putin más de 1,000 millones de dólares por sistemas S300 rusos que, ante los hechos reales del combate, no pudieron mantener la defensa frente a los ataques coordinados de Israel y EE. UU. quienes entraron a Irán como perro por su casa. Las infladas defensas rusas quedaron ante el mundo como caprichos caros, como artefactos inútiles de uso bochornoso.
La estafada Damasco pagó a Putin cientos de millones de dólares en sistemas antiaéreos y complementos a lo largo de años de conflicto y aunque no hay cifras únicas oficiales sabemos que el peso de esos sistemas, sumado a órdenes de mantenimiento probablemente eleva la inversión de defensa a varios cientos de millones de dólares que, en la práctica, no evitaron el colapso del tirano de Damasco. Por otra parte, India, que pulula de chatarra rusa, sabe qué esperar ante una hipotética guerra con Pakistán o China.
Putin convencido de que su armamento es chatarra y ante el conflicto con Ucrania, que lleva más de tres años lo que debió hacerse en medio día, acude al sucio chantaje nuclear para poder disuadir el poderío de la OTAN. Los miles de millones que estos tres países invirtieron en defensas que fueron de absoluta inutilidad, no solo son cifras en un balance, también son promesas rotas, soberanías costosas y escudos que no protegieron.
Un tigre de papel puede asustar a estúpidos en tiempos de paz, pero en guerra, la realidad del acero y el fuego no perdona ilusión por sustancia.
El autor es escritor nicaragüense exiliado en España.