Lista de reproducción
- No hay más artículos para escuchar
Por primera vez en la trágica historia contemporánea de Nicaragua, iniciada en 2018 —para referirme específicamente a estos últimos ocho años— los dados no están cargados a favor del régimen de Daniel Ortega, sino, potencialmente, del lado de la oposición política. Dicha ventaja, claro está solo será posible si esta es capaz de leer correctamente el momento histórico, sortear las circunstancias adversas y articular, desde ya, un planteamiento claro y creíble para enfrentar las tretas a las que el dictador ha estado acostumbrado.
Ese diálogo necesario no puede tener como interlocutor directo a Daniel Ortega. Debería recaer, más bien, en alguien surgido de las entrañas del propio sistema: una figura de su confianza, de su militancia histórica, pero que no arrastre un prontuario excesivo de violaciones, de acusaciones de haber cometido delitos de lesa humanidad ni que esté sancionado por la comunidad internacional.
Siendo así podría abrirse una ventana real para alcanzar acuerdos políticos impostergables con la oposición, que desemboquen en entendimientos preelectorales de cara a los comicios del 8 de noviembre de 2026, salvo que los acontecimientos se precipiten antes.
No es que en el pasado los dados hayan estado legítimamente a favor de Ortega. No. Lo que ha ocurrido es que el régimen ha sabido aprovechar la benevolencia internacional, así como las desviaciones pactistas, prebendarias, chantajistas y vergonzosas de ciertos sectores que se sentaron a dialogar con él.
De esas mesas espurias extrajo beneficios que alimentaron su proyecto totalitario, continuista y rencoroso. Ello no incluye, por supuesto, a aquellos interlocutores que también fueron burlados, al igual que todo el pueblo nicaragüense, por el ahora copresidente y su camarilla. Si se avanza por esta vía, debería elegirse desde la Asamblea Nacional a un vicepresidente o vicepresidenta que acompañe y articule una transición hacia conversaciones transparentes, dada la crisis y estado de desahucio actual del esquema copresidencial.
En el marco de futuras reformas, esta figura podría desaparecer, transformarse o dar paso nuevamente al binomio presidencial tradicional. Esa es la salida más viable y posible ante las crecientes tempestades republicanas provenientes de Estados Unidos bajo la presidencia de Donald Trump, en la soledad estratégica del régimen ante sus supuestos aliados —China, Irán y Rusia— y de cara al fiasco militar en el que se encuentra su ejército. Todo ello quedó en evidencia tras el ridículo despliegue armamentista en la fallida defensa de Nicolás Maduro, acompañado de pintorescas danzas y jergas antimperialistas. Esa alternativa de elegir a un predestinado que emerja de las entrañas sandinistas sería lo factible para dicho diálogo hacia una transición democrática que dinamice un proceso electoral auténtico.
La seguridad nacional de Estados Unidos pasa, obligadamente, por la liberación de Venezuela, Cuba y Nicaragua. La estabilidad, la pacificación y el saneamiento del narcotráfico y del crimen organizado no son una exclusividad norteamericana, sino una responsabilidad hemisférica. Lograrlo implica erradicar la delincuencia transnacional que ha permeado Estados fallidos corrompiendo instituciones.
La oposición nicaragüense debe prepararse para estos ciclos encadenados que ya se anuncian. Aprovechar la oportunidad y sacarle el jugo a las nuevas ventajas competitivas.
Esta oposición deberá tener agallas y colmillos, sí, pero para lo correcto. Urge iniciar ejercicios reales de honestidad y transparencia administrativa, una deuda pendiente que persiste en nuestra clase política, pese a que el origen y la pertenencia de los fondos públicos ha sido explicado hasta el cansancio tanto por Margaret Thatcher como por otros, sabiendo que únicamente son los impuestos de los contribuyentes.
Uno de los principales problemas es que mientras no existan condiciones internas para que la oposición emerja públicamente, seguirá confinada al gueto político por la represión imperante. En el exterior, en cambio, proliferan plataformas de sociedad civil dispersas y amorfas, que parecen olvidar que son los partidos políticos —no las ONG ni las articulaciones etéreas— los instrumentos históricos para derribar tiranías y disputar el poder. Hablo, por supuesto, de partidos reales y de dirigentes auténticos, no de mafias ni de ladrones de cuello blanco.
En este sentido de llegar a acuerdos estos pasarán por la recuperación de las personerías jurídicas de los partidos Restauración Democrática (PRD), Ciudadanos por la Libertad (CXL), Conservador (PC) y la transferencia de la representación legal a sus verdaderos herederos del Partido Liberal Independiente (PLI- histórico).
También han surgido en la diáspora figuras políticas sin respaldo popular, ni interno ni externo, cobijadas por una ideología, la liberal (no su doctrina económica de libre mercado), que hoy se debilita frente al auge del conservadurismo. De hecho, la Internacional Liberal en América Latina se reduce apenas a cuatro partidos actualmente, la mayoría con derrotas electorales recientes (Honduras y Chile) o de reciente creación.
Ortega ya no convence ni a los suyos. Su desgaste político, su discurso incendiario, su astucia decadente y su movilización callejera virulenta lo empujan hacia la senilidad política.
Ante esta realidad, surge la pregunta inevitable: ¿quiénes podrían ser los interlocutores del oficialismo? Tal vez algunos exmilitares en retiro con cierta credibilidad, o figuras provenientes del ámbito político, académico y empresarial que logren articular acuerdos de transición mediante un binomio sucesor, temporal.
Diálogo sí, pero sin Daniel Ortega. El tiempo apremia dentro y fuera del país. La niebla es cada día más densa para la casta orteguista, ya en parálisis terminal frente a un pueblo sediento de paz, esperanzas reales, democracia y verdadero amor cívico. Ese amor que está por llegar, esta vez, con los dados cargados del lado correcto de la historia.
El autor es periodista y escritor nicaragüense exiliado en Estados Unidos. Columnista internacional, fundador del Partido de Derecha OPA y vocero en el exterior del PLI-histórico.