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En el mapa de las estrategias globales hay países que arden con desbordada intensidad, en cambio, otros simplemente yacen apagados, tan irrelevantes como una nota al pie de página. Algunas naciones son disputadas, otras son asediadas y otras castigadas. Nicaragua, en cambio, pertenece a una categoría aún más cruel, la de los países abandonados. No porque nadie sepa lo que ocurre en su interior, sino porque a nadie le resulta rentable —ni moral ni políticamente— hacerse cargo de ello.
Así por ejemplo tenemos a Taiwán, una súper potencia esencial en el engranaje tecnológico global. Su caída no beneficiaría a nadie sin provocar un daño sistémico de repercusiones incalculables. Por eso no se invade. No se la protege por principios, sino por dependencia. Taiwán es intocable porque sostiene al mundo que la amenaza. El famoso muro de silicio de Taiwán la hace prácticamente invulnerable.
Cuba hace décadas que dejó de ser un objetivo militar. Desde la crisis de los misiles, la isla quedó fijada como un trauma histórico. Invadirla sería agarrar una brasa que nadie quiere tocar. A Cuba se le castiga, se le asfixia, se le amenaza, pero no se ocupa. Cuba no es un botín, es un símbolo agotado que tras la captura de Maduro pierde aún más importancia y de ahí que Donald Trump esté apostando en su implosión.
En cambio, Venezuela es jugosamente tentadora. Tiene hartos recursos naturales, posición geográfica privilegiada y mucho peso simbólico regional. No es imprescindible, pero sí muy rentable. Por eso vive en un estado de amenaza permanente, codiciada y anhelada por las potencias del mundo, siendo demasiado valiosa para ser ignorada. Por ello Venezuela no está invadida, está asediada.
Empero Nicaragua al no sostener mercados, al no equilibrar sistemas y al no simbolizar epopeyas vigentes la hace totalmente insignificante. No amenaza, no seduce, no convoca. Su tragedia no tiene épica ni rédito. Y eso la condena.
Nicaragua es hoy un Estado paria, incluso, para los propios países de izquierda, su gobierno no puede ser defendido sin incomodar ni exaltado sin caer en el cinismo. Defenderla implicaría aceptar que el relato revolucionario se quebró, que el lenguaje de la liberación fue sustituido por el férreo control, que la historia dejó de avanzar y empezó a repetirse como farsa.
Nicaragua no es invadida porque no hace falta. Tampoco es defendida porque no conviene. Se la deja sola, atrapada en una especie de limbo moral donde nadie quiere mirarla demasiado tiempo. No genera sanciones ejemplares ni campañas multitudinarias. No ocupa titulares prolongados. Su dolor no moviliza.
En el fondo, no sobreviven los más justos, ni los más sufrientes, ni los más dignos, sobreviven los relevantes. Y Nicaragua, para el mundo actual, no lo es. Nadie necesita este país. De allí que el tal Laureano ande por todo el mundo, con la escritura de Nicaragua bajo el brazo, ofreciéndola en una subasta global donde nadie puja, ni siquiera China, a quién se la intentan meter como supositorio.
Así, mientras unos países arden y otros resisten, Nicaragua simplemente se apaga, sin épica, sin redención, sin testigos suficientes. Y quizá esa sea la condena más dura, no ser derrotada por la fuerza, sino borrada por el desinterés. Por ello, entre más irrelevante es Nicaragua más poderosa e intocable es la tirana del Carmen.
El autor es nicaragüense exiliado en España.