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Daniel Ortega volvió a arremeter contra la Organización de las Naciones Unidas (ONU) y a demandar su “refundación”. Esta vez lo repitió al clausurar una graduación de cadetes de la Policía del régimen, el pasado jueves 15 de enero.
El codictador de Nicaragua está obsesionado contra la ONU. Con frecuencia la ataca acusándola de actuar al servicio de las grandes potencias occidentales. Asegura que estas tienen poder de veto en el Consejo de Seguridad de la ONU para proteger sus intereses de dominación internacional. Pero omite que China y Rusia, las grandes potencias no democráticas a las que su dictadura ha subordinado a Nicaragua, tienen también poder de veto, igual que Estados Unidos (EE. UU), Francia y el Reino Unido. Ni reconoce Ortega que China y Rusia usan ese poder cada vez que quieren impedir una resolución que afecte sus intereses. Por ejemplo, las que se han propuesto para pedir a Rusia poner fin a su guerra contra Ucrania, que viola las normas de no agresión y respeto a la soberanía e integridad territorial de los Estados consagradas en la Carta de las Naciones Unidas.
En realidad, la fobia de Ortega a la ONU se debe a que varias de sus agencias han condenado a la dictadura de Nicaragua por sus abusos contra los derechos humanos. Inclusive, una comisión de las Naciones Unidas para investigar las violaciones a los derechos humanos en Nicaragua, la GHREN, ha documentado y denunciado al régimen de Daniel Ortega y Rosario Murillo de cometer crímenes de lesa humanidad contra el pueblo nicaragüense.
Pero no solo Daniel Ortega, sino también el presidente de Estados Unidos (EE. UU.), Donald Trump, critica duramente a la ONU. Ortega y Murillo han retirado a Nicaragua de varias agencias de la ONU; y Trump las ha abandonado y cortado el financiamiento a sus programas de interés global y para el desarrollo económico y social en los países más pobres y atrasados del mundo.
Según analistas partidarios del presidente Trump, en realidad él no quiere sacar a EE. UU. de la ONU. No lo haría, dicen, porque si dejara su asiento con poder de veto en el Consejo de Seguridad daría a China y Rusia el monopolio de las principales decisiones sobre la seguridad internacional. Lo que Trump quiere de la ONU, aseguran, es que deje de apoyar a organismos y programas de la agenda izquierdista internacional, que son contrarios a los intereses de EE. UU.; que reduzca su inmenso y costoso aparato burocrático; que se adapte a las nuevas realidades del mundo. Que se reduzca, adapte o muera, como ha dicho con claridad el presidente estadounidense.
Aparte de las opiniones sobre la ONU que reflejan de manera directa o indirecta los intereses y aspiraciones de las grandes potencias, las democráticas y las autoritarias, expertos independientes en derecho internacional y organismos multilaterales reconocen que el orden mundial sufre una crisis existencial que se manifiesta principalmente en la ONU.
Por ejemplo, el experto venezolano Vicente Carrillo-Batalla asegura que “las Naciones Unidas hoy enfrentan una crisis existencial ante su palmaria ineficacia en la escena pública internacional. Su Asamblea General de 193 países es incapaz de armonizar sostenidamente las acciones de los Estados miembros. Sus funciones esenciales de mantener la paz, garantizar el respeto a los derechos humanos, proveer asistencia humanitaria a poblaciones afectadas por conflictos internos, hambrunas o desastres naturales y coadyuvar al desarrollo sostenible, apenas acumulan ríos de tinta y toneladas de papel, reuniones, encuentros multilaterales y pronunciamientos —muchos de ellos intrascendentes— de los cuales poco o nada puede esperarse. Lejos de conciliar a los países enfrentados por razones diversas, en la práctica no hacen más que acentuar las diferencias y dividir la opinión pública internacional entre extremos opuestos”. (El Nacional, 19.1.26).
El diagnóstico es crudo, pero correcto. Es evidente que el orden mundial creado por los gobernantes de los países vencedores en la II Guerra Mundial enfrenta ahora una crisis existencial. Y, aunque por ahora no está claro cómo será recreado y qué países saldrán más favorecidos con su reforma o refundación, de lo que se puede tener seguridad es de que no serán los intereses de las naciones pequeñas los que van a prevalecer.
Por más que en la teoría y los documentos se siga hablando de igualdad soberana de todos los Estados, sin consideración de su tamaño y poder, la realidad será que los más grandes y fuertes seguirán imponiendo sus reglas y condiciones en el nuevo orden internacional.