La incertidumbre política persiste en Venezuela

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Transcurridas dos semanas después del ataque armado de Estados Unidos (EE. UU.) a Venezuela, para capturar al (ex) dictador Nicolás Maduro y su esposa y cómplice, Cilia Flores, la situación política de ese país sigue causando dudas e incertidumbre.

Solo los artífices del plan que EE. UU. está ejecutando en Venezuela, o sea el presidente Donald Trump, el secretario de Estado Marco Rubio y otros líderes estadounidenses del más alto nivel, así como algunos líderes opositores venezolanos como María Corina Machado y otros de su círculo de mayor confianza, parecen entender el rumbo que lleva el país.

Es un axioma que la democracia es inseparable de la libertad. Además, la libertad y la democracia se deben a la gente y por tanto la lucha por conseguirlas, practicarlas o defenderlas, tiene que ir acompañada por la transparencia, por una información pública clara y detallada de lo que se hace y por qué se está haciendo. No obstante, también se debe entender que en la acción política a veces hay excepciones, cuestiones que “en silencio tienen que ser”, como escribió José Martí cuando estaba metido de lleno en la lucha por la liberación de Cuba.

Además, la transición que está ocurriendo en Venezuela desde el 3 de enero, es inédita. No se conoce en la historia otro caso igual, de manera que es comprensible que esté envuelta en mucha incertidumbre.

“Nos están dando gato por liebre”, declaró la defensora venezolana de derechos humanos, Tamara Sujú, refiriéndose a las excarcelaciones de presos políticos que hasta ahora han sido muy pocos y han salido de la prisión con condiciones restrictivas. Pero la expresión de Sujú es válida para todo lo que está ocurriendo en Venezuela, pues la dictadura bolivariana permanece prácticamente entera después de la caída de Maduro, con muy pocos cambios que son más bien formales. De manera que al parecer no quedaría más que rechazar y hasta condenar lo que está ocurriendo en Venezuela porque no se ajusta a la ortodoxia democrática, o confiar en lo que dicen Trump y Marco Rubio, pero también María Corina Machado después de que se reunió con el presidente de EE. UU. y le obsequió el Premio Nobel de la Paz que ella se ganó con su ejemplar lucha por la libertad y la democracia.

Por la experiencia histórica se sabe que la transición a la democracia consiste en la sustitución de un régimen autoritario por uno democrático, mediante un proceso muy riesgoso que conlleva golpes e idas y vueltas, sobre todo por la resistencia del régimen anterior, o de sus restos, que se resisten a desaparecer. La transición —escribió el doctrinario político italiano Antonio Gramsci— es “la crisis que surge cuando lo que tiene que morir no ha muerto todavía, y se resiste a desaparecer, y lo que tiene que nacer no nace aun y no lo hace con facilidad”. O sea que la transición es un desorden o una interrupción del curso normal de la vida política y social.

Pero la originalidad de lo que está ocurriendo en Venezuela es precisamente que trata de evitar el desorden, la inestabilidad, la posibilidad de un estallido caótico, como ocurrió en Irak, Siria, Afganistán y otros países en los que cuando cayeron las dictaduras no había una fuerza política capaz de reemplazarlas en el poder y conducir los cambios necesarios.

La oposición democrática de Venezuela intentó derrocar a la dictadura bolivariana por los más diversos medios a su alcance: un frustrado golpe de Estado, atentados contra el dictador, movilizaciones callejeras, huelga general, elecciones parlamentarias y presidenciales. Pero ninguno resultó. De manera que el trabajo lo ha hecho, o comenzado a hacer, el presidente Trump con el plan de transición a la transición que Marco Rubio sin dar detalles ha resumido en tres fases: primera, estabilización; segunda, recuperación; y tercera transición democrática propiamente dicha.

Es obvio que nadie, ni el mismo Gobierno de EE. UU., puede garantizar que este plan trifásico se cumplirá de manera exitosa. Pudiera ser que fracase, como fracasaron todos los esfuerzos de la oposición para derrotar o derrocar a la dictadura. Pero también pudiera ser que tenga éxito y culmine con la celebración de elecciones libres y supervisadas, en una Venezuela estable y en marcha hacia la plena reconstrucción nacional.

María Corina Machado, con toda su autoridad política y moral, le ha dado un voto de confianza al plan de Trump y Marco Rubio. Tal vez sea necesario darle también a ella el voto de confianza que necesita para actuar en una situación que es más riesgosa que cuando enfrentaba en las calles a la dictadura o cuando libraba la lucha desde la clandestinidad.

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