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Este domingo 18 de enero se conmemora el 159 aniversario del natalicio de Rubén Darío. Con un amargo sabor de boca me llega el recuerdo de la secundaria donde nos enseñaron que Rubén Darío es una de las cimas más altas de la literatura universal, de su título solemne, el Príncipe de las Letras Castellanas. Así, todos aprendimos a repetir ―hasta la náusea― esa enseñanza, pero también a callar ante el cuestionamiento del porqué Darío alcanzó tan elevado timbre de gloria y grandeza.
Como toda educación mediocre, la que hasta hoy persiste, nos enseñaron la forma, la fachada y el exterior, pero nunca el fondo y la esencia de su grandeza. Así nos quedamos limitados a hablar de Rubén, pero sin sustento ni argumentos que le diera soporte a nuestra retórica dariana. He allí un fallo bestial del sistema.
Explicar el porqué de su valoración tan alta, exige mirar no solo su obra, sino que también el estado lamentable del idioma que recibió, el mundo que lo rodeó y la herida íntima desde la cual escribió.
¿Tan difícil será poner en el pénsum académico que antes de Darío, el castellano literario atravesaba por un mal momento, por una fatiga evidente, envolvente y subyugante? La repetición de los moldes retóricos era una constante inmutable, la solemnidad importaba más que la música y la emoción parecía domesticada por los demonios de la tradición y la costumbre. Darío, perito arquitecto de esa tecnología idiomática llamada español, irrumpe como una potente fuerza renovadora afinando el idioma, flexibilizándolo y dándole la sonoridad que tanto necesitaba y que tanto caracteriza al español que impera hoy. Introduce ritmos nuevos, métricas audaces y atrevidas, una musicalidad que no solo adorna y embellece, sino que también transforma la respiración del verso.
Renovar una lengua no es un gesto menor. Implica renovar la sensibilidad de una época. Por eso, después de Darío, escribir en español ya no fue lo mismo. Quien cambia la manera de decir, cambia también la manera de pensar.
Las lecturas escolares reducen a Darío a cisnes, mármoles, jardines exóticos, princesas sublimes y palacios de cristal, sin embargo, tras esa superficie estética subyace lo esencial, demostrarnos que a la par de escribir bonito se puede escribir de una manera novedosa y distinta, es decir, romper con los moldes y yugos estilísticos lejanos y arcaicos que tenían postrada a la lengua, pero sin descuidar la belleza del idioma. Con ese compromiso Darío introdujo imágenes inéditas, emociones antes consideradas impropias, una sensibilidad moderna que le dio legitimidad a la duda, al deseo y la angustia.
Su obra marca un antes y un después. Y ese es el verdadero criterio de la grandeza literaria, no el aplauso inmediato, sino la imposibilidad de volver atrás.
Uno de los hechos más significativos —y menos explicados— de la obra de Darío es su dimensión histórica. Por primera vez, la literatura escrita en América no imita a España: la interpela y la guía. El centro cultural se desplaza. La antigua periferia se vuelve fuente y centro. Darío invierte la jerarquía colonial del lenguaje. Desde América, renueva el castellano y obliga a la tradición peninsular a mirarse en ese espejo nuevo. Este gesto, profundamente simbólico, explica gran parte de su consagración.
Aunque durante mucho tiempo se lo leyó como un esteta evasivo, Darío fue también un poeta de conciencia. En su obra conviven el esplendor formal y la preocupación por el poder, el tiempo, la muerte y el destino de Hispanoamérica. Cantos de vida y esperanza revela a un hombre que, mientras pule el verso, interroga el sentido de existir. Esta tensión entre belleza y pensamiento es uno de los rasgos más modernos de su escritura.
La forma no es ornamento, es una manera de pensar el mundo. La escuela suele coronar a Darío, pero pocas veces muestra al hombre que sostuvo esa corona. Vivió entre la precariedad, el desarraigo y la adicción. Su vida estuvo atravesada por una contradicción dolorosa, ser admirado públicamente y sufrir en silencio. La genialidad, en Darío, no fue cómoda ni triunfal, fue una carga.
Pero, ¿por qué “Príncipe de las Letras Castellanas”? No por un título honorífico vacío, sino porque reinó sobre el idioma. Lo dominó, lo embelleció, lo modernizó y lo dejó preparado para el siglo XX. Su autoridad no proviene del poder, sino de la creación. No mandó, transformó.
Llamarlo “príncipe” sin explicar estas razones, a la par de empobrecerlo, es un acto despiadado de crueldad e injusticia. Explicarlas es dignificarlo, reivindicarlo y ponerlo en su justo lugar, el de un genio que con su creación cambió la historia del español. Comprender a Darío es, todavía hoy, una tarea pendiente donde, el vulgar sistema educativo actual, lejos de promover esa esencia vital, la ignora. El Darío de hoy es un genio manoseado políticamente, puesto a la par del dictador de turno para lavar, en parte, la imagen repugnante del tirano.
El autor es escritor, poeta y ensayista nicaragüense exiliado en España.