La extracción de Maduro y la invasión de Ucrania

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El próximo 24 de febrero se cumplen 4 años desde que Rusia invadió masivamente a Ucrania. Actualmente, diario bombardea con drones y cohetes balísticos las ciudades ucranianas causando el mayor daño posible a la infraestructura y a la población civil, pero en lugar de condenar dicha invasión gobiernos dictatoriales como el de Nicaragua, la han aplaudido y justificado.

Ahora, con la sorpresiva y brillante operación militar de extracción de Maduro y su esposa Cilia Flores ejecutada por el ejército estadounidense, se rasgan las vestiduras y no han vacilado en condenar el operativo como una violación flagrante al derecho internacional. Cuba que mantenía una presencia militar en Venezuela ha pagado las consecuencias, con la muerte de 32 soldados que constituían el primer círculo inmediato de protección al dictador.

Los codictadores de Nicaragua han puesto su barba en remojo al presenciar como su compinche y aliado venezolano en tan solo 24 horas, pasó de dormir en una fortaleza venezolana (Fuerte Tiuna), a dormir en una fría celda de Brooklyn, Nueva York y a enfrentar en una corte federal, acusaciones muy graves de narcotráfico que lo podrían condenar a pasar el resto de sus días en una prisión de los Estados Unidos.

No comparto el optimismo de algunos que piensan que la democratización de Venezuela está cerca solo porque Nicolas Maduro fue removido del poder y que la actual “presidenta encargada” Delcy Rodríguez seguirá dócilmente las instrucciones de Washington y conducirá a la nación a una transición democrática. Las estructuras de poder en Venezuela están intactas después de la operación quirúrgica magistralmente ejecutada.

Comparto el criterio de algunos analistas que el retorno de María Corina Machado y Edmundo González al país a hacerse cargo de un gobierno de transición a estas alturas, sería un suicidio político porque no tienen control de las estructuras de poder institucionales, ni de las fuerzas armadas.

También creo que en las actuales circunstancias convocar a elecciones sería prematuro porque no existe una seguridad de que el resultado sería respetado, como ocurrió en circunstancias mucho más favorables, en julio de 2024.

La caída de Maduro ha tenido repercusiones represivas en Nicaragua; pero no ha provocado la verborrea antimperialista que suele acompañar a los comunicados de prensa de la pareja dictatorial, transpirando el miedo que sienten. La primera reacción de los codictadores fue mutismo, incredulidad y fortalecer los círculos defensivos alrededor de El Carmen.

Luego lanzaron un comunicado de apoyo a la vicepresidenta: “Acompañamos de corazón, el llamado de la vicepresidenta de Venezuela, compañera Delcy Rodríguez, a defender la verdad, la justicia y la vida y a exigir la liberación inmediata del Presidente, Compañero Nicolás Maduro y de la compañera Cilia Flores”, lee la primera comunicación oficial, la cual no alude directamente al presidente Donald Trump y no está firmado como es lo usual por los codictadores sino que —para no sonar con un tono confrontativo— por el “Gobierno de Reconciliación y Unidad Nacional”.

Aunque Nicaragua no es por el momento un foco de atención del Gobierno de los Estados Unidos, en el juicio contra Maduro podrían salir a relucir pruebas de que Nicaragua y Honduras fueron usados como destinos de “tránsito” para el traslado de drogas de Venezuela hacia ese país, tal como reza un párrafo de la acusación formal.

De cualquier manera, el doble rasero del régimen al condenar el operativo de extracción de su aliado Nicolás Maduro y no condenar la invasión de Rusia a Ucrania y más bien, brindar su apoyo a este país imperial en la ONU, los deja sin argumentos jurídicos ante el espejo de una operación similar en Nicaragua, por más improbable que parezca ahora.

Declaraciones como la que hizo recientemente el presidente Trump “de que es nuestro hemisferio”, se suman a los temores y razones de la pareja dictatorial de El Carmen para estar preocupados por su futuro y exhibir cautela.

El autor es periodista, político y escritor nicaragüense, ex preso político desterrado y autor del libro testimonial “Destinos heredados” y “Un cauce hacia la democracia”. Fue codirector de LA PRENSA de 1981 a 1984.

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