La transición a la transición venezolana

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Transición, a secas, significa solamente la “Acción y el efecto de pasar de un modo de ser o estar a otro distinto”. Por lo tanto, si en política se habla de transición es necesario precisar, en cada caso, si es de un gobierno a otro de la misma naturaleza, o si de un régimen político a otro distinto, o si es una transición de la dictadura a la democracia, o al revés.

Sobre la transición de la dictadura a la democracia, la doctrina política y la experiencia histórica enseñan que hay cinco clases, con sus correspondientes modalidades de acuerdo con las peculiaridades del país donde ocurre.

Una es la transición pactada, o sea por acuerdo del régimen o algunos sectores del mismo con la oposición, como la que hubo en España después de la muerte de Franco. Otra es la transición por colapso o implosión del régimen, cuando se crea un vacío de poder que es llenado por las fuerzas políticas opositoras que tengan más respaldo popular. La tercera modalidad de transición es la controlada desde arriba, o sea que el régimen autoritario por su propia voluntad impulsa un cambio democrático gradual. La cuarta es la que resulta de una poderosa e irresistible movilización social, como la que se pretendió en Nicaragua en abril de 2018. Y la quinta es la transición que se impone por medio de una acción armada extranjera, como en Panamá en 1989.

Nicaragua en los últimos tiempos pasó por la experiencia de dos transiciones. La primera fue la violenta y sangrienta que impulsó la Revolución Sandinista de 1979 hasta 1989, con la que el país pasó de un régimen autoritario de tipo capitalista, a una feroz dictadura revolucionaria prosocialista. Y la otra transición fue la de 1990 a 2006, que la dictadura sandinista negoció con la oposición después de que arriesgó el poder en una elección y la perdió. Y entonces comenzó un tortuoso proceso de transición a la democracia, que finalmente resultó fallido porque en 2007 los sandinistas retomaron el poder también por la vía electoral y restauraron la dictadura. Y con ella encima estamos hasta ahora.

En el caso de Venezuela, después del espectacular y exitoso operativo militar de Estados Unidos (EE. UU.) del 3 de enero, para capturar al dictador Nicolás Maduro y a su esposa. Cilia Flores, el régimen autoritario ha permanecido aparentemente intacto, con algunos cambios en los altos mandos y con la anterior vicepresidenta de la República Bolivariana, Delcy Rodríguez, ejerciendo el cargo de presidenta encargada.

Después de la captura del dictador Maduro, el presidente Trump aseguró que a partir de ese momento EE. UU. se hacía cargo de Venezuela. Dio a entender que impondría allí una especie de protectorado, como se le llama a la forma de administración o gobierno de un territorio o país que es controlado de hecho o mediante un tratado internacional, por otro más grande y más fuerte. No ha sido, pero de hecho se han comenzado a ver en Venezuela algunos signos positivos, sobre todo el anuncio que hizo este jueves 8 de enero el presidente de la Asamblea Nacional y hermano de la presidenta encargada de Venezuela, Jorge Rodríquez, sobre la puesta en libertad de “un importante número” de presos políticos.

Según los líderes estadounidenses, la presidenta encargada Delcy Rodríguez se ha comprometido a hacer lo que EE. UU. le dicte, y si no lo hace será castigada de manera peor que a Maduro. En este escenario, el secretario de Estado de EE. UU., Marco Rubio, dio a conocer una especie de plan maestro para la transición en Venezuela, que podríamos llamar de transición a la transición, que fundamentalmente persigue evitar el caos en el país y que tendrá tres fases. La primera, explicó Rubio, es la estabilización de Venezuela y para asegurarla EE. UU. mantendrá la “cuarentena” o bloqueo naval al país; la segunda es “la recuperación, que consiste en garantizar que las empresas estadounidenses, occidentales y de otros países tengan acceso al mercado venezolano de forma justa”. Y al mismo tiempo, informó el secretario de Estado yanqui, «se comenzará a generar un proceso de reconciliación nacional en Venezuela para que las fuerzas de la oposición puedan ser amnistiadas y liberadas de las cárceles o repatriadas al país y comenzar a reconstruir la sociedad civil». Y “la tercera fase, por supuesto, será de transición”, indicó Rubio, aunque concluyó diciendo que “parte de esto se solapará”.

Hay que entenderlo entre líneas y con certeza, de que todo eso no solo es muy interesante, sino que además tiene una importancia estratégica para Venezuela y su futuro. Pero también para los otros países donde hay dictaduras de la misma clase o calaña, o sea Cuba y Nicaragua.

Habrá que estar atentos al curso que seguirán los acontecimientos en Venezuela, para ver si esta inédita modalidad de transición a la transición de la dictadura a la democracia, que ha presentado el secretario de Estado Marco Rubio, resulta exitosa. Y ojalá que lo sea, tanto por el bien del pueblo de Venezuela como de las otras naciones que sufren dictaduras y esperan que también a ellas les llegue el momento de la liberación.

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