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LA PRENSA publicó este martes 6 de enero un artículo de información y análisis acerca de que, tras la espectacular captura de Nicolás Maduro el sábado 3 enero por una fuerza militar especial de Estados Unidos (EE UU.), las dictaduras “se presentan como defensoras del derecho internacional”.
La información recoge declaraciones de expertos en derecho internacional, que coinciden en la opinión de que, cuando se sienten amenazadas, las dictaduras se cobijan bajo el manto del derecho internacional. Pero lo violan de manera descarada y de hecho con impunidad con las tropelías que cometen contra los pueblos.
Es cierto. Los representantes de las dictaduras claman por el derecho internacional, pero solo cuando les conviene. Así lo han hecho antes, lo hacen ahora y lo harán siempre.
Pero también hay que mencionar que son cómplices ideológicos y mediáticos de esas dictaduras los movimientos políticos y sociales de izquierda que salen a la calle dizque a defender los derechos humanos y la soberanía popular y nacional. Pero con su discurso falsamente antimperialista silencian, niegan o justifican los abusos de los regímenes dictatoriales que reprimen a los opositores, los encarcelan y torturan, y en no pocos casos los asesinan dentro o fuera de las cárceles.
Al respecto y en relación con los recientes acontecimientos de Venezuela, la escritora y analista política española, Pilar Rahola, ha publicado en un artículo de opinión en El Periódico, de Cataluña, España: “¿Qué hacer con un régimen que roba literalmente las elecciones, reprime brutalmente a los opositores, empobrece el país hasta la extenuación y se convierte en la pista de aterrizaje de redes criminales?”
Rahola dice que “es evidente que Venezuela es un país ocupado, pero sobre todo por iraníes, cubanos y rusos, con China trampeando, y todos ellos desestabilizando la región y amenazando directamente los intereses americanos”.
Otros analistas internacionales aseguran que lo ocurrido el 3 de enero en Venezuela ha sido una muestra del fracaso del derecho internacional. En ese sentido, el sociólogo y politólogo también español, Andrés Kogan Valderrama, opina que “lo ocurrido en Venezuela nos muestra, una vez más, cómo las normas globales se aplican de manera selectiva, dependiendo de los intereses geopolíticos del momento”.
Es lo que ha hecho EE. UU. en Venezuela, evidentemente, pero también es lo que hace Rusia en su zona de influencia geopolítica, donde invade otros países y los anexa completamente o en parte, como ha hecho en el Cáucaso y lo está haciendo en Ucrania. Y según Kogan Valderrama, el problema de fondo radica en que “el Consejo de Seguridad de la ONU, con sus cinco miembros permanentes (Estados Unidos, Rusia, China, Francia y Reino Unido) y su derecho a veto, no vela por la paz mundial, sino por los intereses de las grandes potencias”.
Pero eso no es de ahora. Así ha sido desde que las potencias vencedoras en la II Guerra Mundial crearon las Naciones Unidas y dictaron el llamado nuevo orden internacional, todavía vigente formalmente, que supuestamente es democrático y basado en normas.
Sin embargo, el mal estaba en el mismo origen de este orden internacional. Una de las potencias que lo crearon fue la Unión Soviética, como se llamaba entonces la actual Rusia, gobernada por una dictadura tan totalitaria y criminal como la que hubo en la Alemania nazi. Incluso, como lo hemos recordado en otras ocasiones, el líder soviético José Stalin pactó con Hitler para no agredirse mutuamente y repartirse el territorio de Europa. Pero no era un pacto de caballeros, sino de bandidos, de manera que Hitler lo rompió e invadió a la Unión Soviética porque quería apoderarse también de su extenso y rico territorio.
Para poder derrotar a la Alemania nazi de Hitler, EE. UU. y los demás países democráticos se aliaron con la Unión Soviética comunista y totalitaria. Y al terminar la guerra, juntos diseñaron el nuevo orden internacional formalmente basado en reglas democráticas que, por supuesto, Stalin las aceptó, pero no estaba dispuesto a respetarlas.
En realidad, la Carta de la ONU dice que todos los Estados son iguales, independientemente de su tamaño, economía y poderío militar. Y que ningún Estado puede intervenir en otro y mucho menos hacerle la guerra, si no es por razones defensivas y autorizado por el Consejo de Seguridad.
Pero como lo ha demostrado la experiencia desde el fin de la Segunda Guerra Mundial hasta ahora, eso siempre fue una gran mentira. Lo que pasa es que las grandes potencias están procurando una nueva repartición del mundo entre ellas, y, por lo tanto, diseñan un nuevo orden internacional en el que los más fuertes seguirán dominando a los más débiles. Solo que con nuevas modalidades y reglas.