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Lo que ocurre hoy en Venezuela no es motivo de entusiasmo para quienes aspiran a una transición democrática, porque ver a Delcy Rodríguez en la mesa revela hasta qué punto el país sigue atrapado en la arquitectura del chavismo. Su presencia no significa avance, significa que el Estado fue moldeado para depender de un pequeño círculo capaz de mover la maquinaria mínima sin que se desplome; un síntoma del daño profundo que dejan las dictaduras tras años de captura institucional. Estados Unidos no la escucha por confianza ni por afinidad, sino porque, en este momento, la burocracia del Estado-partido, los vínculos con el narcotráfico, los mandos intermedios y las estructuras armadas aún reaccionan a códigos internos que ella conoce mejor que nadie. ¡Para nada es un voto de legitimidad! es la consecuencia amarga de una estructura estatal que no puede pasar de un sistema autoritario a uno democrático sin una fase de estabilización incómoda.
Del otro lado, María Corina representa la legitimidad, la ruta cívica y las expectativas del país que quiere reconstruirse, pero esa energía política pertenece a una etapa complementaria, cuando el terreno esté menos condicionado por las urgencias del poder armado y más habilitado para decisiones que requieren consensos civiles, no reflejos de supervivencia. Su papel no disminuye por no encabezar esta fase; se desplaza hacia el momento donde su función será crucial: cuando la transición necesite validación social, dirección política y un horizonte democrático claro. Nada de lo que está ocurriendo ahora define la distribución final del poder, sino únicamente la maniobra para evitar que las fracturas internas generen un vacío ingobernable en semanas cruciales.
Por eso, lo fundamental no es quién aparece al inicio, sino cómo se mueve la secuencia completa de la transición, que siempre avanza de lo urgente a lo importante. Hoy se habla con quien sostiene los restos del viejo sistema, mañana se hablará con quienes pueden hacer funcionar el nuevo, y pasado mañana con quienes pueden representarlo. Aunque duela, la historia siempre empieza por el capítulo que no nos gusta; luego, si el país resiste, llega el capítulo que sí.
El autor es activista político nicaragüense en el exilio.